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Etiopía es el único país de África cristiana que nunca se islamizó del todo. De hecho, la conversión de Iyasu V, legítimo heredero del trono etíope, al islam fue considerado como un acto de traición entre el cristianismo ortodoxo quien se inclinó por Selassie. Tiempo después, una vez en el trono, la influencia de Selassie retribuiría al cristianismo ortodoxo a cobrar su autocefalia (es decir que tuviera su propio patriarca, autónomo, e independiente de la anterior iglesia ortodoxa copta, con quienes aún hoy en día tienen fuertes disputas). 

La tradición etíope se considera descendiente del rey Salomón y Makeda, la reina de Sabá, quien engendró a Menelik, rey de Axum, de quien desciende Haile Salassie, de hecho, la dinastía etíope le otorga el lugar número 225 en una lista ininterrumpida de reyes o Negus.

Un hábito bastante común en los historiadores del continente africano contemporáneo es el de comenzar en todos lados menos en África. Pareciera que la historia de África comenzara en Europa y en más de una ocasión así es; más específicamente en la Europa, a la que autores como Eric Hobsbawn se refieren como “La era de los imperios (1875-1914)”. Occidente busca establecer su dominio en tierras lejanas a través de un sistema colonial, que le hace cobrar un gran interés por las culturas foráneas y los recursos  de los que disponen.

Como muchos historiadores sabrán, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 se celebró en Berlín, Alemania, una serie de conferencias que buscaron repartirse el continente africano entre los países llamados “civilizados”. Era común que aquellos países mandasen representantes oficiales para intercambiar todo tipo de baratijas a cambio concesiones sobre las tierras africanas. Esos intercambios eran plasmados en documentos que legalizaban la colonización.

EL tratado que buscó formalizar la colonización tiene nombre, fue conocido como Tratado de Wuchale (en italiano, Uccialli). El tratado de Wuchale fue un tratado firmado entre el Reino de Italia y el Reino de Etiopía el 2 de mayo de 1889 en el campamento del rey Menelik II de Shewa.

Se firmaron dos versiones del tratado, una en italiano y la otra en amárico, las lenguas oficiales de los países involucrados. Ambas versiones diferían en la redacción del artículo 17, en la versión italiana se establecía que Etiopía estaba obligada a tratar todos sus asuntos de política exterior y relaciones con otras naciones extranjeras por medio de las autoridades italianas, transformando así al reino etíope en un protectorado italiano. En la versión en amhárico, en cambio, se recomendaba simplemente consultar al gobierno italiano, en aquello asuntos que involucraran a otras naciones europeas.

La controversia, entre ambos países, originada en la diferencia de versiones del tratado, derivó en la Primera Guerra Ítalo-Etíope, entre 1895-1896, que finalizó con la derrota italiana en la batalla de Adua, y en la delimitación definitiva de las fronteras de Eritrea. Italia tuvo que reconocer la independencia etíope, lo que contribuyó, a su vez, a que Etiopía fuera reconocida como una nación independiente a nivel internacional. Es por ello que fue excluido como parte del territorio a repartirse, durante la Conferencia de Berlín.

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