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En menos tiempo del que tardamos en cerrar ciclos de nuestra vida, pero más del que ha tardado el CONACYT en depositar nuestras becas, ya ha pasado un mes desde que entramos al posgrado en Antropología Social. Y aunque muchos dirán que es muy poco tiempo, creo que es momento de detenernos a reflexionar sobre qué es lo que ha llevado a un egresado de la licenciatura en filosofía a bajar de su caviladero para voltear al trabajo de campo etnográfico.

La antropología y la filosofía, por más que se ha buscado fundamentar epistémica y ontológicamente, carecen de un rigor en términos teóricos y prácticos. En más de una ocasión, lo que a la filosofía le sobra de teórica se compensa con lo que le falta de práctica; del mismo modo lo que a la antropología tiene de rigor teórico se compensa con el rigor práctico. En general, pareciera que ambos hacen malabares con los recursos que tienen a la mano. Este malabarismo es visto con oprobio por las disciplinas “científicas” ― mismas que no ven el día en el que los recursos utilizados en estas disciplinas se utilicen para algo más provechoso; en sus propios proyectos, por ejemplo.

Lo cierto es que, aquello que unos perciben como una infranqueable deficiencia metodológica, para otros puede ser un pensamiento sistemático, con una lógica interna perfectamente demarcada, pese a ser incompatible al pensamiento regular o “normal”. En ese sentido, como dice Mariza Peirano «Occidente se torna, entonces, una entre varias posibilidades de realización de la humanidad.» El antropólogo como el filósofo se reúnen en las universidades y observan la investigación de vanguardia como aquel autista que describe Oliver Sacks en su libro “Un antropólogo en Marte” (2006): Esforzándose por generar los mismos estándares de rendimiento académico que generan las demás disciplinas, con tal de aparentar una fachada que les haga pasar por uno más. En la universidad, tanto el uno como el otro observan e imitan, sintiéndose extraños ante el mundo de la innovación y el cambio tecnológico.

La antropología como la filosofía comparten similitudes. Ambas carecen de una disposición nomológica, pese a que difieran en mayor o menor medida en la disposición sistémica y generalizante. Todo pensamiento por necesidad es sistemático, pero comparar la larga tradición filosófica a la reciente sistematización de la antropología sería tan injusto como querer comparar el pensamiento kantiano con alguna de los opúsculos de Montaigne, Kierkegaard o San Agustín; los pensamientos de estos tres grandes ejemplos no tuvieron que fundamentarse necesariamente en un gran sistema crítico, lo que no disminuye la importancia de estos autores en el despliegue del pensamiento occidental. Del mismo modo la antropología no carece de mérito a la hora de ofrecer argumentos en pro o en contra de las tradiciones filosóficas occidentales.

Al decir de Peirano «si en la antropología la creatividad nace de la relación entre la investigación empírica y los fundamentos de la disciplina, entonces la investigación de campo surge como algo más que un mero ritual de iniciación en el cual el antropólogo prueba que “sufrió pero resistió”. La soledad, aunque buena compañera de los descubrimientos de la alteridad, no es el camino virtuoso y mágico que, por sí solo, produce buena antropología. Más allá del hecho de que la distancia necesaria para producir el extrañamiento pueda ser geográfica, de clase, de etnia u otra, ésta será siempre psíquica, los conceptos nativos requieren, necesariamente, la otra punta de la corriente, aquella que liga al antropólogo a los conceptos propios de la disciplina, esto es, a la tradición teórico-etnográfica acumulada.» (Peirano, 1991)

Siguiendo esta misma línea, tampoco existe un método que por sus características más generales pueda ser aplicado a sus diversos contextos. Ya quisiera ver cómo podría ofrecer el pensamiento cartesiano ―el más metódico de los pensamientos modernos― una apreciación estética de la pintura barroca en el contexto novohispano. Del mismo modo, sigue siendo injusto solicitar a la antropología alcanzar los fundamentos epistémicos que requiere establecer un principio absoluto para el despliegue del espíritu, como lo requería Hegel. La primera y más importante razón, es porque conseguirlo no está dentro de las prioridades de la antropología. Principios antropológicos los hay en todos los lugares en el que “lo cotidiano del humano se vuelva exótico y lo exótico cotidiano”. En otras palabras, no existe un método científico riguroso que sea de igual medida válido para la epistemología como para la ética, del mismo modo que no lo hay en la etnografía y la teoría antropológica.

