El texto que presento a continuación no es una reseña del evento sino un conjunto de notas que percibí durante el mismo.

La semana pasada, exactamente del 22 al 25 de agosto, se llevó a cabo el Congreso Internacional Aristóteles Hoy: A 2400 años de su nacimiento, en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM); organizado por la Facultad de Humanidades y la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UAEM, la Asociación Filosófica de México (AFM), el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y el Seminario de Retórica del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

El evento dio inicio con la inauguración del mismo en el auditorio Emiliano Zapata. Allí se hizo hincapié  en la firma de un convenio de colaboración entre la UAEM y la AFM, donde la UAEM hizo explícito su deseo por ser sede de algún próximo Congreso Internacional de Filosofía organizado por la AFM.unnamed-57bc67f5bc81a

Las siguientes mesas se desarrollaron en diversos auditorios y aulas, por lo que hubo simultáneamente hasta 4 mesas con diferentes temáticas. La estructura del programa fue básicamente el mismo para el resto de los días: conferencias magistrales al inicio de la jornada, en el auditorio Emiliano Zapata, y al terminar un descanso para dar paso luego a ponencias repartidas en auditorios, aulas y la sala de juicios orales; a excepción del martes donde todo el día hubo conferencias magistrales en el auditorio ya mencionado.

Durante la primer mesa me llevé la decepción de ver que uno de los ponentes hablaba, porque podía, sobre Aristóteles y el argumento antiescéptico de la objeción de Apraxía sin antes comprobar que fuera viable su argumento, pues, el mismo ejemplo desde el cual partía impedía la comparación entre quienes niegan el principio de no-contradicción, según Aristóteles, y los escépticos. Esta falta de atención a los detalles se hizo presente a lo largo del resto de las mesas, y de cierta forma ya había estado en la inauguración. De hecho, indagando sobre el ponente es plausible encontrar que durante el XVI Coloquio de Tesistas en Filosofía Antigua, realizado por el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM en agosto del 2015, presentó un trabajo titulado La respuesta de Cicerón a la objeción de apraxia; es decir, como si lo que imperara fuera el conocimiento previo y no una reflexión en torno a la lectura de alguno de los textos del estagirita.

El problema se atenuó más con el paso de las mesas. En ellas era posible escuchar trabajos sobresalientes que trataban en su mayoría sobre otros autores, como Heidegger, o en su caso sobre comentaristas de Aristóteles; fue común escuchar a los ponentes recurrir a comentaristas para aproximarse a un ejemplo dado en los textos del estagirita y no, hacer un intento desde ellos mismos. Sin duda, eran trabajos interesantes, con el inconveniente de no ser presentados en el lugar adecuado, es decir, quedaba la sensación de que no correspondían con el evento.

Aunado a esto, casi en cada mesa hubo al menos un ponente que llegaba con más de 10 cuartillas para ser leídas en 15 o 20 minutos, provocando o que la lectura fuera rápida o que se omitieran algunas partes del escrito o que se excediera el tiempo de participación, o aun, las tres posibilidades en la misma presentación.

Todo lo anterior puede ser reducido a detalles menores, no obstante, durante mi preparación profesional en la licenciatura en filosofía he aprendido cosas tan básicas como ceñirse a los lineamientos, porque preparar un trabajo -un escrito- no es solo decir todo cuanto sé sobre el tema sin importar cuánto tarde o desde donde parta o inclusive los medios usados. Alguna vez un querido Maestro, Ernesto de Icaza, se molestó con mis compañeros de curso porque estos vertían en sus ensayos todo aquello que sabían, es decir, si el ensayo era sobre determinado tema en la asignatura de retórica, ellos hablaban de tantos y cuantos autores pudieran sin reparar en si de hecho servían para los fines del escrito: esta vez casi pude escuchar a mi maestro repetir la crítica, pues ¿acaso no notaron los ponentes que no solo se servían de los comentaristas sino que centraban sus trabajos en ellos y no en el autor principal? Otro Maestro, Francisco García Olvera, antes encargado de impartir las asignaturas de Estética I y II en la FES Acatlán, solía decir que odiaba los eventos tales como los congresos porque siempre se trata de un grupo de personas hablando de lo que dijo otro grupo de personas y jamás de lo que ellos saben; el comentario del Maestro García Olvera resume casi a la perfección la experiencia del evento; y digo “casi” porque sí hubieron algunos trabajos que presentaron sus reflexiones a partir de una lectura de los textos del estagirita. Para atenuar aún más mi disgusto, diré que en su mayoría los ponentes son doctores, o se encuentran cursando el doctorado, y quienes no, cuentan con el grado de maestro; quedando apenas no más de 5 ponentes en trámites de obtener la licenciatura. Entonces ¿qué sucede con el profesionista que ha obtenido el grado y no repara en los detalles?

En este momento me detendré a contar lo sucedido en la mesa donde me presenté, pues aconteció algo sumamente bochornoso. El Maestro Armando Isaac Quezada Medina, de la Universidad de Guanajuato, fue el último ponente en hablar, después de que lo hiciera yo, en la mesa temática 2, sobre Metafísica y Ontología. Sentado, con su tablet frente a él, comenzó su participación pidiendo una disculpa pues había olvidado su ponencia; sin embargo, corría con la fortuna de que el tema a exponer coincidía con su tema de tesis de doctorado, por lo que no había impedimento para charlar al respecto. Aquí cabe preguntar, ¿qué tan creíble es pensar que en pleno 2016 “se me olvidó la tarea” es un pretexto viable para alguien que estudia doctorado? ¿Recuerdan aquel dicho de maestra de primaria que dice “vas  la guerra sin fusil“? ewfjViajar desde cualquier parte ajena a la UAEM para presentar un escrito y olvidar el escrito suena absurdo pero posible. No obstante, siempre es viable anticipar cualquier circunstancia así y pudo haberlo guardado en la tablet que llevaba entre las manos, mandarlo a su correo, llamar para que alguien pudiera acceder a su escrito y mandárselo, en fin, soluciones en el año 2016 hay muchas. De tal forma que me queda pensar en dos cosas: o es muy distraído como para no tener una copia del archivo en la tablet que sí llevó o no preparó nada y solo habló de aquello que ya sabía, mintiendo y asumiéndonos tan crédulos para caer. Sumado a esto, el Maestro Quezada Medina, se limitó a mencionar textos y autores sin involucrarse con el tema, al grado que durante la sesión de preguntas, el ponente Jorge Enrique Pulido Blanco (proveniente de la Universidad de San Buenaventura, Colombia), le comentara que su participación estaba sobresaturada de datos y le preguntara su opinión al respecto del tema que presentaba: la respuesta del Maestro Quezada Medina fue citar más textos y mencionar más autores. En general, ese fue el evento.

Desde luego faltan cosas como la muy mala forma de leer de varios ponentes; la poca consideración que tuvieron con el auditorio, que siempre fue en un 90% de alumnos de derecho que entraban y salía aburridos pero obligados a cumplir con su presencia; lo displicente que fue el investigador Luis César Santiesteban con el Doctor Mauricio Beuchot, quien tuvo que repetirle en varias ocasiones que el tiempo para su participación había terminado; que la última mesa antes de la clausura fuera iniciada con casi 20 minutos de retraso y con un moderador improvisado porque el rector Alejandro Vera Jiménez, moderador de esa mesa, no llegara a tiempo; entre otros detalles más. Lo que me interesa decir con todo esto es: ¿dónde queda la atención a los detalles si no es en la formación profesional?

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