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La universalidad de los Derechos Humanos es un asunto formal, es decir, lo que se busca es llevarlo a la práctica dependiendo del contexto en el que sea aplicado. No obstante, en torno a las problemáticas que se derivan a partir de su defensa, no existen consensos absolutos, en otras palabras, no existe una respuesta categórica al respecto de cuál sería su prioridad (tanto jurídica, social, política, cultural, etc), si no existe un contexto previo.

Inclusive, si existiera la definición de una prioridad en particular (que parta de un contexto específico) siempre será debatible la homogeneidad de una respuesta categórica. En teoría, toda opinión, por más bien documentada que sea, por más sustento que pueda tener, está condicionada a ser una respuesta parcial de la problemática.

Ello no nos debe orillar al escepticismo, al contrario. La inexistencia de un consenso respecto a la prioridad de los Derechos Humanos, es un aliciente ya que el objetivo nunca fue el de ofrecer una respuesta categórica a las problemáticas a resolver, el objetivo siempre ha sido  el de promover el diálogo entre las diferentes partes beligerantes, sin que ello orille a la violencia. La violencia simboliza la cancelación del diálogo.

Siempre existirán argumentos válidos, en pro o en contra de los Derechos Humanos de manera conjunta o particular, es decir, cuestionamientos a su interrelación, interdependencia e indivisibilidad. No obstante, no es la validez de los argumentos lo que debería preocuparnos sino su aplicación u omisión en nuestro contexto particular sin “retorcer” el discurso político hacia nuestro intereses particulares. Hay ocasiones en las que, inclusive, se vuelve peligroso brindar una respuesta homogénea a una problemática en particular. Tomemos como ejemplo la violencia, dirigida específicamente a los jóvenes mexicanos.

En este punto sugiero ampliamente leer la entrada: No maten al mensajero: Retorciendo el discurso político

Erraríamos al preguntar si existe o no una solución a la crisis de Derechos Humanos que vivimos en México, existe y no sólo una, sino una multiplicidad de soluciones. Si son buenas o malas depende del contexto en el que se le inserta. Es un error creer que la misma solución empleada para combatir la guerrilla en México se puede utilizar para combatir el narco; pese a que existan niveles similares de familiaridad entre uno y otro, son contesto políticos, sociales y culturales muy diferentes.

Cuando nos preguntan: ¿No se asesinan más hombres que mujeres por hora en México? Lo primero que debo notar es que la misma pregunta es tendenciosa, retórica por decirlo de algún modo. El preguntante ya tiene la respuesta, lo que busca es una confirmación de sus sospechas.

Como ya he comprobado, es verdad, en México, por cada mujer existen tres varones asesinados. Pero allí no se detiene la “pregunta”, busca disimular otra “pregunta-trampa”: ¿Por qué deberíamos darle más importancia a un género sobre otro? Lo que desencadena una batería de argumentos preconcebidos a los que bien nos podríamos anticipar y que se basan principalmente en la pregunta: ¿Por qué razón los ciudadanos (Yo, el sujeto que pregunta) habríamos de invertir recursos públicos sobre un sector en específico sin tener un beneficio directo a la sociedad en general ? O en términos llanos: ¿Por qué el más fuerte o el que tiene mayores recursos debería proteger al más vulnerable?

¿Por qué es necesario justificar la existencia humana? Como si fuera imposible para la humanidad concebir su propia importancia de no ser por la vía “negativa”, la vía de la violencia, la bajeza, la lesa humanidad.

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