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Mary Douglas fue una reconocida antropóloga inglesa, hija y esposa de administradores coloniales en África, de ella extrae sus primeras etnografías entre los Lele en las entrañas del Congo Belga. Su obra Pureza y peligro representó uno de los tratados más importantes para la historia de la antropología, ya que conjuntó una serie de estudios relacionados al consumo, la comida y el ritual que ya venía realizando desde sus comienzos como empleada en la administración colonial. Publicado en 1966, Pureza y peligro representa un análisis de los conceptos rituales de pureza y contaminación en diferentes sociedades, a lo largo de la historia.

La obra de Mary Douglas surge con una premisa interesante: “lo que normalmente consideramos impuro, sucio, abominable, no solamente es algo que varía de una sociedad a otra sino que en realidad, las cosas no son sucias e impuras en sí mismas sino que lo son en la medida de que están fuera de lugar. El aspecto clave no será tanto definir el concepto de “suciedad” o “contaminación”, sino la propia noción del lugar.

Lo sucio varía de una sociedad a otra en la medida que están fuera de lugar. La tierra no es sucia en sí misma, pera la tierra sobre la alfombra sí que lo es.  Todo aquello que sale o se escapa del lugar al que le corresponde para trasladarse a un sitio diferente, va a ser considerado como impuro y contaminante. La propia noción de impureza está vinculada a un espacio conceptual, no geográfico como el término lo sugiere. Dentro de este espacio conceptual aquellas cosas del mundo que pertenecen a otro espacio ―y que por tanto pertenecen a otra categoría de lugar― van a ser consideradas como elementos contaminantes.

Todo lo que escapa de sus propias fronteras queda relegado a un campo de representaciones extraño al suyo. Por ejemplo, todo lo que sale de las fronteras del cuerpo humano ―los estornudos, el sudor, la sangre menstrual, etc.― es tratado bajo ciertas condiciones/operaciones/tratamientos específicos. Existe un espacio conceptual extracorporal, que al verse alterado se la considera contaminante. Las fronteras de este espacio son variables y los principales problemas antropológicos se encuentran relacionadas al establecimiento de las mismas. La idea de impureza está amenazada por algo que no tiene cabida dentro de las fronteras del espacio representado, que es a su vez, espacio simbólico. Conforme más delimitadas están las fronteras de una determinada categoría, la idea de impureza va a estar mucho más presente ya que con frecuencia van a ser amenazadas.

Un ejemplo socorrido por Mary Douglas es la clase de prohibiciones expresadas en el Levítico, aquellas que expresan prohibiciones alimenticias. Pareciera que todas las sociedades establecen una frontera de lo que es digno de ser consumido y aquello que se considera sucio, abominable o contaminante. Las fronteras entre alimentos permitidos y prohibidos pueden ser muy variables entre distintas sociedades.

Marvin Harris, en su libro Vacas, cerdos y brujas, señalaba esta particular característica de las sociedades en general en torno al consumo de la carne de cerdo. Harris estaba muy interesado en la prohibición de la producción de insumos para la crianza del cerdo. Lo que él había planteado era que una región como las montañas del Sinaí, región extremadamente seca, abominaba al cerdo por todos los elementos que implicaba producir su carne; ya que el cerdo es incapaz de regular su propia temperatura corporal necesitaba grandes cantidades de agua. Llevar agua al territorio del Sinaí, implicaba una cantidad de insumos y recursos humanos que no redituaba con el tipo de producción del cerdo. Además de eso, el cerdo siempre ha sido un competidor natural del hombre, ya que consume la misma clase de semillas y cereales.

La pregunta sería ¿Cuán es el factor común que establece el sistema de clasificaciones? La impronta, atiende no tanto a la prohibición sino al sistema de prohibiciones. Hay dos tipos de animales: los animales puros ―como son el buey, las ovejas, las cabras, el venado, etc.― y los animales impuros ―Camello, liebre, serpiente, topos, el cerdo, langostas.

Si efectivamente es impuro aquello que está fuera de lugar, esto equivale a reconstruir un sistema de clasificaciones que agrupa todos los seres del universo en tres grandes categorías: el firmamento, la tierra, el océano. No hay manera de ordenar el mundo más que clasificándolo. Lo que significa establecer fronteras entre categorías diferenciadas.

Todo ser que pertenezca al firmamento, debe ser un ave que tenga dos alas y dos patas. En la categoría de tierra pertenecen los animales que tengan cuatro patas, que caminen o que salten. En la categoría de océano, estarían todos los peces que tienen dos aletas y que tienen escamas. En principio, si alguno de los seres que están incluidos en esta categoría no cumple estos atributos son considerados abominables de manera automática. El caso del cerdo se tiene que explicar dentro de este sistema de clasificaciones.

