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Monstruoso es un apelativo que en pocas ocasiones pasa desapercibido. El común de las veces se refiere a una criatura aberrante, cuya sola existencia escapa al curso normal de la vida. La misma palabra se ve ligada al concepto de error de la naturaleza. Puede ser aplicado, figurativamente hablando, a una persona en particular por su comportamiento moralmente reprochable. Del latín monstrum que se refiere cualquier entidad anómala respecto a su especie.[1] Todas aquellos objetos de estudio de la ciencia denominada Teratología, o estudio de las malformaciones congénitas.

El concepto es complejo y a veces contradictorio, pues en ocasiones se refiere a lo terrible, a lo contra natura, pero al mismo tiempo se refiere al portento, a lo maravilloso y fuera de lo común por su rareza. Su connotación  depende del contexto del cual se desprenda. Shakespeare por ejemplo, en un verso de Hamlet,[2] llama monstruoso al comediante; horrible y admirable al mismo tiempo. Siente y expresa no la mentira ni la falsedad, pues el papel a representar es tan real como la piel que recubre la carne del actor. El actor siente y expresa lo imaginado de manera pasional, pero al mismo tiempo es capaz de calcular el momento exacto, el instante preciso en el que su cuerpo debe desbordar de emoción.

El actor transforma lo fantasmagórico en realidad al exponerse a perder su rostro a cambio de una máscara que se encarna en su ejecución (performance). Su ánimo se desconcierta con el personaje y se disuelve en la máscara. Traductor y traidor, pues comprende lo que encarna y desencarna a través del lenguaje, en su ánimo deformado, comerciante de dos mundos ajenos de realidad y representación, traicionando él mismo el carácter de lo real por lo ficticio.

Monstruoso desertor de sí mismo, entrega su alma a la apariencia y se burla de ella para crear una nueva a partir de sí. Él mismo es objeto de su argucia, maneja su cuerpo y su mente como un instrumento con el cual está obligado a fundirse sin perder de vista que, como todo mortal, está obligado a volver sobre sí. Es máscara de su propia voluntad, pero a diferencia de todos nosotros, él sabe que es así, que su voluntad se encuentra escindida de lo que la máscara representa.

De allí la paradoja que señala Denisse Diderot, «Yo reclamo de él mucho discernimiento, que sea un espectador frío y sereno; en consecuencia, le exijo mucha penetración y ninguna sensibilidad», esto debido quizá a la renuncia de lo espontáneo, a lo variable del temperamento humano en pro del buen desempeño histriónico. No existe uniformidad en el histrión apasionado, ésta sólo puede existir en aquel que ha alcanzado el dominio de su personaje y se limita a repetir sin emoción a la manera de un espejo que refleja íntegramente lo que la naturaleza refleja.

La emoción es para el público, el buen comediante ha medidas sus lágrimas, calculados sus gesticulaciones, «No es que la pura naturaleza no tenga momentos sublimes, pero pienso que si hay alguien capaz de sorprender y conservar su sublimidad, será sin duda aquel que habiéndolos presentido por exaltación o genio, los exprese o represente con serenidad y sangre fría.» Es mediocre el actor que no es capaz de ser constante en su ejecución, es malo el actor que no es capaz de encarnar su papel de manera eficiente, pero es sublime aquel que puede conmover al público y llevarlo al borde de las lágrimas conservando él mismo su propia serenidad anímica. He allí la paradoja, ríe a carcajadas, odia con encono, gimotear amargamente, pero sin sentir propiamente lo que tiene el papel de hilarante, ni desatar rencor alguno en contra de nadie, ni resentir la amargura del  llanto.

No se trata de forzar al personaje sino de permitir que el personaje se ajuste al contorno de su alma, que se apropie de sí sin resistencia pero que su sensibilidad se conserve inconmovible. Un actor es un técnico de la representación capaz de conmover a los espectadores. Convierte lo natural en artístico mediante el perfeccionamiento del arte de imitar cada uno de los síntomas exteriores de la naturalidad escénica. He allí lo monstruoso y fuera de lo normal del actor, lo sublime pero al mismo tiempo lo terrible de su oficio.

[1] El monstruo es significativo, como dice San Agustín, basándose exclusivamente en su raíz etimológica “Dícese que la llamamos monstruos de «monstrando», porque con su significación nos muestran alguna cosa.” San Agustín, Ciudad de Dios: Libro XXI, Capítulo 8

[2] Hamlet. (Acto II, Escena XI):

Now I am alone.

O, what a rogue and peasant slave am I!

Is it not monstrous that this player here,

But in a fiction, in a dream of passion,

Could force his soul so to his own conceit

That from her working all his visage wann’d,

Tears in his eyes, distraction in’s aspect,

A broken voice, and his whole function suiting

With forms to his conceit? and all for nothing!

For Hecuba!

What’s Hecuba to him, or he to Hecuba,

That he should weep for her? What would he do,

Had he the motive and the cue for passion

That I have? He would drown the stage with tears

And cleave the general ear with horrid speech,

Make mad the guilty and appal the free,

Confound the ignorant, and amaze indeed

The very faculties of eyes and ears. Yet I,

A dull and muddy-mettled rascal, peak,

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