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En un anterior texto que ―por añadidura al artículo de Mariza Peirano, “Los antropólogos y sus linajes” ― tuve a bien titular: “Los filósofos y sus linajes” para hacer una comparación entre el oficio del antropólogo y el del filósofo. Encontré que hay muchas similitudes, casi simétricas, en términos académicos, disciplinarios y metodológicos. En el texto base, Peirano hizo énfasis en que «si en la antropología la creatividad nace de la relación entre la investigación empírica y los fundamentos de la disciplina, entonces la investigación de campo surge como algo más que un mero ritual de iniciación en el cual el antropólogo prueba que “sufrió pero resistió”.»[i] (Peirano, 1991).  Quisiera creer, según mi interpretación del texto, que ese “algo más” al que se refiere la autora es la tradición que le antecede pero quisiera creer que hay algo más en ese “algo más”.

He querido profundizar en esta relación antropología-filosofía, pero no sólo a través de sus respectivos aparatos teóricos sino a través de la experiencia creativa de ambas disciplinas desde sus respectivos horizontes. Me interesó particularmente el esfuerzo creativo por varias razones. Creo que es algo que en filosofía difícilmente se llega a admitir: el talento creativo en el oficio del filósofo es fundamental. En ocasiones, depende más de la disposición creativa que el filósofo impone en sus obras, para señalar la clase de experiencias o fenómenos a esclarecer, que del aparato crítico. El problema es que en más de una ocasión el mismo filósofo como autor se enfrenta ante el inevitable obstáculo de la soledad, ante un descubrimiento del que es incapaz de comunicar.

No es raro encontrar en las representaciones pictóricas de los filósofos a individuos pensativos, ensimismados, absortos en sus reflexiones, con un temple que suele reflejar cierta melancolía. La relación entre la melancolía y la filosofía no es extraña[ii] pero ¿qué se puede decir sobre la relación entre melancolía y antropología?[iii]

Obviando que la melancolía no procede exclusivamente de la reflexión filosófica, ―sino por el contrario, el ensimismamiento filosófico procede de la melancolía― podríamos partir del problema XXX al señalar que las mentes más brillantes sufren frecuentemente de melancolía. Esta cuestión abarcaría no sólo a filósofos sino a poetas, héroes míticos y por supuesto, quisiera agregar, a antropólogos. En ese sentido, la melancolía sería una característica deseable para el temperamento antropológico. No obstante, nunca hay que aventurarse a firmar sin leer “las letras pequeñas”: La melancolía tienes un precio, y ese es el proceso de extrañamiento.

La antropología es una disciplina de mediación y traducción, debido a que es el antropólogo el que establece un puente entre dos horizontes simbólicos de significación. Ante esta situación él se enfrenta solo y sin otro instrumento que su propia experiencia subjetiva. Es por ello que hay mucho de subjetivo y “romántico” en la clase de narraciones antropológicas que busca establecer el contexto narrativo a través del cual el mismo antropólogo, poco a poco, se va insertando en la complejidad de un sistema extraño. Pero en la medida en la que el antropólogo se va familiarizando al sistema que estudia, sucede un fenómeno inversamente proporcional, al ganar extrañeza del sistema del cual procede.

Esta clase de anécdotas fueron muy poco compartidas por los pioneros de la materia en un esfuerzo para evitar el bochorno de no asumir el lado humano de la disciplina, aquel que guarda más cercanía con la filosofía que con la economía. La impronta del antropólogo se puede dividir de la siguiente manera: (a) transformar lo exótico en familiar y/o (b) transformar lo familiar en exótico.

La primera parte (a) es la clase de trabajos producidos originalmente por los pioneros de la antropología. La segunda (b), en cambio, corresponde a la clase de autoanálisis producidos a partir de la aplicación del llamado “método etnográfico” a las urbes. La primera parte, lleva hacia un enfrentamiento del antropólogo con lo que considera exótico; un proceso similar al del héroe clásico. En la segunda, el viaje es como el del chaman: no se sale del lugar de origen. La primera es una especie de desvinculación intelectual con lo extraño, intentando encontrar similitudes a lo propio ― algo similar a lo que se entiende por reglas, valores o ideas. En la segunda es más una desvinculación emocional, un desarraigo de lo familiar que ahora se le ve con extrañeza.

