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Finalmente pasó. Lo peor que pudo haber pasado, pasó. Donald Trump ha sido declarado supremo vencedor de la contienda electoral en los Estados Unidos de América. Y es que está para ser reiterado una y otra vez ante la negativa de creer en su triunfo. Donald Trump será el presidente número 45 de la unión americana, de los estados juntos, del imperio americano.

Cuesta trabajo creer que inmediatamente tome posesión del cargo hará todo lo que ha prometido. Comenzar el proceso de “retirar a más de dos millones de inmigrantes criminales e ilegales”, negar la entrada sin visa a los viajeros de países que se nieguen a readmitir a sus ciudadanos, revocar cada una de las órdenes ejecutivas de Barack Obama, imponer restricciones a funcionarios de la Casa Blanca que han pasado a formar parte de grupos de presión, establecer límites a los períodos de los miembros del Congreso, cancelar todos los pagos a los programas de cambio climático de la ONU, usar ese dinero para reparar la infraestructura de Estados Unidos, clasificar a China como manipulador de divisas (BBC).

Simplemente no acabamos de creer que el candidato de los rednecks, el gallo de la Asociación Nacional del Rifle y el Ku Klux Klan triunfara. Nos lo habíamos tomado a broma. Inclusive el día de ayer me dormí hastiado del tema pensando “ya que gane Trump y que nos lleve a todos el diablo”. En parte era un sentimiento auténtico, en parte era algo que sólo sucedería en el contexto de un mal chisto. Pero helo allí, triunfante con su rostro anaranjado y su cabellera albina, proclamando su triunfo ante la prensa.

¿Cuántos analistas no han advertido al respecto de las consecuencias que llevaría el triunfo de Trump en la presidencia? Poco importa sinceramente al votante promedio los comentarios escandalosos, las acusaciones de acoso sexual, la descarada manera en la que admitió no haber pagado impuestos por años. Nada de esto es nuevo, Trump no es un fenómeno político que naciera de la nada y se proyectara a la casa blanca como una ocurrencia espontánea de la generación Yuppie. Por más de lo que nos cuesta admitir, esto se puede rastrear más allá de la simple mecánica racista y misógina de ciertos sectores ultraconservadoras de la derecha americana.

Los términos fascismo y populismo han sido frecuentemente utilizados para denominar a la clase de posturas políticas que, a pesar de encontrarse asimiladas en las sociedades democráticas actuales, se consideran como actitudes antidemocráticas puesto que en esencia van en contra de la voluntad representativa. Ambos términos son extraídos de dos clases diferentes de totalitarismos, pero que gozan de un mismo mínimo común múltiplo: el autoritarismo político. Ambos son coherentes en la idolatría al líder, un intérprete infalible de la voluntad del pueblo, al que se le debe una fe ciega a pesar de los desfalcos, insensateces y graves violaciones al sentido común que se miran como “leves deslices” en la lógica del fascista/populista convencido.

Tanto el uno como el otro, comparten la idea de que existen una serie de “conspiraciones extranjeras” en contra de los intereses de la nación y que, por tanto, sus simpatizantes, deben ser perseguidos, encarcelados o exterminados. No obstante, en las “democracias” populistas este elementos se vuelve parte de la retórica oficial, al grado de estar presente, implícita o explícitamente, en el discurso de los principales líderes. Su objetivo es el de crear cierto estado de historia colectiva que vea a su mandato como la única opción viable para dar solución a los principales problemas, no sólo nacionales sino globales en general.

Ante todo, no se trata de señalar si la política de Trump será o no será de corte populista o fascista. Para Piccato y Finchelstein, «Trump significa la revitalización de un estilo populista fundado históricamente a su vez en un imaginario fascista.» (Nexos) algo que se puede apreciar muy sencillamente en los discursos esgrimidos durante su campaña. Finalmente, mexicanos, negros, musulmanes, mujeres, la comunidad LGBTI, y todos los sectores denominados “minorías” por parte de los votantes americanos, se encuentran en el mismo saco. Apelar a la lógica y a la coherencia del discurso racista, es no entender las bases fundamentales de la política americana para la que «Trump representa la encarnación de la imaginaria fortaleza estadunidense: expulsar a los indeseables y los débiles, cerrarle la puerta a los terroristas, destruir a los enemigos y dejar que “los mejores” se hagan cargo del gobierno. La nación es un cuerpo al que hay que defender de las contaminaciones, cerrándolo y canalizando su violencia hacia el otro.» (ibíd.)

Podríamos trazar sencillamente una tipología sobre la clase de persona promedio que votó el día de ayer por Donald Trump y no deberíamos sentirnos sorprendido de encontrar la clase de fanatismos que el magnate de los bienes raíces despierta en los sectores blancos empobrecidos y desempleados  a los que iba dirigido su campaña. Tal como lo había anticipado Michael Moore, en una de sus 5 razones por las que Trump será presidente, su discurso representa el último bastión de los hombres blancos enfadados, que miran a Trump como un mesías, el único capaz de liberarlos de las aberraciones del libre mercado, el mismo que se ha llevado su industria a países extranjeros que ofrecen mano de obra barata, como México. Por él estarían dispuestos a hacer un caso omiso de la clase de comentarios desagradables que mencionan en los medios sobre sus evasiones fiscales, por él estarían dispuestos a soportar el racismo y la misoginia que empapa todos sus discursos políticos.

Pero hay que partir que los votantes no son, como el común de la gente suele denominarles, rednecks resentidos con la clase de sistema capitalista que les ha generado condiciones de opresión y desempleo. El voto secreto ha sido determinante en la contienda, precisamente los votos que latinos, negros, mujeres, gays, etc. le han dado al magnate y que no han manifestado públicamente por temor a ser censurados. El voto de quien ve en Donald Trump con asco y con esperanza en una medida proporcional. ¿Suena esto paradójico? Esto cobraría sentido si no nos aferráramos a la lógica que nos da sentido a nuestro contexto.

¿Cómo darle sentido a una de las campañas que ha roto más tabús en torno a lo “políticamente correcto” si no? Los analistas que atribuyen su popularidad a las frustraciones económicas de los sectores blancos menos educados no ven el aspecto profundamente antropológico que esgrime la ruptura de los límites sagrados, que Marie Douglas señaló en su libro Pureza y Peligro. En su obra, la antropóloga británica señala el papel de la imaginación religiosa durante los procesos rituales, que hacen de Trump un sujeto liminal entre lo abominable y lo ungido. Las mismas cualidades que lo hacen infrahumano para algunas personas, como nosotros, son las mismas que le hacen subrehumano para otros. Trump se encuentra por encima de las normas de lo “políticamente correcto”, aquellas que legislas si se debe o no multar a Miley Cyrus por hacer ojos de chinito en su perfil de Instagram (People).

Quizá por esa razón a muchos de los sectores cristianos no les parece importar que el comportamiento de Trump se aleje de los preceptos cristianas que tanto exalta, hasta convertirse en un asunto abominable. No nos encontramos en los territorios de la razón sino en los territorios de la fe, y quizá todos aquellos que han (hemos) contribuido en hacer de la figura de Trump una entidad infrahumana indirectamente somos responsable de su polo opuesto. Quizá es un asunto que deberíamos pensar al momento de replantear conceptos como “tolerancia” o “laicismo”. El comportamiento político no se encuentra del todo emancipado del religioso y viceversa.  (Sapiens)

Al final, que nos lleve el diablo a todos…

[Foto: Michael Vadon]

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