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La antropología como disciplina ha reclamado para sí al menos dos campos de estudio. Por un lado, se orienta hacia el conocimiento de lo propio del género humano, no tanto en un sentido “filosófico” ―lo que sea que eso signifique― sino en un sentido más “mundano”, es decir, lo que atañe al fenómeno del hombre. Por otro lado, la misma disciplina ha reclamado para sí la observación y descripción de las culturas no occidentales. Sin embargo, nunca queda del todo claro lo que separa el contenido temático de la llamada Antropología Social de la Etnología, debido a que ambos contenidos frecuentemente se ven permeados entre sí. Las fronteras pocas veces han sido más difusas que hoy en día.

En cierto sentido histórico, han sido más las tradiciones nacionales, que permean el ejercicio de la antropología, que la propia disciplina en sí misma. Por un lado, la antropología se identifica como ciencia de las leyes fácticas que rigen la sociedad y la cultura, por el otro es considerada una ciencia más de significaciones que de hechos. La primera se avoca a los fenómenos, la segunda a los símbolos. Uno interpreta las manifestaciones materiales de las culturas, otra sus sentidos simbólicos subyacentes. Uno atribuye su genealogía a la Sociología de Durkheim y mira la variación cultural a través del lente de sus semejanzas; el otro se inclina hacia la Semiología de Saussure, en donde la variación cultural se presenta como un elemento importante de significación diferencial. En última instancia, el término cultura ha cobrado un carácter cada vez más polisémico, conforme su variación se antepone a la pluralidad o semejanza de significados.

En ese sentido, para que las investigaciones antropológicas puedan considerarse a sí mismas como tal, siempre será necesario ofrecer un vínculo con la cultura; independientemente de que su estudio sea económico, histórico, político, etc. todo acontecimiento se encuentra en relación, visto o explicado a través de los ojos de la cultura.

La variación cultural, independientemente del uso que se le dé, es un elemento categórico. Dependiendo del uso que la antropología haga de ella será no sólo la manera en la que se defina su “objeto” de estudio, sino que también será la manera en la que, la disciplina antropológica en cuestión, se defina a sí misma. No obstante, la cultura y sus variantes no sólo se estudian en términos formales sino en relación a sus contenidos específicos. La antropología/etnología utiliza diversos tipos de métodos para profundizar en los “contenidos” de esa variación y llevarlos hacia un entorno mucho más familiar, similar a quien ejerce una traducción entre diversos tipos de términos con el objetivo de establecer una equivalencia de significados. El antropólogo, desde esta perspectiva, vuelve equiparables dos significados aparentemente disimiles o extraños.

La traducción antropológica/etnológica, se asemeja a un “puente conceptual” que torna inteligible para unos las variantes culturales. La “significación” es dada dentro de un sistema de diferencias, una lógica interna que se diversifica conforme cada cultura le encuentre sentido a cada una de sus variables u “objetos” de significación. No obstante, el traslado de un lugar a otro se vuelve complejo conforme uno profundiza más en el sentido y la forma en que esa variable se inserta en un contexto ajeno al propio, independientemente del sistema en el que procede. De ese modo es como la antropología se ha volcado no sólo a los sistemas de significación sino a la teoría interpretativa que rige el traslado hermenéutico, en el sentido más general de la palabra. Un ejemplo claro es aquella situación en la que se busca interpretar el significado de una “contracción de un ojo”, para diferenciarlo entre un tic o un guiño o cualquier otra cosa que ello pueda significar en el contexto del cual se desprende, pero del que difícilmente podemos encontrar un considerable parecido en el nuestro.

