Etiquetas

, , , , ,

Quedé divagando al respecto de la libertad el otro día. El común de la gente piensa que libertad consiste en poder hacer de su vida un papalote sin ser influenciados por opiniones externas a su propio criterio. Por supuesto el común de la gente se equivoca. De algún modo nuestro entorno nos condiciona a escuchar éste o aquél género musical, comer éste o aquél platillo, elegir ésta o aquella licenciatura, muchos estarán conformes con esta idea de libertad; pero siempre habrá quien, como Unamuno, diga: “Dime de lo que se trata para oponerme”.

Dicen que la libertad, en los regímenes neoliberales consiste en poder elegir entre ciento cincuenta diferentes presentaciones de chocolate y dos partidos políticos. Entiendan que ese asunto no se presenta ante nosotros de manera sencilla y evidente, hay que ceder un tanto para poder ganar otro poco. Esto es un asunto más bien dialéctico. Quien fuera Carlos III de España, quien por “razones que guardaba en su Real pecho”, terminó por expulsar de un plumazo a todos los jesuitas diseminados en territorio hispano (lo que incluía sus colonias).

Para poder comprender el profundo impacto que esto tuvo en la nueva España, hay que asumir una actitud receptiva. A según de Alvear Acevedo, en su obra: La iglesia en la historia de México «El papel de los jesuitas fue básico en el recio impulso dado a la educación (…) La educación media (…) coadyuvó a que la educación superior y universitaria pudiesen prosperar, como prosperaron sin lugar a duda, a medida que salían los egresados de los planteles de la compañía»

Sobre sus hombros recayó la importante misión de educar a la alta aristocracia colonial. La expulsión representó el desarraigo de importantes intelectuales, tutores y docentes de los mejores colegios de educación superior. Algo así como si de buenas a primeras, la clase dirigente actual tuviera el privilegio de expulsar a todos los docentes de la UNAM o del IPN sin otro argumento que “Real ánimo”. Y cuando digo a todos, me refiero a todos, desde los de las vocacionales o preparatorias, hasta los posgrados e institutos especializados. La expulsión de los jesuitas significó un duro golpe al ambiente cultural de la nueva España, uno de la que no se pudo levantar en mucho tiempo.

¿Pero qué se le metió en la cabeza a Carlos III como para hacer esta desfachatez? Esa trillada frase que repiten en los eventos académicos como un mantra “Los que no conocen su historia están condenados a repetirla…” sólo se ve completada por su reflejo, casi retruécano, de “…y los que sí la conocen están condenados a ver cómo se repite, por culpa de los que no la conocen”. Pues bien, pregunto, ¿Qué podemos hacer los que no somos tan libres de expulsar de nuestras vidas a quienes nos incomodan? ¿Estamos condenados, como el Sísifo de Camus, a rodar la roca cuesta arriba una y otra vez sólo para verla caer de nueva cuenta? ¿Cómo podemos escapar de este determinismo?

Carlos III representó una excepción a esa regla tan trillada, sin duda alguna es un digno representante del despotismo ilustrado borbón; el mismo que todavía conserva corona hasta nuestros días. El problema con los jesuitas fue que siempre fueron desobedientes a la voluntad del monarca. Después de todo, fueron los mismos hispanos quienes arguyeron el pase foral, es decir, aquella facultad del Reino de Navarra, las provincias vascas y al parecer también de las colonias para no cumplir las órdenes emanadas de la Monarquía española, declarándolas nulas si atentaban contra su legislación propia. Es así que, cuando llegaba una orden monárquica, el virrey en turno escribía la frase: “Acátese, pero que no se cumpla”. La desobediencia nunca ha sido un motivo ante el cuál un estado tiemble. ¿O sí?

Anuncios