Definir lo que actualmente entendemos por filosofía es tan complejo como definir lo que entendemos por antropología. Ambas disciplinas apelan a una determinada historia en constante tensión con el presente. Configurar una visión total de ambas disciplinas, por más somera que ésta pueda llegar a ser, implica la toma de posición respecto a lo que ha sido su campo de estudio tanto desde su fundación humanística como científica. Por ejemplo, si de método se tratase, los filósofos atribuyen a Dilthey la idea de conformar dos diversas metodologías, perfectamente delimitadas, para las ciencias naturales y las ciencias del espíritu. De ese modo, mientras que las primeras buscan explicar las segundas buscan comprender. Ese mismo despliegue dicotómico se puede apreciar en la antropología desde sus inicios.

El problema es que, del mismo modo que muy difícilmente podemos pensar en un investigador dedicado exclusivamente al pensamiento de Dilthey, también es difícil pensar en un investigador dedicado exclusivamente al pensamiento de Malinowski. La filosofía, ante todo, surge del asombro ―como bien lo dijo Aristóteles (Met. 983a, 10-15) ― pero no permanece mucho tiempo allí, pues su objetivo es indagar en las causas de aquello que le ha asombrado, interiorizándolo de manera reflexiva. Análogamente, en la antropología, el extrañamiento pasa a ser no sólo una vía por la cual se da la confrontación entre varias “teorías”, sino también un medio de autorreflexión que al mismo tiempo que explica, comprende mediante la elaboración de etnografías.

La elaboración de una etnografía, no sólo se reduce al trabajo de campo que describa las experiencias del antropólogo. Tampoco es un reporte autobiográfico de sus experiencias empíricas. Lo que dice Mariza Peirano sobre los “linajes antropológicos” también se podría decir de los “linajes filosóficos”: «Es sobre la tensión entre el presente teórico y la historia de la disciplina que la tradición de la antropología se transmite, resultando que, en el proceso de formación, cada principiante establece su propio linaje como inspiración, de acuerdo con las preferencias que son teóricas, pero también existenciales, políticas, a veces estéticas e incluso de personalidad.»

¿Qué puedo decir al respecto desde mi posición como licenciado en filosofía y recién iniciado en antropología, respecto a aquellos que comienzan a educarse en una u otra disciplina?

En primera instancia que les queda todo un futuro por delante. No se dejen embaucar por un gurú que intente moldear su pensamiento, no se dejen impresionar por hombres cuya única diferencia es que llevan más años estudiando un tema que ustedes. No se cierren a una única posibilidad de pensamiento y recorran su propio camino, sin duda alguna ello les ayudará a compensar lo que haga falta en su educación universitaria. Su experiencia depende más de lo que sean capaces de percibir, por haberlo vivido que por haberlo leído. Interioricen, reflexionen antes de discutir lo que ya existe. No existe una “ciencia normal” de la filosofía o la antropología, por más que sus maestros les quieran hacer creer al cerrarles las posibilidades de investigación a un autor o una corriente específica (eso pasa mucho en los colegios de corte cuantitativo).

No me gustaría prolongarme demasiado. Creo que con todo lo que he comentado es suficiente para aclarar un poco mis pensamientos a un mes de comenzado el posgrado. Esto ha sido todo un ejercicio de autoanálisis que no he querido dejar pasar. Saludos.

Bibliografía

Aristóteles (2006): Metafísica. Alianza, Madrid.

Peirano, M. (1991): Os antropólogos e suas linhagens [Los antropólogos y sus linajes] en Revista Brasileira de Ciências Sociais (16) 6: 43-50

Sacks, O. (2006): Un antropólogo en Marte. Siete relatos paradójicos. Anagrama, Barcelona.

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