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Por siglos los paradigmas que han regido a la antropología ―desde sus vacuos comienzos hasta la delimitación de su territorio de estudio, al diferenciarse de otras ciencias sociales como la sociología, la economía, la arqueología, la historia o la lingüística― oscilan entre aquellas corrientes que buscan brindarle alcances universales o relativos al contexto del cual se deriva su objeto de estudio. El núcleo de estas posturas, se centra en la clase de variables encontradas en la multiplicidad de aspectos del concepto cultura, en contraposición al de natura.

Y es que cuando hablamos de cultura ―así, en singular― sólo es por su oposición radical a aquello que se ha llegado a considerar como su contrario: el concepto de naturaleza. Todo aquel que le concibe, puede constatar que el mismo concepto se multiplica, definiendo con el mismo término manifestaciones contrarias en sus características, pero similares en su organización. En ese sentido ¿Cómo explica la antropología la proliferación de esta diversidad cultural? Y sobre ello ¿Cómo explicar la clase de constantes encontradas en culturas separadas geográficamente? ¿O que en diversas etapas de la historia se encuentre cierta clase de patrones comunes?

Lo cierto es que esta clase de constantes culturales, abordadas por la antropología, difieren en gran medida de las constantes empíricas ―de las que se ocupan las ciencias nomotéticas como la biología o la física. Las ciencias empíricas, cuyo objeto de ser constituye la delimitación y organización de las relaciones causales entre la diversidad de fenómenos físicos y el entendimiento humano, fundan su conocimiento en una pormenorizada estructura metódica. Es por ello que la antropología, buscó homologar la clase de métodos empleados por las ciencias empíricas sobre su objeto de estudio, esperando que los resultados fueran análogos. Su objetivo fue el de establecer leyes que expresaran la relación contante y necesaria entre dos o más elementos. Esta clase de ciencia antropológica busca reducir la contingencia cultural a su más mínima expresión.

El principal problema de las ciencias humanas, como la antropología, se encuentra en la clase de agentes que estudia. Mientras que las ciencias empíricas, buscan contantes en agentes impersonales, representados por constantes abstractas de fuerza, volumen o masa, las ciencias antropológicas se definen por su personalidad. Es por ello que, para reducir la variación de la diversidad, la antropología limita la clase de relaciones sociales no mediante la injerencia de un objeto sobre otro, sino mediante estructuras.

La estructura es un recurso válido, que elabora un conjunto de posibilidades lógicas como las relaciones de parentesco. De ese modo se pueden establecer paralelos constantes en sociedades alejadas en el tiempo y el espacio. El principio de unidad estructural se basa en la posibilidad de relacionar instituciones en apariencia similares, aunque empíricamente disímiles. No obstante, la unidad estructural tiene sus propias limitaciones, pues al formalizar las relaciones sociales ésta se ven desprovista de contenido. Es entonces cuando se habla sobre significados, la clase características locales que reproducen las identidades de los pueblos. Allí es donde localizaremos a la antropología hoy en día, entre la necesidad de una unidad estructural de carácter universal ―representado por el estructuralismo de Levi-Strauss― y la contingencia de los significados locales ―representado por el culturalismo de Franz Boas y el simbolismo de Clifford Geertz.

 

 

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