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En el comienzo de la primavera de 1672, un agente secreto alemán llegaba a París. Con él venía la esperanza de alcanzar la tan anhelada paz entre las naciones europeas, tras los conflictos desatados durante la Reforma protestante. Su objetivo era el de convencer al monarca francés de reorientar su agenda militar hacia las llamadas “indias orientales” y con ello, acaparar el tráfico hacia oriente por Egipto.

Se trataba de un proyecto magnánimo. Pero a pesar de que la visita había sido aprobada, inclusive auspiciada por los franceses, el emisario no estaba seguro de la clase de recibimiento podía esperar. Nuevo en el juego de la diplomacia y poco familiarizado con los ministros que quien concertaría, algo de lo que debieron advertirle sus superiores, era la clase de peligros que corrían los que intentaban hacer alianzas en el entorno volátil del siglo XVII, especialmente con la clase de socios que eran los franceses, tan impredecibles y oportunistas. Todo lo que se podía acordar un día, fácilmente podía ser olvidado al siguiente. Con todo y las dificultades, fue arreglada una estancia prolongada por ambas partes. Había cierta urgencia, debido las grandes potencias estaban de nuevo al borde de la guerra.

Por ochenta años el continente entero había sido azotado por una serie de incesantes conflictos; desde los primeros disturbios civiles en Francia durante el siglo XVI hasta la caída de los Estados alemanes ―sin mencionar la llamada Guerra de los Treinta años, acontecida entre 1618 y 1648. Hubo varias causas para esas hostilidades; algunas de las cuales incluían diversas crisis políticas internas; lucha de clases; disputas territoriales; el choque entre el poder centralizado y la independencia local del Sacro Imperio Romano (un vasto territorio que se extendía desde el Oeste de Francia hasta el Este de la actual Polonia y del Norte de los Países Bajos hasta el Sur de Italia); y disputas de diversa índole entre el Imperio, Francia, España, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Los Países Bajos, etc. Mientras las armadas mercenarias marchaban a través de las fronteras y aumentaban las batallas con poca consideración por el daño colateral, la población civil era diezmada, los cultivos arrasados, la agitación social y económica hacían la vida absolutamente miserable. La civilización occidental, durante el medioevo, estaba compuesta por diversos reinos que competían violentamente entre sí.

La inestabilidad generalizada había aniquilado la uniformidad general de la fe, junto a la organización económica y política de la Europa medieval que encaraba tanto la violencia, por un lado, como la peste por el otro.  Las guerras de finales del siglo XVI y principios del XVII habían sido de carácter religioso, especialmente las ocasionadas en Francia y Alemania, como triste legado de la Reforma. En Francia, la mayoría Católica combatía a los hugonotes del calvinismo ―un atroz conflicto que fue superficial y momentáneamente tranquilizado por el Edicto de Nantes en 1598, que concedía ciertos derechos político-religiosos a la población protestante. En las tierras del Sacro Imperio Romano, la tenue unidad entre los trecientos estados miembros se deshacía entre los conflictos católicos, luteranos y calvinistas.

Los conflictos en Alemania se vieron exacerbados por la intromisión del exterior: cuando un lado parecía prevalecer, facciones aliadas de cualquier otro lugar venían a ayudar al otro contrincante.

Así como, durante la década de 1630, la Baviera católica y sus aliados de la contrarreforma se mostraban a punto de vencer a los territorios luteranos del norte, Francia, Dinamarca y Suecia enviaban fuerzas de intervención a apoyar la facción protestante.

Finalmente, la firma del tratado de Paz de Westfalia llegó en 1648, tras haberse agotado todos los recursos de las partes en conflicto. En principio, esta serie de acuerdos pondrían fin a la guerra, traerían estabilidad y una paz duradera al continente. El tratado volvió a establecer las fronteras políticas y la clase de religión que en ellas se profesaba. Los territorios alemanes ahora eran estados soberanos, cada uno de los cuales determinaba la clase de religión era la oficial. (La Paz de Westfalia formaliza la disolución del Sacro Imperio Romano).

