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Si pensamos en las ilustraciones BDSM, sean estas homoeróticas o no, debemos traer a colación la relación de poder. Después de todo, la sumisión y la dominación representan una simpática alegoría de la clase de poder que ejerce el Estado como un monopolio legítimo de la violencia, en palabras de Max Weber.  Siguiendo esta línea, toda relación de poder implica una posición asimétrica entre el dominante y el dominado. La sumisión es, de antemano, una relación consensuada (léase legítima), entre el sumiso y el dominante. Como quien dice “El valiente vive mientras el cobarde quiere”.

Muchos dirán que las relaciones BDSM son más bien una cuestión performática, es decir, se pretende  simular una relación de dominio absoluto; es eficaz mientras la simulación corre, pero todo es una fantasía. Pero podemos entenderlo también en el macrocosmos del Estado, porque si lo piensan en retrospectiva, el Estado también es un invento político de sumisión y dominio. La eficacia del poder consiste en su permanencia dentro de los terrenos de la fantasía. De allí la importancia que le dan los medios al ejercicio desmedido de la violencia por parte de los cárteles dela droga; porque en el fondo todos sabemos que Estado y cárteles son lo mismo.

El papel de los medios es el de esparcir el miedo, para que a su vez este miedo reditúe en mayor control, vendiéndonos la ilusión de la ausencia de control; lo que le legitima su exclusividad. En otras palabras, somos sometidos a la idea de que somos libres, para ello es la clase de disciplina impartida en los colegios de primaria. «…el poder disciplinario es un poder discreto, repartido; es un poder que funciona en red y cuya visibilidad sólo radica en la docilidad y la sumisión de aquellos sobre quienes se ejerce en silencio.» algo así como el Panóptico de Jeremy Bentham.

El Panóptico consiste en una estructura carcelaria que supone un vigía, capaz de apreciar desde cualquier perspectiva las celdas de todos los prisioneros sin que ellos puedan saber que están siendo observados. Su objetivo es el de inducir en el prisionero un estado de permanente vigilancia, sin la necesidad de que el poder se ejerza sobre él. Según Foucault, esta clase de técnica se ejerce dentro de las escuelas, las fábricas, los hospitales y cuarteles. La disciplina es parte fundamental de este siniestro performance, comenzando con la administración del tiempo. Para comprender la clase de influencia que tiene el dominante sobre la administración del tiempo hay que leer a Cortázar:

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj […] Te regalan – no lo saben, lo terrible es que no lo saben- , te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa […] Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, […] No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (J.Cortázar, Historias de cronopios y de famas)

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