En teoría, el antropólogo es capaz de ofrecer ciertas similitudes entre un contexto cultural extraño y uno familiar. Sin embargo, esta labor se vuelve compleja al momento en el que un mismo término puede ser relacionado o extendido hacia otro campo de significantes. Ese sentido “excedente” implica tener un acceso privilegiado tanto a la interpretación que hace un individuo, perteneciente a la cultura extraña, como a los códigos lingüísticos que se establecen en esa misma cultura. Pero al mismo tiempo, el antropólogo debe considerar que en su propia cultura, de la que él precede, en la que él se ha profesionalizado, también existe un “excedente” que le impulsa a sobreinterpretar sentidos que difícilmente se pueden encontrar en otras culturas y que hemos llegado a considerar “universales”.

Interpretar el simbolismo de una cultura no es equivalente a haber descifrado su significado sino a comprender el sentido subyacente a la superficie. Descifrar únicamente el significado general, con miras a ofrecer una comparación apresurada, implica darle la espalda a un valioso contenido etnográfico difícilmente accesible a los ojos externos. Es por ello que, el ejercicio de la antropología, implica una renuncia provisional al carácter universal de lo científico por parte de antropólogo, con miras a ampliar su propio repertorio analítico de variaciones culturales; no estableciendo una relación de sentido con el “objeto” estudiado, sino con otra relación de sentido paralela a la suya.

Todo discurso es una forma de interpretar el sentido que la propia cultura hace de sí misma. Partiendo de esto, debemos asumir que la interpretación, aquella que los antropólogos recogen de sus informantes, también cae en el rango de tradición cultural particular y que, lejos de disolverse en una multitud de interpretaciones unívocas y universales, se vuelven multívocas y particulares. El antropólogo no está exento de esa labor, su trabajo consiste en recoger y catalogar interpretaciones, pero al mismo tiempo producirlas; muy a pesar de los fenómenos de homogeneización que han implicado los procesos de globalización contemporáneos.

Con la globalización en mente, debemos preguntarnos si, de cierto modo, el objetivo de la homogeneización cultural que proponen sus ideólogos, no es sino otra de las múltiples relaciones de sentido que existen en la complejidad de todo lo humano. Si lo hemos llegado a considerar, el papel de la etnografía es de suma importancia al momento de ofrecer vínculos culturales entre diversas relaciones de sentido en apariencia disímiles, en donde el concepto de variación y diversidad se vuelven clave para la convivencia humana.

Modernidad y sociedad son términos que se corresponden. Después de diversos esfuerzos por homologizar las culturas nacionales, son las propias naciones las que se han descubierto a sí mismas mucho más diversas de lo que se podrían haber pensado.  No es algo nuevo considerar las reformas a la Constitución Mexicana en donde se define a sí misma como una nación pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas. No obstante, pareciera que el término Multiculturalismo se ha vuelto más un tecnicismo jurídico que una realidad fáctica confundiendo las políticas culturales con la teoría de la cultura. Dicho todo esto ¿Le queda alguna otra alternativa al antropólogo que dejar de serlo y para volverse jurista o administrador de las diferencias culturales? La respuesta es no.

El antropólogo es tanto conocedor de la diferencia como productor de sentido, el multiculturalismo lejos de ser el legítimo administrador de la diferencia debe cobrar consciencia, junto con el antropólogo, que su sentido total también está sujeto a una interpretación de la cultura específica; una que cabe mencionar se caracteriza por definirse a sí misma por el uso jurídico de su carácter identitario y no por aquello que propiamente le diferencia.

 

 

Bibliografía:

Millán, Saúl

(2004): “La etnología: una ciencia de la diversidad cultural”, en Gloria Artís (coord.), La antropología en su lugar, México, INAH, pp 13 – 32

(2007): “La unidad y la diferencia: dos alternativas para la antropología contemporánea”, en María Eugenia Olavarría (coord.), Simbolismo y poder, Miguel Ángel Porrúa editores, UAM, México, 2007, pp. 19-33

 

Díaz Cruz, Rodrigo

(1991): “Los hacedores de mapas: antropología y epistemología. Una introducción”, Alteridades No. 1, UAM, Departamento de Antropología, 1991, pp. 3-12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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