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Un campo de concentración, en el siglo XX, se relaciona casi de inmediato a los espacios de hacinamiento, reclusión o su exterminio de presos judíos, opositores políticos, homosexuales, gitanos, testigos de jehová, eslavos, etc. durante la Alemania nazi. Los campos más sangrientos a lo largo de la historia fueron Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Belzec y Dachau alcanzando promedios descomunales. Con casi 1000 personas al día, de verdad representaron una, sistemática y bien aceitada, máquina de matar. 

Después de haberse develado esta clase de atrocidades, el teórico Rafael Lemkin, jurista de ascendencia polaca, elaboró el término Genocidio como una especie de neologismo entre el griego geno, que quiere decir ‘raza’ o ‘tribu’, con el derivativo cide, del verbo latino caedere, ‘matar’. La palabra fue forjada para «llevar en sí la repugnancia e indignación de la sociedad […] el índice de la civilización». La asociación al Holocausto no es casual puesto que fue creada específicamente para designar la clase de crímenes cometidos entonces.

Junto a este término han existido otros tipos como: Crimen contra la paz, crimen de guerra, crimen contra la humanidad, crimen de Estado, democidio, humanicidio, de lesa humanidad, asesinato de Estado, violencia de Estado y politicidio; todos para referirse a diferentes matices de un mismo acto: el exterminio masivo de cierto sector civil, al considerarlo una amenaza para el régimen político en turno. Pero OJO, jurídicamente, ninguno de estos términos puede ser considerado sinónimo, cada uno designa un distinto agravante.

El Genocidio tal como lo ideó Lemkin horrorizó a la comunidad internacional, como era de esperarse, fue utilizada para designar lo que Churchill consideró «un crimen sin nombre», cuando no tendrá más de 71 años; aunque su asimilación jurídica no había tenido suficiente impacto para los juicios de Núremberg el 8 de agosto del 45.

No fue sino hasta diciembre del 46, cuando la Asamblea general de las Naciones Unidas se reunió por primera vez, sin considerar que hubiese una diferencia entre crimen contra la humanidad y genocidio. Más adelante se aclarará que el primero se dirige contra la población civil y en cambio el segundo tiene como objetivo un grupo definido de antemano.

En cierto sentido lo que los juristas de entonces intentaron dar cuenta guardaba ciertas similitudes con el exterminio masivo de armenios, perpetrado por el Imperio Otomano, entonces venido a menos. Cumpliendo una de las más redundantes ironías de Hitler: – ¿Quién habla hoy del exterminio armenio?- solía decir. Quizá ese hubiera sido el mismo destino del Holocausto.

Habría que ponerse en los zapatos de Lemkin para considerar su papel demiúrgico, o nomotético, como le llama Platón a la entidad que establece los nombres de las cosas y las alinea de acuerdo a su naturaleza. Es por ello que en su libro The Axis Rule in Occupied Europe designa al genocidio como

«La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento.»1

Genocidio denomina una especie de ilícito internacional, la idea fue la de plantear antecedentes, basados en la similitud de crímenes perpetrados por el Imperio Otomano y el III Reich. Lo fundamental era hacer visibles sus rasgos, teóricamente inequívocos para los jueces internacionales, y no dejar lugar a dudas de que lo perpetrado por los nazis, debía ser castigado.

Existe un término en el derecho penal que se dicta del siguiente modo: Nullum crimen, nulla poena sine praevia lege y se traduce como Ningún delito, ninguna pena sin ley previa. Ello expresa el principio, básico para el derecho penal, en el que no se podría aplicar castigo alguno sin haber una ley vigente o acuerdo internacional que la proscriba. Algo que sí sucedió, por ejemplo, en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, la República de Kampuchea, Ruanda y Guatemala.

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