Según Roberto Da Matta «En el oficio del etnólogo las emociones van a la par que los descubrimientos etnográficos. […] en el momento en que el intelecto avanza –en ocasión del descubrimiento– las emociones están igualmente presentes, ya que es necesario compartir el gusto de la victoria y legitimar con los otros un descubrimiento. Pero el etnólogo, en ese momento está solo y, de este modo, tendrá que guardar para sí mismo lo que fue capaz de develar.» (Da Matta, 1999) De allí el sentimiento que Da Matta denomina: Anthropological Blues, una especie de desdichada melancolía, en la que el antropólogo se ve marginado por la nostalgia de lo extraño, de lo radicalmente Otro.

«Finalmente, en Antropología todo se funda en la alteridad: pues sólo existe el antropólogo cuando hay un nativo transformado en informante. Y sólo hay datos cuando hay un proceso de empatía corriendo de lado a lado.» (Ibíd.) En ese sentido, se sirve del otro “como espejo y guía”, no para describir la alteridad sino para verse a sí mismo. El Anthropological Blues es esa sensación de nostalgia por la extrañeza, por lo que no se pudo conocer en su complejidad física sino sólo como un recuerdo, uno que evoca la nostalgia de lo que se desvanece en la memoria y de lo que se tiene constancia en la reflexión melancólica del que lo ha experimentado de un lado a otro. Es necesario asumir esa melancolía, ese Antropological Blues, para comprender la experiencia antropológica de manera integral.

 

Da Matta, Roberto. 1999. “El oficio del etnólogo o como tener ‘Anthropological Blues”. En Constructores de Otredad. Antropofagia, Buenos Aires. pp.172-178

Peirano, M. (1991): Os antropólogos e suas linhagens [Los antropólogos y sus linajes] en Revista Brasileira de Ciências Sociais (16) 6: 43-50

 

 

 

 

 

[i] Las cursivas son mías.

[ii] Lo que sí es extraño es que no exista una entrada decente que habla sobre melancolía y filosofía en los diccionarios especializados. Por citar dos ejemplos, en el Ferrater-Mora no hay rastro alguno del término. En el Abbagnano sólo aparece su definición ya clásica y una vinculación a la entrada sobre “aburrimiento”:

«Melancolía (gr. μέλος χολή; ingl. melan- cholia; franc. mélancolie; alem. Me- lancholie; ital. melanconia). De acuerdo con su etimología, humor negro (véase temperamento). En el lenguaje común, tristeza sin motivo.»

Pero me parece suficiente como para comenzar un breve recuento sobre las obras que hablan al respecto de ello en caso de que alguien esté interesado.

Considerando la antigüedad, la melancolía es tomada como un exceso de bilis negra en el cuerpo. Esto es algo que no se aleja demasiado de la clase de interpretaciones que se hacen hoy en día. En términos generales, la melancolía se entiende como una especie de sinónimo de lo que hoy en día entendemos por “depresión”.

Aristóteles aborda directamente los problemas de la melancolía en sus Problemata , particularmente en el Problema XXX del que se han escrito tratados bastantante completos, entre los que destaca la obra Aristóteles: El hombre de genio y la melancolía.  También es ampliamente recomendable el artículo de Rubén Peretó: Aristóteles y la melancolía: En torno al Problemata XXX, 1.

La melancolía es un asunto directamente ligado a la condición heroica para Giordano Bruno. Es la clase de “movimiento” que ejerce un ser al ser poseído por el amor (en el caso de Bruno es el amor heroico por la verdad, por las formas). El nolano habla de la melancolía en su “Los heroicos furores” Muy cercano a Bruno está la Anatomía de la Melancolía de Burton, quien quiebra su camino a los asuntos médicos sin perder de vista los espirituales, haciendo de esta obra algo bastante sui generis.

Es a partir de Nietzsche y otros autores que le anteceden ― como Schopenhauer o Kierkegaard― cuando la melancolía comienza a tener un carácter mucho más protagónico en las discusiones filosóficas. De estos autores la bibliografía es basta. Atraviesa el grueso de su pensamiento y citar una obra por encima de otra conlleva a elaborar un artículo más complejo.

De manera simultánea cabría mencionar la obra de Sigmund Freud: El malestar en la cultura y La aflicción y melancolía para cerrar el ciclo de los autores del siglo XIX que abordaron el tema de manera original. Sólo valdría la pena mencionar la obra de Miguel de Unamuno: “Del sentimiento trágico de la vida” y el Ordo amoriis de Max Scheller, para completar un panorama, más o menos completo, de lo que ha significado el concepto de Melancolía en la filosofía.

[iii] Lo más cercano que puedo recurrir son los estudios de Roger Bartra sobre la Identidad del Mexicano, en donde usa al ajolote como una metáfora de la metamorfosis en el mexicano. Bartra, Roger (2006): La Jaula de la Melancolía. Grijalbo. México.

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