No obstante, este breve respiro fue sólo temporal. Durante los siguientes años la rivalidad dinástica, los deseos expansionistas y, sobre todo, la competencia económica impulsó una serie de conflictos relativamente cortos, pero de consecuencias profundas, particularmente entre Francia, España, Inglaterra y los Países Bajos. Al inicio del año 1672, el centésimo aniversario del inicio de las hostilidades que acabaron con la paz, Europa parecía destinada a enfrentar otro siglo de lucha.

Del mismo modo que en 1572, todos los países europeos se concentraban en el territorio ―estratégicamente importante y altamente lucrativo― que corría a través del Mar del Norte: Los Países Bajos y lo que hoy en día es Bélgica y Luxemburgo. La primera vez, el ataque había sido encabezado por España, que trataba de alinear a sus filas las provincias rebeldes. Los Habsburgo, que ocupaban el trono español, heredaron estas propiedades de los duques franceses de Borgoña durante la mitad del siglo XVI. Pero el régimen distante, ejercido por la monarquía católica española, no le sentaba bien a la población calvinista local que dominaba en las siete provincias situadas al norte, algo que a principios de 1970 desembocó en una fuerte revuelta. España respondió con una considerable muestra de fuerza bruta. La guerra duró ochenta años (concluyendo con el Tratado de Münster, parte de los términos comprendidos en la Paz de Westfalia).

Esta vez, fue Francia quien ejerció la primera movida. Como una de las superpotencias de la época, la monarquía Borbónica representaba un efectivo contrapeso para su archienemigo, la monarquía ibérica de los Habsburgo. El agresivo y siempre ambicioso Luís XIV había codiciado por mucho tiempo los territorios de los Países Bajos meridionales ―las provincias católicas que prevalecieron fieles a España, y ahora eran conocidas como los “Países Bajos Españoles”. Finalmente, Luís invadió Flandes y las otras provincias sureñas en 1667. Acto seguido, en alianza con el príncipe-obispo de Colonia, el elector de Münster y la corona de Inglaterra, fijo su objetivo sobre lo que ahora es la República Holandesa ―las provincias protestantes al norte de los Países Bajos que, tras haber ganado su independencia de España, para entonces gozaban de su edad de oro.

Hubo largos y continuos reclamos políticos y económicos entre Francia y las Provincias Unidas, que incluían enfrentamientos por el comercio, el territorio y las alianzas. Las confrontaciones clásicas entre lo viejo y lo nuevo, entre lo católico y lo protestante, entre el despotismo de la realeza y el republicanismo. Mientras las tensiones incrementaban, un número de intentos por negociar los acuerdos entre las dos potencias fracasaban inevitablemente. Ninguno esperaba ya que una solución diplomática podría ser más viable que una militar, lo que orilló a declarar la guerra de Francia contra Holanda en enejo de 1672.

Para cuando el emisario alemán llegó a París a finales de marzo, la armada francesa ya había cruzado la frontera de Holanda. Entre los principados que recién se recuperaban de la Guerra de los Treinta años se corría el rumor sobre cuál sería el siguiente objetivo de Luis XIV, averiguarlo sería una de las tareas del emisario. Quién sino uno de los los grandes genios de la época ―y de todos los tiempos― para llevar a buen término esta clase de diligencias, quien a pesar de su inexperiencia política y sus escasos veintiséis años de edad, bastante tenía que aportar a las discusiones más relevantes concertadas en la capital francesa.

Gottfried Wilhelm Leibniz nació el 1 de julio de 1646 en Leipzig, una provincia Sajona de mayoría luterana. Su padre, Friedrich, fue vicepresidente de la facultad de filosofía y profesor de filosofía moral en la Universidad de Liepzig. Su madre, Catharina Schmuck, fue la tercera esposa de Friedrich.

Leibniz había estudiado las artes liberales en la Universidad de Leipzig, obteniendo el grado de bachiller en 1663 bajo una disertación titulada Disputatio metaphysica de principio individui. A pesar de su talento para el pensamiento filosófico, decidió tomar una carrera en leyes. Después de un verano estudiando matemáticas en la Universidad de Jena, regresó a Leipzig a conseguir su grado en jurisprudencia. Pero a pesar de haber conseguido su grado, la Universidad se negó a otorgarle su grado doctoral, requisito indispensable para el acceso a la facultad universitaria. El problema poco tenía que ver con el mérito personal de Leibniz sino con las rivalidades profesionales. Leibniz estaba defraudado, pero ello no lo disuadió de abandonar sus intentos de alcanzar el doctorado. Por el contrario, trasladó su tesis hacia la Universidad de Altdorf, donde sí obtuvo el grado de doctor en jurisprudencia en 1666.

