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«Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre».

Discurso sobre la dignidad del hombre, G. Pico della Mirandola

 

La antropología es la ciencia del hombre. La teoría antropológica ha sido desde sus inicios un saber fundamental para las ciencias y las humanidades. Fundamental en el sentido de que les sirve de fundamento o base, sobre la cual se apoyan muchas otras ciencias. No obstante, uno de los principales problemas de la antropología es el de distinguirse de las otras clases de ciencias que estudian al hombre y su haber, como pueden ser la sociología, la economía, la política o la psicología. ¿Qué es lo que hace de la antropología la legítima y universal “ciencia del hombre”? En primera instancia hay que reivindicar a la antropología desde su campo de estudio ―la cultura― ya que será la misma cultura la que nos dará la llave de acceso al saber antropológico.

La cultura ha sido desde sus inicios una definición difícil de asir.  En más de una ocasión, todos prefieren partir de una definición arbitraria para después analizarla dependiendo de sus alcances descriptivos, simbólicos, estructurales, materiales, etc. En ese sentido, todo depende de la clase de teoría antropológica que se busque reivindicar. Cualquiera que se tome, parte de sus respectivos supuestos básicos ―mismos que se irán pormenorizando en conformidad a lo que se quiera vislumbrar dentro del campo de trabajo. No existe una definición más legítima que otra, cada una aporta un aspecto fundamental. Si me es posible comparar, es como un círculo, es indiferente desde dónde comiences a trazar su perímetro.

Un error común ―cometido en su mayoría de veces por muchos de nosotros, los legos, que vamos comenzando a estudiar esta apasionante disciplina― es creer que la secuencia de teorías, surgidas durante la consolidación de la antropología como ciencia, suple, o en todo caso “supera” a la teoría anterior. Nada más lejos de la realidad, pues tanto una teoría como la otra ―e inclusive una tercera o cuarta― conviven hasta cierto punto, compitiendo una con la otra en un mismo y simultáneo entorno cultural. En ese sentido, secuencia y simultaneidad son dos de las características que definen a la ciencia antropológica, independientemente de la pluralidad teórica que consolide la identidad de su modo de ser y estructurar al mundo. Por decirlo de otro modo, no es posible hablar de una única “teoría” sino una pluralidad de teorías que conforman un mismo saber abstracto: el saber antropológico.

Lo mismo sucede con el término cultura. Resultaría poco más que ingenuo el hablar de ella en un sentido unitario, si no es mediante la abstracción de la pluralidad que le condiciona. La única manera de hablar de una “ciencia antropológica unitaria” es a través de lo que la misma ciencia antropológica no es. Es decir, hablar de antropología como un todo bien definido, sólo es posible mediante su comparación inmediata a las otras disciplinas que estudian al hombre. Análogamente, hablar de “cultura” como un “todo” sólo es posible por contraste a lo que la misma cultura no es, es decir: la naturaleza, lo natural.

La categoría de naturaleza es indisociable a la categoría de cultura. Esta oposición le da existencia a la misma antropología como ciencia del hombre. La antropología pregunta por la naturaleza del hombre, aun sabiendo que ello implica tácitamente una paradoja: ¿Cómo es posible describir la naturaleza humana a partir de lo que ha dejado de ser estrictamente “natural”, es decir la “cultura”? ¿Cómo explica el paso de la naturaleza a la cultura? A través de dos vías: el carácter de secuencia y el carácter de simultaneidad.

Existe un estado de naturaleza en donde el comportamiento del hombre no difiere al de cualquier ser vivo, ese estado se deja atrás para pasar a un estado social o civilizado. Desde esta postura, la labor antropológica consiste en explicar el papel de la cultura en la transición del estado de naturaleza al estado social o civilizado, pero no de vuelta. Por otro lado, podemos afirmar que tanto el uno como el otro, conviven simultáneamente en el comportamiento del hombre; considerando la posibilidad de un Estado naturaleza retroactivo, en el que no pueda distinguirse de otros seres vivos. En ese sentido los actos de violencia y barbarie comparten un mismo sitio junto a los actos de bondad y civismo. Una visión se contrapone a la otra, aunque paradójicamente, ambas conviven en una misma especie: la especie humana.

Bibliografía:

Pico della Mirandola, G. (2003): Discurso sobre la dignidad del hombre. UNAM, México.

Levi Strauss, C. L. (1985): “Naturaleza y Cultura” en Las estructuras elementales del parentesco. Paidós, Barcelona.

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