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Una de las pruebas más contundentes respecto a que nuestra divagación se ha ido demasiado a la deriva es la confirmación de la verdadera Ley de Godwin. Esta ley dicta «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno», es decir entre más se prolongue un discurso en internet es más probable que Hitler salga a colación. Esto sucede las más de las veces que uno quisiera. Pero pasémoslo por alto, al menos ahora.

Adolf Eichman era un tipo normal. Pocos de nosotros podemos contar con un certificado de “normaliad”, extendido por psiquiatras profesionales. Él contaba con ese certificado. (Arendt, 1963:46).

Eichmann fue un servidor público. Nunca fue del todo brillante, ni anhelaba serlo, tampoco fue experto en conocer otros horizontes. Durante toda su vida hablaba a través de clichés, el único lenguaje que le valió para alcanzar un alto rango en la cadena de mando fue el «Amstssprache», el lenguaje burocrático. (1963:78) Según él, siempre vivió en consonancia con los preceptos morales de Immanuel Kant (1963:199), suponiendo que por precepto moral se refiere al imperativo categórico: «Actúa siempre de modo tal que tu máxima se vuelva una ley universal». Militó entre la aristocracia nacional socialista alemana, pero ¡Vamos! Ni siquiera pudo convencer a Hannah Arendt de ser genuinamente antisemita.

Aun así, y a pesar de haber aplicado la mayoría de los recursos legales a su alcance, fue declarado culpable al “demostrarse” su responsabilidad directa en la llamada “Solución final”; la que llevó a cabo el exterminio sistemático de cinco millones de judíos (la cifra oficial es más alta, pero esa es la cifra que recoge Arendt en su libro). Eichman nunca levantó la mano en contra de judío alguno, nunca se le conocieron antecedentes de ser despiadado o déspota con sus subordinados, ni visitó algún campo de concentración en su vida; su delito consistió en organizar una la logística eficaz para que el régimen cumpliera con las deportaciones masivas de judíos, disidentes políticos, comunistas, testigos de Jehová, gitanos, etc. hacia los campos de concentración.

Su trabajo consistía en llenar los vagones del tren y transportarlos de un lugar a otro. Una vez que los trenes eran vaciados de pasajeros su labor terminaba allí. Aun así, su destino estuvo ligado al de grandes genocidas, residentes en Auschwitz-Birkenau, Dachau, Buchenwald, etc.

Eichman fue condenado a morir en la horca por crímenes contra la Humanidad. Sus últimas palabras fueron: «Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los voy a olvidar. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo.» En palabras de Hannah Arendt:

«Fue como si en aquellos últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes» (1963:368).

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