Etiquetas

, , , , , , , , , ,

He decidido escribir esto por puro gusto, así espontáneamente y sin rigor. Después de un mes de casi no escribir nada creo que comienzo a oxidarme. Es por ello que en la primera ocasión que tuve para dejar de lado los trámites que me solicitan en la maestría (entre otras cosas que poco o nada tienen que ver con mi futuro profesional pero sí con mi futuro personal), he querido hablar sobre ello.

Hablar de las cosas que le pasa a uno y publicarlo en una especie de bitácora pública es de los pocos privilegios que puede tener internet hoy en día. Quizá en un tiempo estaré volteando hacia estas palabras preguntándome ¿En serio? ¿Era eso lo que creía en ese entonces? Lo mejor es cerciorarse y dejar registro de ello por que eventualmente uno termina por creer que las cosas que se creen en el presente son las cosas que siempre estuvieron presentes; nada más lejos de la realidad, uno cambia su opinión conforme adquiere nuevas experiencias.

He pensado titular este escrito como “Sobre el derecho de cambiar de opinión” pero creo que sonaría demasiado pretencioso, la verdad es que sólo quisiera divagar y dejar hablar mi mente (en el sentido de “speak my mind”). Nadie tendría por qué reprocharme ello. Uno sólo deja hablar su mente de vez en cuando, pero pocos pueden tener el privilegio de escribirlo y dejar constancia de ello. Aprovecharé ese privilegio y escribiré algunas palabras al respecto. Una vez vi en un letrero: «La próxima vez que temas compartir tus ideas, recuerda lo que alguien habrá dicho en una reunión: ‘hay que hacer una película sobre un tornado repleto de tiburones’» Es una máxima que debemos recordar, el conocimiento es para compartir, no queremos ser responsables de otro Sharknado.

Les platico que hoy en día estoy en medio de una lectura apasionante: Las memorias de Philip ZImbardo al respecto del Experimento de la cárcel de Stanford. A los que no les suena nada deberían ver la película alemana Das Experiment, dirigida por Oliver Hirschbiegel (2001).

La película se basa en una adaptación libre de la novela de Mario Giordano  “Black Box” que trata sobre un Experimento psicológico, en donde varios sujetos de pruebas se ofrecen como voluntarios en un set carcelario en donde simulan ser guardias o prisioneros, desencadenando una serie de vejaciones y enfrentamientos propios de situaciones similares en la vida real (Como en efecto lo fue durante el juicio que se le dio a los guardias de la infame cárcel de Abu Ghraib).

El libro que estoy leyendo se titula: El efecto lucifer, el porqué de la maldad. El tema no me es ajeno, ustedes lo saben muy bien. Ya he hablado en ocasiones anteriores al respecto del Concepto de pecado, el fanatismo y la humillación, la banalidad del mal, y el mal en sí mismo.

Durante mi lectura, los fenómenos de la intertextualidad, como la llamó el crítico literario Mijaíl Bajtín, me llevaron de vuelta al Señor de las moscas de William Golding. La cuestión es que Zimbardo menciona a Golding como el origen crucial de su experimento «Basándome en el concepto de las máscaras que liberan los impulsos agresivos en El señor de las moscas, había realizado unos estudios donde demostraba que los participantes que actuaban en el anonimato ―técnicamente, que habían sido «desindividualizados»― infligían dolor a otras personas con más facilidad que los que no actuaban al amparo del mismo»[i].

He llegado a considerar lo mismo, especialmente de reflexionar al respecto del caso Eichmann, expuesto por Hannah Arendt. Lo nuevo para mí es la variable de las máscaras, un tema apasionante y que pronto estaré estudiando desde la perspectiva de Goffman. Lo que pienso es que, de cierto modo, la máscara desindividualiza si el sujeto en cuestión se encuentra conformado bajo los lineamientos del sujeto aislado occidental; no obstante, si el sujeto se encuentra inscrito en un contexto comunitario, la desindividualización de la máscara no cobra un carácter negativo sino todo lo contrario.

2016-08-08 17.15.50

Mignolo en la ENAH

Más allá del problema que he llegado a considerar, se encuentra la instrumentalización de esta clase de fenómenos que buscan disolver al individuo. Cada aspecto de lo individual y lo comunal tiene sus altas y sus bajas, sus pros y sus contras, no obstante, diré que la máscara se ha vuelto algo enigmático, susceptible de ser abordado desde una perspectiva tanto transdisciplinaria como decolonial. Pues como lo escuche de labios de Walter Mignolo, en un elocuente juego de palabras en inglés «Colonialism isn’t over, colonialism is all over». Para ofrecer una perspectiva transdisciplinaria, primero hay que disciplinarse, pero para ofrecer una perspectiva decolonial lo que hay que hacer es desobedecer a la disciplina: indisciplinarse.

Suena interesante como para haber surgido de un primer día de colegio ¿Cierto? Aquí es donde preferiría dejar hablar a Throudeau que a Mignolo. Pero lo haré en otra ocasión.

13934994_1079322415491381_3004338548621091396_n

Foto: Chakapress

Coletilla:

Durante mi primer día de clases en la Maestría en Antropología Social he comprendido varias cosas. Primero que debería ser un poco menos rígido en el formato en el que presento mis reflexiones y segundo que no hace falta mucho para demostrar que los roles de poder se encuentran esparcidos en todos lados de la estructura social (sea esta académica o política) y se manifiestan muy claramente mediante el anonimato.

Por ejemplo, mientras iba por los pasillos del colegio encontré un anuncio que hablaba sobre un tal Mario Mancilla, quien «fingiendo ser ayudante del profesor César Huerta Ríos lo difama ante su grupo, diciendo que lo que enseña Huerta no vale la pena, siendo la suya (sic) la verdadera antropología (super sic).»

Es curioso pensar que, dentro de una de las disciplinas más abiertas, puedan existir personas que clamen profesar una “verdadera” disciplina. Pero siguiendo con el folleto, denuncia esa clase de actos como “actividad porril” y exige su esclarecimiento, sancionando al “ayudante”. El folleto es firmado por algunos “Estudiantes de Antropología Social” y como yo me encuentro en la maestría de la misma, pese a estar en dos oficinas diferentes, todavía me considero como tal; por lo que creo tener derecho a opinar al respecto.

En serio no puedo creer que alguien que busque manifestar su descontento tenga que recurrir a esta clase de manifiestos anónimos, el primer día de clases. En serio, no ha pasado ni un día y en la ENAH ya se están manifestando en contra de los docentes. Por un lado, eso es muestra de que existe una disposición al diálogo, pero por otro lado creo que se están generando las condiciones de polémica y discordia tan poco deseables para los que recién se encuentran conformando su criterio en el aula.

Es algo deleznable que alguien hable mal de su colega, yo lo he vivido, la experiencia no me es extraña. Pero ello no amerita establecer un afluente de reclamos que se embrollen en un posterior problema. Pensadores “verdadosos” han existido en todos lados y en todos los tiempos, quien reclame la “verdad” para sí mismo está cometiendo un acto risible para quien comprende lo que el concepto implica. Calmen las aguas gente y cámbiense de clase. Existen mejores maneras de influir en los procesos académicos y la denuncia anónima no es la mejor de ellas. Aquí el Folleto del que les hablé, por si le quieren echar un ojo.

 

[i] Zimbardo, 2008:50

Anuncios