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Pero qué es lo que conceptualmente podemos comprender por “maldad”?  A esta pregunta el escritor alemán Rüdiger Safranski: El mal no es ningún concepto; es más bien un nombre para lo amenazador, algo que sale al paso de la conciencia libre y que ella puede realizar. Le sale al paso en la naturaleza, allí donde ésta se cierra a la exigencia de sentido, en el caos, en la contingencia, en la entropía, en el devorar y ser devorado, en el vacío exterior, en el espacio cósmico, al igual que en la propia mismidad, en el agujero negro de la existencia.

Pareciera que la posibilidad del mal se encuentra inevitablemente ligada a la posibilidad del libre arbitrio. No era necesario establecer una vinculación entre el demonio cuando lo que él representa es guardado en el fondo de nosotros, aunque si lo pensamos bien, su propia existencia establece las bases de la discrepancia, el no consenso, el descontento del absoluto o la discordia entre los próceres.

Lo cierto es que existe algo muy confuso respecto a la libre decisión. Pensemos que al momento de elegir entre comer o no del árbol de la ciencia y el conocimiento del “bien y el mal”, ya nos encontramos encaminados hacia él, no por influencia demoniaca, sino por Dios mismo. Adán tiene opciones, mismas que decide transgredir por voluntad propia.

Para autores como Arthur Schopenhauer la voluntad es el principio fundamental de la vida. Como voluntad, el ser está más allá del bien y del mal, es lo que es, pero desde la significatividad moral es malo: el todo (Dios) es terrible e insalvable.

La Ley, como se le conoce a la palabra de Dios en las escrituras, posee una contradicción pragmática; pues la propia Ley no es conocida sin la propia transgresión de ella. Es por ello que el acto de hacer el mal, equivocarse, fallar, representa al género humano en su integridad; a su vez que le acerca a la concupiscencia y la imperfección demoniaca. La libertad en el género humano es la oportunidad de elegir, no una garantía de éxito: «Su vida puede fracasar y fracasar por libertad. El precio de la libertad humana es precisamente esta posibilidad de fracaso» de allí su imperfección.

Recapitulemos este precipitado tránsito que hemos elaborado aquí. El mito abrahamánico del génesis establece una crucial separación entre el estado natural de los animales y el género humano, al encaminarlo hacia el reconocimiento de la “prohibición”, lo que ya representa una primera ruptura. Acto seguido, existe una segunda ruptura, esta vez con la voluntad espiritual, al cobrar consciencia de su “falta”. Ambas rupturas, la natural y la espiritual, condicionan al género humano hacia la imperfección de su propia naturaleza.

Para san Agustín, “El hombre todavía tiene que llegar a ser lo que es”; una premisa paralela a Nietzsche cuando dice: el hombre es ese “animal no fijado”. La única forma de superar esta imperfección es uniéndose voluntariamente de vuelta a aquella “voluntad universal”. No obstante, el hombre abandona deliberadamente la unión espiritual con Dios al alejarse de Él. Esto es el Mal para el aquinate, un alejamiento paulatino de la voluntad divina universal, la particularización de las voluntades privadas.

Una vez desamparado del estado de naturaleza y expulsado lejos del seno de su creador (condenado al perpetuo silencio divino), al hombre sólo le queda la organización del Estado como único medio de salvación. El estado se vuelve absoluto, totalitario. Es aquí donde surge un nuevo género de maldad, no encarnado por el príncipe de los infiernos sino por el mismo hombre. Un hombre cualquiera, un funcionario, un burócrata, un ciudadano, pero con fatales decisiones en su haber. Su nombre: Adolf Eichmann.

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