Etiquetas

, , , , ,

 

La obra del antropólogo Claude Levi-Strauss es amplia y prolífica, tanto es así que difícilmente se puede saber a ciencia cierta la cantidad de libros, artículos, diarios de campo, entrevistas y estudios a profundidad que se han derivado en torno a su pensamiento. Lo cierto es que gran parte de su obra puede ser leída a la luz del esfuerzo de traducción ―qué el mismo reconoció en vida― del campo de la lingüística de Ferdinand de Saussure hacia la antropología estructuralista del cual se le considera fundador. Históricamente, el pensamiento de Saussure define a la lingüística en un antes y un después, luego de que impartiera a finales de los años 20’s su Curso de Lingüística general; una obra de publicación póstuma que se genera a partir de la edición de las notas tomadas por sus estudiantes en la Universidad de Ginebra.

La lingüística ―contemplada antes de Saussure, dentro de los avatares de la filología antigua― era estudiada a través de los cambios morfológicos de las lenguas antiguas como el griego, el latín, el sánscrito, etc. Saussure, consideraba como una tarea inviable el ofrecer un estudio cronológico del lenguaje sin antes reflexionar lo que el lenguaje era propiamente. Esto tiene varias implicaciones, porque interroga al método histórico al establecer una lógica interna. Cualquiera puede investigar lo que un término común y corriente como “mesa” puede haber significado en la historia, la tarea de la lingüística será desentrañar la clase de elementos que, al articularse, generan que un término como mesa en efecto señale algo en particular. Los aportes del pensamiento de Saussure a la lingüística como disciplina sólo podrían ser equiparados a lo que Marx aportó a la economía para el estudio de la mercancía en las disciplinas económicas.

A la respuesta a la pregunta de “¿Qué es el lenguaje?” Saussure responde: ― El lenguaje es un sistema de signos― una respuesta que se bifurca en dos nuevas preguntas: “¿Qué es un sistema?” y “¿Qué es un signo?”

Sistema, para nuestro autor, es un conjunto de elementos que mantienen una relación solidaria entre sí. Los signos no sólo son los elementos esenciales de este Sistema, sino que son una entidad lingüística particular conformada por dos dimensiones separables sólo en un ámbito analítico, pero inseparables dentro del sistema en sí: El significado y el significante. El significante es la parte tangible de cualquier signo, el elemento sonoro del significado. El significado es la parte inteligible, la forma a través de la cual el signo convierte un sonido en un sentido que forma parte de nuestro repertorio conceptual.

La palabra “mesa” tiene un conjunto de sonidos que al escucharse evoca un significado que remite a un mueble. No obstante, si nos detenemos a considerar, en esencia el término “mesa” es un concepto. El objeto al que se refiere dicho término, puede ser encontrado fuera de la relación significado-significante, pertenece al mundo real. Sin embargo, a diferencia del término anterior, no necesariamente todo signo cuenta con un referente empírico ―como sucede con las ideas matemáticas o las entidades producidas por la imaginación. El concepto, en términos generales, es reconocible pese a que no exista un referente empírico. Es este carácter conceptual lo que nos permite hablar de “dragones” y fantasmas.

El signo por tanto se compone de un elemento tangible y otro inteligible. Pero antes de que afirmemos que «en las letras de ‘rosa’ está la rosa y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.» Saussure conviene a señalar que la relación entre significante y significado tiene un carácter arbitrario, en el sentido de que no es una relación necesaria. No existe ninguna necesidad de que un significante o “sonido” quede indisociablemente asociado a una cosa. Existe una multiplicidad de significantes que aluden al mismo significado. Si la relación entre significante y significado fuera necesaria, sólo tendríamos un idioma. Lo que hace posible la multiplicidad de idiomas es la arbitrariedad entre significante y significado.

Siendo consecuente con el planteamiendo Saussure divide analíticamente el sistema de la lengua entre dos dimensiones distintas. La primera dimensión sería propiamente la dimensión de la lengua (lingüística) y la otra es la del habla (fonética). En la lengua se encuentran contenidas todas las reglas sintácticas, morfológicas, gramaticales que regulan la relación entre sus elementos; incluyendo las reglas fonéticas. En ese sentido, todo lenguaje articulado contiene una partícula mínima, que se emplea como unidad básica. Saussure le denomina fonemas. Esto quiere decir que todas las lenguas trabajan con un universo limitado de sonidos o fonemas. Ese número puede ser variable dentro de cada lenguaje.

Si lo llegamos a considerar, de la infinidad de sonidos que puede emitir la voz humana, la lengua sólo retiene algunos y trabaja en un universo continuo al descomponerlo y recomponerlo mediante un conjunto de unidades discretas (fonemas) que no tienen significación en sí mismas pero que fungen como vehículos de esta significación. Es por ello que, siempre que creamos nuevos términos, lo hacemos dentro de las reglas fonológicas estrictas e internas de nuestro lenguaje. El lenguaje es, ante todo un fenómeno colectivo, los lenguajes individuales se les llama “locura”.

Una de las características de la lengua es el conjunto de reglas que pone en juego. Las reglas no pertenecen al sujeto del habla, son reglas objetivas. Los hechos sociales del habla pueden ser vistos como cosas, es decir, hechos objetivos. Nada se crea a través de la voluntad o la subjetividad de los actores, es algo que está antes y/o después de todos los actores. De allí su carácter objetivo, y su posibilidad de ser estudiada mediante los métodos de la sociología de Durkheim.

