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Durante una clase de italiano, el profesor no dijo una vez: Yo no comprendo esa costumbre de los mexicanos de tardarse horas tomándose una taza de café. En Italia, si vas a un café acompañado, simplemente gritas: -he! Due espressi!” y te lo bebes, que para eso son las tazas tan pequeñas-

En México tomamos el café de esa manera debido a que es un asunto más social que estrictamente alimenticio. Tomar café es un proceso casi ritual. No al mismo nivel en el que podemos dilatar el tiempo, preparando nuestro pozole; yo creo que es un asunto menos complejo, pero casi a la altura. Inclusive si el café es soluble, existen diferentes formas de tomarlo; aunque supongo que esto no se limita a la distinción sociológica de los mexicanos, a la que se refería mi maestro de italiano.

El café más usual, el que pueden encontrar en la fonda más miserable de la ciudad, es el soluble. Y para gustos, géneros. Los hay quien lo beben con o sin azúcar; también quien prefiere verter el agua y luego los polvos, o primero los polvos y luego el agua. A mi gusto, prefiero preparar moler mi propio grano y filtrarlo en mi cafetera estilo italiana, también conocida como moka o greca. A mi juicio no existe una mejor forma para prepararlo; aunque como dije: para gustos, géneros. Especialmente en la manera de prepararlo.

Pero más que prepararlo, mi mente ha divagado más en la manera de beberlo. Esa manera tan ritual que tenemos para beber café y asumir que cuando alguien te dice: -vamos a tomarnos un café- debemos asumir que tiene algo muy importante que platicar o hace mucho que no lo hace. La plática y el café se llevan bien juntos, por más que le cueste comprenderlo al italiano aquel.

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