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¿Hasta qué punto una palabra degenera en lo trivial si no tiene más de medio siglo de haberse generado? (y mucho menos de haber sido asimilada en el acervo lingüístico de los estudiosos del tema). Usar un término sin haber reflexionado sobre la valía de su significado suele ocasionar su inevitable trivialización. Eso es algo que en nuestros tiempos ha dado un paso adelante al hacer un espectáculo de lo trivial, aminorando su importancia, enajenando al potencial usuario y evitando abordar el problema de raíz al mostrar sólo la superficie. Pese a ello, sacralizarlo, es decir, no usar cierta clase de términos para designar algo en específico, lo vuelve una especie de tabú. Los términos, se usan o se pierden. 

¿De qué manera podemos mostrar cierto compromiso con nuestro entorno social si no tenemos las herramientas necesarias para referirnos a él? El científico social, el humanista, que no cuenta con ellos, corre el riesgo de extraviar el código a través del cual se comunican sus sujetos de estudio. Sólo imaginen a un comunicólogo que no sepa lo que es un hashtag, un antropólogo que desconozca lo que sucede cada 28 de mes en metro Hidalgo, un sociólogo que no use redes sociales, un estudioso de las religiones que desconozca lo que contienen los Manuscritos de Nag Hammadi, etc.

Aunque, por otro lado, imaginen un político de izquierda que por “compromiso ideológico” decida no leer a Hayek o Friedman; o uno de derecha que ignore por completo a Klein o a Chomsky. Nunca han existido los tiempos en lo que se solucionen los conflictos ideológicos simplemente dándoles la espalda, aunque en más de una ocasión esa ha sido la estrategia política. Razón por la cuál ha sido simplemente imposible comenzar un verdadero diálogo político. Las palabras son medios poderosos para la comunicación de ideas, y las palabras, tienen un compromiso irrevocable con las acciones; por lo que entorpecer o deliberadamente vaciar el cauce de las ideas tiene como consecuencia palabras vacías de significado y acciones erráticas.

Existe cierta clase de palabras que han llegado a un grado de simbolismo que, en consecuencia, han perdido su sentido propio y original; adjudicándole uno mucho más artificial. Esto se encuentra relacionado a ciertas crisis sociales, que van de la mano a la decadencia del lenguaje. En estos casos, la confusión es inminente. El abuso del lenguaje vacía de todo sentido a la palabra. Se transforma en una fórmula insípida que sólo funciona como un dispositivo mecánico para aludir a una imagen o provocar un sentimiento visceral.

Partamos del hecho de que ninguno de estos términos ‘Genocidio y Holocausto’ tienen más de un siglo de existencia y que su uso se ha divulgado por todos lados, al grado de comenzar a padecer del fenómeno que hago mención. Es necesario demarcar nuestro campo de estudio y conocer nuestros límites, pero es todavía más imperioso reconocer el origen de todo. Genocidio y Holocausto ¿Existe algo más, o menos, significativo?

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