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El concepto de cultura puede llegar a ser algo en extremo vago -como cuando se justifican actos vandálicos de artistas contemporáneos- pero al mismo tiempo algo excesivamente restrictivo -como cuando se cierra ese calificativo únicamente a lo producido por y para consumo de ciertas élites culturales.

Dependiendo de la acepción que el concepto adopte y desde qué trinchera se le defienda, tómese de donde se tome, el mismo concepto le exige al teórico cultural un esclarecimiento previo; pues plantear de antemano que la cultura en sentido etnográfico amplio, es aquel todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuento miembros de la sociedad [E. B. Tylor en su ensayo  Primitive Culture compendiando en: (Kahn 1975, 29)] es saltarse a destajo toda la historia y tradición que el mismo concepto arrastra desde la primera vez que fue dilucidado por sus estudiosos, pero también deja de lado lo que en las últimas décadas del siglo XX se ha teorizado.

Podríamos afirmar que el término, tal como lo concebimos hoy en día, dista mucho de ser lo que en sus tiempos Kant, Herder, Fichte, los hermanos von Schlegel e inclusive Hegel concibieron como el Espíritu del pueblo [Volkgeist] en el auge del romanticismo alemán.  Dichas concepciones de la cultura argumentaron a favor o en contra del creciente cosmopolitismo que planteaba el proyecto ilustrado. Hubo pues quienes argumentaban a favor de que la particularidad concreta debería ser mucho más valorada que la generalidad abstracta, construyéndose así lo grandes proyectos de estado-nación en el siglo XVIII.

Si entonces, por definición y siendo radicalmente ortodoxos al origen de su concepción, trazamos en la cultura un contorno único que englobe en un solo territorio, un solo tipo de población y un gobierno ¿No le estamos dando la espalda de antemano a la posibilidad de que, en ese mismo territorio, en una sola población, bajo un solo gobierno coexistan, no obstante, varios tipos de culturas? La experiencia nos dicta que, de hecho, dentro de nuestra vida cotidiana, convivimos con personas cuya educación, costumbres, técnicas e inclusive lenguaje y color de piel, dista mucho de haber procedido de un mismo origen, pese a su coexistencia en el mismo entorno físico.

Pero entonces la pregunta sería ¿Por qué razón parece que siempre será necesario partir de una definición general abstracta para después ver reproducida esta definición sobre las asociaciones colectivas que medianamente cumplan con esta definición? ¿No será más bien que reproducimos las expectativas de una teoría concreta en nuestro entorno? Después de todo ya Malinowski lo había dicho, no existen cosas tales como la descripción completamente desprovista de teoría (Malinowski 1981) refiriéndose en este caso a los estudios antropológicos de los que él mismo sería pionero.

Enunciar a la cultura como nuestro objeto de estudio nos compromete también a enunciar cuál teoría nos ha de respaldar para llegar a ella, pues tanto la una como la otra representarán las bases a partir de las cuales edificaremos nuestro propio pensamiento. (Alcalá y Gómez 2013). De allí su levedad, aquella condición tan volátil en la que nosotros experimentamos la cultura a través de sus múltiples discursos. Esto significa que concebir la cultura como tal depende de la fuerza gravitatoria provocada por las relaciones intertextuales. Pareciera que entre mayor diálogo y flujo conceptual más solidez cultural.

Bibliografía

Alcalá, R. & Gómez, M. [., 2013. Redefinición de los Estados. México: UNAM – FES Acatlán.

Kahn, J., 1975. El concepto de cultura: Textos fundamentales.. Barcelona: Anagrama.

Malinowski, B., 1981. Una teoría científica de la cultura. Barcelona: Edhasa.

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