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Es difícil viajar por la Ciudad de México sin verse adoctrinado por el constante patrioterismo militante, presente en todas sus calles, avenidas, puentes, edificios, estaciones, etc.

Normalmente viajo por la línea 3 del metro, una línea repleta de estaciones que lleva los nombres de cada uno de los principales próceres de la historia mexicana. De unos no se puede tener lugar a dudas como Hidalgo, Guerrero, Juárez, Zapata; pero también existen otros que son más discretos, pero que siguen siendo patrioterismos, como Balderas, División del Norte, Niños Héroes. Es raro encontrar una estación que no se relacione con la imaginería patriótica mexicana, o como mínimo que relacione esta imaginería con otro tipo de relaciones diplomáticas. La única excepción que pude encontrar es la estación de Etiopía, hoy “Plaza de la transparencia”.

La estación de Etiopía se encuentra en la línea 3, justo en medio de Eugenia (“la bien nacida”) y centro médico (donde –supongo- nació). Los orígenes de esta estación son bastante conocidos para los locales, pero no para los profanos como yo, quienes tienen que atravesarla día a día. En principio, el nombre de la estación se debió a uno de los episodios más importantes en la historia de las relaciones diplomáticas mexicanas: la visita de agradecimiento del príncipe Haile Selassie I. ¿Pero quién fue este personaje?, ¿Qué importancia tuvo para que se interrumpiera un instante el chocante patrioterismo mexicano? Todo comienza con un príncipe en exilio y un embajador sin pelos en la lengua: Narciso Bassols. Pero hay que partir de un cierto contexto ¿Quién fue Haile Selassie I?

La historia del Ras Tafari Makonnen, Haille Selassie I (1892-1975) está ligada a África, casi como lo podría estar la religión Yoruba o la música reggae. La leyenda del último de los príncipes etíopes se remonta siglos antes de su nacimiento, debido a su estirpe aristócrata, pero también fundamenta uno de los principales dogmas de la religión rastafari, quien lo consideró la tercera reencarnación de Jah, junto a Melquisedec y Jesús.

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