Para entonces, Leibniz ya se había dado cuenta de que, después de todo, no estaba tan interesado en una carrera dentro de la Faculta de Derecho en la Universidad. Él se creía capaz de llevar a cabo una agenda política, con el mismo entusiasmo que su interés por los asuntos científicos de la época, independientemente del entorno académico. Rechazó la oferta de una cátedra en la Universidad de Nüremberg para trasladarse a Mainz donde se desempeñó como consejero privado de la corte suprema, y en donde conoce al que entonces sería su empleador en la empresa a Francia.

No bastaría decir que Leibniz era una mente insaciable, de múltiples intereses. Ante todo, pensaba y actuaba mucho más allá del ámbito oficial de los asuntos políticos, su extraordinario intelecto prácticamente no tenía límites. Era un verdadero erudito, para quien “nada de lo humano le era ajeno”. Durante toda su vida hizo una gran cantidad de aportaciones al campo de la filosofía (lo que incluye a la metafísica, la lógica, la ética y la epistemología), el derecho, la política, las matemáticas, las ciencias naturales, la lingüística, la teología, la historia, la crítica de la Biblia y aún a la ingeniería y la tecnología. Estudioso de las últimas novedades, pero respetuoso de las fuentes antiguas, fue de los mayores conciliadores entre el pensamiento científico progresista de sus contemporáneos (como Galileo, Descartes y Huygens) con las antiguas ideas metafísicas de Platón y Aristóteles.

Leibniz residiría en París por varios años, durante los cuales aprovechó para ampliar sus conocimientos en matemáticas y física. Fue por esas fechas cuando tuvo acceso a los manuscritos inéditos de René Descartes, los cuales copió de su propio puño y letra, publicándose posteriormente bajo el título de Cogitationes Privatae fechados en enero de 1619 y copiados por Leibniz en junio de 1676. (Posteriormente estas Cogitationes… serían incluídas en las Oeuvres de Descartes, publicadas por Charles Adams y Paul Tannery en 12 volúmenes, en París, de 1897 a 1909 y reeditadas ahora en 13 volúmenes de 1974 a 1983).

De esa publicación tomo lo siguiente: “Ut comœdi, moniti ne in fronte appareat pudor, personam induunt, sic ego hoc mundi teatrum conscensurus, in quo hactenus spectator exstiti, larvatus prodeo.” [Como los comediantes llamados a escena se ponen una máscara para que no se vea el pudor en su rostro, así yo, a punto de subir a este teatro del mundo en el que hasta ahora sólo he sido espectador, me adelanto enmascarado (larvatus prodeo)][i]

Me llama la atención que fue gracias a Leibniz a través de quien conocemos la empresa enmascarada de Descartes y el temor que sentía ante la inminente condena de Galileo. Algo de lo que Leibniz tampoco fue ajeno.

[i] Traducción ubicada en el epígrafe de Margot, Jean Paul UNA METAFÍSICA DEL PRESENTE Praxis Filosófica, núm. 21, julio-diciembre, 2005, pp. 79-96 Universidad del Valle Cali, Colombia

Fuente:

Descartes, René (1908): Cogitationes privatae, A.T, 213, 4-7 en Oeuvres de Descartes publicadas por Charles Adam & Paul Tannery (12 volú- menes, París, 1897-1909), nueva edición, 13 volúmenes, París, Vrin, 1974-1983. (No existe una edición crítica de las obras completas de Descartes en español, por si se lo preguntaban)

____________(1989): Estudio Introductorio a Descartes en El mundo. Tratado de la luz. Edición bilingüe. Anthropos. Barcelona.

Hofmann, Joseph H. (2008): Leibniz in Paris 1672-1676. His Growth to Mathematical Maturity. Cambrindge University Press. England. [Prácticamente he hecho una traducción de las primers páginas que dan contexto al presente texto, pueden consultar el primer capítulo por entero en el link]

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