La lenguaje pasa a ser el terreno objetivo y, por tanto, analizable de la lengua. La lengua, de ese modo, no tiene sujeto; sólo el habla. El habla no es objeto de la lingüística, el verdadero objeto científico de la lingüística es el lenguaje. El habla es contingente, variable y subjetivo. Las reglas de la lengua no están sujetas ni a la variación temporal ni a la variación espacial. La lengua en realidad no tiene tiempo. El habla es una secuencia temporal que ocupa cualquier periodo, pero en cada instante han estado presentes las todas las reglas de la lengua. Son estas mismas reglas las que son reversibles, es decir que pueden estar ubicadas en cualquier momento del habla.

Todavía más allá, Saussure comprende que hay una relación pertinente entre dos tipos de relaciones distintas que se ponen en juego en el lenguaje. Por un lado se encuentra la relación metonímica o sintagmática, que es la relación espacio/temporal del lenguaje. La relación sintagmática es la que cada uno de los términos de una frase guarda espacio/temporalmente con el otro término. Cada término tiene una relación de continuidad entre sí.  Por el otro lado se encuentra la relación metafórica o paradigmática, que es aquella que nos permiten sustituir cada uno de los términos de la relación metonímica por otro que se relacione de manera lógica.

Las paradigmáticas, por oposición a las relaciones sintagmáticas, no se organizan en términos espacio/temporales, sino que se organizan lógicamente al interior de un sentido determinado. Una gama de términos, asociados por el sentido de la frase, pueden ser sustituidos por otros términos. Esta relación es importante para comprender el problema del carácter o la naturaleza de la relación como concepto en sí puesto que el mismo concepto de relación tanto en las ciencias naturales como en las ciencias sociales es de suma importancia para sobrepasar el plano empírico.

La distinción entre metáfora y metonimia ―entre paradigma y sintagma― en buena medida son las relaciones que articulan el pensamiento humano. Por un lado, relaciones espacio/temporales que son relaciones empíricas, terreno del habla. Por el otro, las relaciones metafóricas o paradigmáticas, terreno de la disciplina denominada semiología. Un semiólogo busca las relaciones lógicas entre un signo y otro, entre dos o más sucesos.

Las relaciones metonímicas son relaciones diacrónicas, la diacronía no sólo se desplaza en el tiempo sino a un nivel empírico, observable. Las relaciones metafóricas son relaciones sincrónicas, es decir que establecen una relación lógica y atemporal. Son relaciones invariables como son las relaciones matemáticas. Los conjuntos de reglas son atemporales, en sintonía una con respecto a otras e inconscientes.

Esta relación entre metáfora y metonimia a permitido a antropólogos como Leach establecer una relación entre signos y símbolos. Lo que plantea Leach es que un signo funciona como tal cuando se organiza sobre la base de relaciones metonímicas. Por ejemplo la corona como una representación de la realeza, tomo un elemento para representar al todo. La corona tiene una relación metonímica con el rey y porque pertenece al mismo universo que habrá de representar. Pero si tomar una corona como una representación de la cerveza en realidad la relación ya no es metonímica porque no hay ningún tipo de relación empírica entre una corona y una cerveza.

Pero cuando establecemos una relación metafórica, lo que hacemos es establecer un elemento completamente ajeno del universo en turno para ofrecer una idea mucho más generalizada. El simbolismo comienza con esta operación de poder incorporar universos ajenos a universos propios, universos que no están esencialmente conectados entre sí, al hacerlos correspondientes unos con otros.

Los significados serían en realidad el producto de un conjunto de oposiciones entre los significantes. Lo que hace posible la significación en el lenguaje serán las distinciones necesarias entre los significantes. La diferencia es lo que construye la relación de significación, algo que es construido culturalmente y que por tanto se vuelve variable, como variables son los sonidos que componen el habla. Lo que hace la lengua hace, es establecer fronteras allí donde las fronteras no existen. En la naturaleza no hay fronteras fijas, al nivel de la cultura la frontera es tajante. Descomponemos campos para volver a conectarlos unos con respecto a otros.

Una estructura, dice Levi-Strauss recuperando este aspecto tan contingente del habla, «es lo que resulta de un sistema de significaciones», lo que acarrea al menos dos implicaciones. En primer lugar, que la propia noción de transformación está sujeta a un sistema invariable. Las cosas cambian, pero cambian de manera lógica y coherente. Y, en segundo lugar, no hay manera de acceder a una estructura sino a través del sistema de transformaciones detrás del cuál subyace. Hay que estudiar la manera en la que cambian los fenómenos sociales para vislumbrar aquello que no cambia, aquello que parece necesario. Los elementos varían, pero son las relaciones las que permanecen constantes.

La relación del simbolismo busca establecer universos dispares entre una relación metafórica, a pesar de la arbitrariedad del signo. El simbolismo, comienza ante el exceso de significantes y la carestía de significados. Un sistema, dirá finalmente Levi-Strauss, es necesariamente un acto de trasformación, una estructura es lo que subyace a esa trasformación; de allí que sea de suma importancia la propia noción de transformación y variabilidad en la antropología.

Anuncios