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Cuando hablamos de alteridad, es importante considerar desde qué fuentes se parte para establecer un consenso mínimo de lo que este concepto tan relativo ha de significar. La alteridad se define como la condición o capacidad de ser otro o distinto, pero no se limita a ello. Todo depende del punto de vista que se aprecie, si es desde la perspectiva interna del uno mismo o de la posición externa.

Al ser individuos limitados, no podemos abandonar nuestra posición interna tan fácilmente, por lo que alcanzar la tan ambicionada alteridad supone un ejercicio imaginario que rompa la mónada subjetiva del YO, de la identidad individual. Pensar el otro, en ese sentido es imaginar lo que no soy Yo; pero que al mismo tiempo cuenta con categorías abstractas que puedo imaginar para suponer una probable conmensurabilidad. El salvaje, por ejemplo, por siglos fue aquel Otro abstracto de las sociedades occidentales civilizadas. Son la clase de criaturas imaginarias que recaba Miguel Rojas en su libro: América Imaginaria.

Siguiendo ese espíritu imaginario, en su obra más conocida el Leviatán o La materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil (1651), Thomas Hobbes (1588-1679) filósofo y estadista del renacimiento inglés, plantea un «Estado de naturaleza» en donde el más fuerte oprime al más débil, viviendo una guerra perpetua de todos contra todos. Esta guerra constante hace preciso generar una alianza duradera entre cada uno de los individuos, con el objetivo de evitar la mutua aniquilación. La primera alianza genera los vínculos suficientes para establecer una transición entre el Estado de naturaleza al Estado civil propiamente. Fuera del Estado civil…

«…cada hombre es enemigo de los demás, […] viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que quieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.» (Hobbes, 1980: 103)

Todavía en la actualidad, cierto sector de la población supone que las etnias indígenas viven en un estado de naturaleza tal que podrían compararse con el imaginario del primitivo occidental. Cuando Carlos Lenkersdorf se mostró interesado en aprender la lengua tojolabal sus conocidos intentaron convencerlo de que tal lengua no existía. Ellos consideraban que existía un pobre dialecto que consistía en no más de 300 palabras, careciendo de la capacidad de generar conceptos abstractos. (Lenkersdorf, 2002: 37-38).

A juicio del antropólogo Estaban Krotz, el fenómeno de discriminación y temor ante una muerte violenta, reflejado por el estado de naturaleza hobbesiano, se repite casi de manera idéntica durante el periodo colonial y poscolonial. Esta es la clase de temor por la alteridad. La única vía de relación con la alteridad es una relación de control sobre los subordinados, basada en el temor de ser derrocado o asesinado mientras se encuentra vulnerable. Esta clase de relación es insostenible a largo plazo.

Para Krotz «…sociedad es, ante todo, participar y apoyarse en universos simbólicos y redes comunicacionales que dan sentido a las experiencias sensoriales y que permiten sobre llevar los acontecimientos inexplicables, que ayudan a mitigar el dolor y soportar las rutinas fatigosas, que dan la posibilidad de disfrutar el recuerdo del pasado y de los muertos, de celebrar el amor, de embellecer los cuerpos y de adornar los utensilios, de proyectar un futuro mejor […]» (Krotz, 2003: 39)

Las etnias indígenas presentan de modo especial otras formas de vivir. Por un lado, la antropología busca dilucidar esta clase de alteridad indígena, evitando a toda costa que sus esfuerzos sean utilizados como métodos de control estatal, presentando alternativas ontológicas cercanas para establecer vínculos sociales efectivos entre cada uno de los individuos. Por otro lado, tampoco se trata de alejarse de la propia visión y adoptar decididamente la alteridad del mundo indígena. El objetivo de la antropología y la alteridad no es reducir una visión ontológica a otra, por el contrario, supone una activa promoción de la pluralidad de alternativas ontológicas. En ese sentido promueve una simultaneidad de posibilidades o multiversos.

No obstante, hay que reconocer que esta idea de la simultaneidad también está condicionada a una cierta historicidad. Benedict Anderson considera la llegada del periodismo y la novela como los dos grandes productos del capitalismo, uno de los principales pilares de la conformación de «comunidades imaginadas».[1]

«…la concepción misma del periódico implica la refracción, incluso de “sucesos mundiales”, en un mundo imaginado específico de lectores locales; y también cómo la importancia de esa comunidad imaginada es una idea de simultaneidad firme y sólida, a través del tiempo. La extensión inmensa del Imperio hispanoamericano, y el aislamiento de las partes que lo formaban, hacían difícil imaginar tal simultaneidad. Los criollos mexicanos podrían enterarse de los acontecimientos de Buenos Aires varios meses más tarde, pero los harían por medio de periódicos mexicanos, no del Río de la Plata; y tales hechos aparecían como “similares” a los sucesos de México, no como “parte” de ellos.» (Anderson, 1993: 98-99).

Ante todo, resulta crucial el cobrar consciencia de esta clase de historicidad, pero no condicionada a su situación cronológica, como una especie de sucesión de acontecimientos, sino en la que se hace posible convivir una pluralidad de multiversos de manera simultánea. Lo importante es diferenciar las malas intenciones de las buenas en el proceso de producción de conocimiento antropológico. La desigualdad en América Latina es un caso paradigmático.

 

Bibliografía

Anderson, B. (1993): Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. FCE, México.
Hobbes, T. (1980): Leviatán o La materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. FCE, México.
Krotz, E. (2003): El multiverso cultural como laboratorio de vida feliz, en revista Alteridades, enero-junio, año/vol. 13, número 025. UAM-Iztapalapa. Distrito Federal, pp.35-44.
Lenkersdorf, C. (2002): Filosofar en clave tojolabal. Porrúa, México.
[1] Benedict Anderson plantea como ejemplo imaginación nacional al Periquillo Sarniento debido a que ahí se observa un «héroe solitario a través de un contexto sociológico de una fijeza que funde el mundo interior de la novela con el mundo exterior» (Anderson, 1993: 53)
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