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No sé por dónde comenzar. Esas son las primeras cinco palabras que me salen de la cabeza. Me considero una alguien práctico, por eso las escribí, para asegurarme un inicio que ‘al fin y al cabo’ es un comienzo.

Qué curioso eso que dije. Tiene potencial poético. ‘Al fin y al cabo’. Como si la vida estuviera compuesta por variados y muy diversas piezas de dominó, intervalos de instantes, atados entre sí, como los cabos de un muelle. De toda esa cantidad de intervalos, elegí este instante para ser el comienzo y ahora lo debo cerrar para darle paso a un nuevo intervalo. Finalmente, en eso consiste la dura tarea de razonar, por decirlo de algún modo, ir ‘atando cabos’.

Pero también es cierto, no sé por dónde comenzar. Me levanté el día de hoy algo reflexivo, eso es todo. Cuando uno está así, sientes que tienes tantas cosas qué decir. Pero a la hora del ‘lápiz y papel’ todo se desvanece. Como que… al pensarlo de nuevo… eso que venía musitando entre dientes, mientras paseaba al perro, no me parece tan brillante ahora. De hecho, hasta me da un poco pena decirlo en voz alta.

Ya no sé si se debió al orden de las palabras que, con el paso del tiempo y el café del desayuno, se terminaron por desintegrar. Algo así como si volcaran la mesa en el que se jugaba una partida de dominó consigo mismo. Ya no recuerdo el orden. Creo que lo mejor es comenzar de nuevo. Mula de seis, tiro primero.

Todo comienzo es arbitrario y no se limita a los asuntos narrativos. Una determinada comunidad decide fundar una ciudad, al encontrar un águila devorando una serpiente en un lago. El cuarto jueves del mes de noviembre Estados Unidos festeja su Día de Acción de Gracias para conmemorar la mezcla de tradiciones europeas y nativo-americanas. aquel año de 1621. La biblia dice que «En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra». ¿Pero qué hay detrás de todo comienzo?

Los especialistas llaman ‘Mito etiológico’ a la clase de relato que explica el origen de un ritual o una ciudad, o una determinada comunidad. No es extraño ver que en más de una cultura se repitan las mismas condiciones de fundación. Normalmente hay una entidad que, mediante una hazaña o peripecia, crea algo que se ha de repetir indefinidamente. Ese ‘algo’ va cobrando un carácter cada vez más sagrado, conforme se aleja en el tiempo y se perfeccionan o ritualizan los actos a rememorar.

En México, por ejemplo, tenemos un montón de mitos de esta clase. La independencia, nos funda como nación ante la corona española. Los héroes de la independencia los solemos repetir de manera ritual durante las interminables y repetitivas ceremonias patrias: Hidalgo (eterno padre calvo) Morelos (el pirata del paliacate), esa mujer que siempre aparecía de perfil, Guerrero (que por alguna razón se ha ido ‘blanqueando’ a pesar de ser originario de Tixtla, en donde la población es en su mayoría, indígena. Cosas así se repiten en la historia de todas las naciones, todo el tiempo. Pero no te atrevas a cuestionarlo en público. Nunca falta el ingenuo que jura y perjura que las cosas fueron tal cual.

No es mi intención cuestionar los mitos etiológicos de nadie. Al menos ellos tienen algo que yo no: un comienzo. Yo no sé por dónde comenzar. Debo tirar de una hebra de estambre enredado, como una red, desenmarañarlo y volverlo a componer para que cualquiera pueda seguir la hebra como Teseo a Ariadna.

Todo comienzo es arbitrario, no me explico por qué me siento aterrado al respecto. Como cuando eres niño y los mayores buscan asustarte con algún cuento ridículo. Excepto que los cuentos que me contaban mis padres no eran para nada ridículos. Me acuerdo de aquellas ocasiones en las que me contaban lo que sucedía en México durante el 68. Lo queramos o no, el año de 1968 es otro de esos mitos etiológicos que nos aterra profanar.

Cada vez que lo recordamos pareciera que ese año nunca terminó, seguimos viviendo en 1968 cada dos de octubre, por cincuenta largos años. El 68 es para los mexicanos una especie de bucle temporal en el que estamos atrapados cada vez que sucede una desaparición forzada, un crimen de Estado, una masacre. Para mí y para muchos es el origen fundacional de nuestra generación, no porque naciéramos entonces sino porque vivimos sus secuelas de violencia e impunidad.

Finalmente ¿quién soy yo al lado de todos esos hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, que figuran en los obituarios? No sé por dónde comenzar, mi historia se desvanece ante sus efigies, ante su memoria. ¿Pero y si yo no estuviera? ¿Quién los recordaría? Quizá alguien más. No puedo estar del todo seguro. Quizá en otros cincuenta años el partido que dio origen a esa masacre ya no exista, o al menos no tenga el poder del que goza ahora. Sólo entonces se podrá juzgar a los responsables a pesar de haber muerto hace un siglo atrás. Sépanlo de una vez, no olvidaré, y tampoco las generaciones que me siguen. Yo soy sólo el comienzo. Mula de seis, tiro primero.

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