Para los judíos todos los rumiantes son animales que no tienen la pezuña hendida. Las características del cerdo es que tienen la pezuña hendida pero no es rumiante. El caso de camello es que a pesar de ser rumiante no tienen la pezuña hendida. Son seres instalados en la frontera, de allí que sean considerados seres liminales.

Las fronteras, en el ejercicio de establecer discontinuidades en planos continuos, son establecidas allí donde no hay tal. Esto siempre va a alejar la posibilidad de que algunos elementos no entren en esta categoría. Por ejemplo la clasificación de Lineo para los hongos. Las sociedades establecen actitudes o preferencias, universos respecto al consumo de los hongos. En Europa mediterránea adoran los hongos, pero en Inglaterra los aborrecen. Este tipo de elementos están situados entre lo uno y lo otro, lo liminal.

El sistema de clasificación social se basa en el orden simbólico, es decir, de representación social. La sociedad se divide en un conjunto de segmentos perfectamente codificados. Los códices restrictivos producidos por el ritual producen cuadrículas bien segmentadas.

A Mary Douglas le preocupó la relación que podría establecerse entre un determinado sistema de clasificaciones sociales con un determinado orden simbólico que también produce un conjunto de segmentaciones. ¿Por qué sociedades demográficamente muy pequeñas tendían a dividirse? ―Es decir establecer fronteras de segmentación lingüística, étnica, social, etc.― El problema del valor sociológico de la diferencia implica un establecimiento de estas fronteras que darían un orden social. Este orden social, también producirán un ordenamiento simbólico. Muy al estilo de Durkheim quien consideraba que la sociedad era una cosa que había de ser representada.

La tentativa de darle respuesta a esta incógnita por parte de Douglas viene en una de sus obras posteriores. En Símbolos naturales (1970), Mary Douglas introdujo el concepto de grupo y cuadrícula, para designar la manera en que los individuos se definían a sí mismos en una sociedad y la clase de roles o la clase de derechos que se adquirían mediante el ejercicio de rituales. Una de las funciones de la acción ritual es establecer un conjunto de clasificaciones ―cuadrículas― que no solamente permiten ordenar el mundo en el sentido levistraussiano sino que se vuelven elementos análogos a las propias divisiones sociales, que de alguna manera tenderían a sutilizar el conjunto de diferencias sociales en los grupos. Una sociedad, en ese sentido, se divide en un conjunto de segmentos basados en sus prácticas rituales.

El ritual establece las distinciones entre diferentes categorías. Siempre son actos pretéritos,  repetitivos y que no están vinculados a una acción instrumental.  Los estudios sobre el ritual son retomadas por Mary Douglas de Bernstein, quien observó que en familias donde había un código lingüístico limitado, había un rico código ritual que cimentaba su vida cotidiana. Actuaban como pequeñas sociedades en donde las acciones eran importantes para el funcionamiento de la familia. Al reotmar las ideas de Bernstein, Douglas plantea que “allí donde se niega valor a la acción ritual se abren de par en par las puertas de la confusión”. Allí donde se niega valor al ritual todo se vuelve intolerable. El ritual estabiliza el código de significados al establecer las fronteras conceptuales.

Una de las características de la acción ritual es comunicar significados mediante actos corporales o actos verbales. Los rituales concilian las diferencias e instauran un orden de lo simbólico. Los códigos restrictos que produce el ritual, producen cuadrículas fuertes, en el sentido de que el conjunto de categorías sociales está demarcado por las fronteras que los separa; al mismo tiempo que produce sociedades mucho más jerarquizadas con un mayor sistema de control social, donde cada segmento está enmarcado dentro de una categoría precisa. Esto hace que sociedades con cuadrículas fuertes tiendan a ser sociedades mucho más ritualizadas, a comparación de las sociedades de cuadrícula débil, donde en realidad las fronteras no tienen una delimitación precisa debido a la ausencia de una acción ritual. La acción ritual tiene por objeto demarcar las fronteras.

Ningún grupo social puede mantenerse invariablemente por los significados, todo grupo tiende a decodificar por la vía del ritual. El riesgo de que la comunicación no fluya, obliga a establecer actos protocolarios que constantemente se están reformulando. Estas líneas de segmentación tienen que ser necesariamente reformuladas, replanteadas, para poder incorporar al sistema clasificatorio elementos que no estaban contemplados dentro del sistema.

La acción ritual se vuelve indispensable para el restablecimiento de las categorías sociales. Es por ello que el ritual no necesariamente debe estar vinculado al campo religioso o mágico sino que es algo absolutamente necesario en toda interacción social. No es una acción inútil o ilusoria, sino un mecanismo indispensable para la reproducción social, en la medida que facilita los mecanismos de comunicación entre los individuos.

Bibliografía:

Douglas, Mary, “Las abominaciones del Levítico”, en Pureza y Peligro, Madrid, Siglo XXI, 1973, pp 63-82

Douglas, Mary, Símbolos naturales, Ed. Alianza Universidad, Madrid, 1978, pp. 20 – 55

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