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Sale al escenario David Bowie con chamarra roja de piel sintética para cantar Station to Station, una  escena nodal de la película Christiane F., filme de límites tan realistas que incluyen el corte de cabello mullet en el público, sin duda un efecto más de la cocaína que inundaba a algunos confundidos alemanes, para otros, era la belleza de la heroína lo que llegó para elevarlos a las estrellas.

En Gropiusstadt, la alcantarilla alemana, fue en donde Christiane comenzó su célebre trayecto por las drogas y la prostitución; tal vez debido a que esta ciudad, apenas un sucio anexo de Berlín, su dormitorio, pertenecía al lado Occidental en los tiempos del Muro; no es que en la parte soviética no hubiese drogas y podredumbre, es sólo que en ese lado no había conciertos de David Bowie para acceder al reino impostergable y seductor de lo artificial.

El desborde retratado por una técnica cinematográfica que se enfrenta al comienzo de un siglo de desencanto, resulta en una construcción erótica por parte del último de los artes concebidos por el hombre del siglo XX; artísticamente comparable con la potencia de obras como El columpio de Jean-Honoré Fragonard; el  sonrosado  de las mejillas de las damiselas acaloradas de la pintura rococó; y con los raptos olímpicos de la pinturas clásicas que contienen ninfas a medio sonreír, justo cuando son arrebatadas por algún dios del éxtasis y el desvarío.

En medio de coros que declaman la sentencia It’s too late to be grateful, It’s too late to be late again, It’s too late, to be hateful, el alma de la niña perdida entre la multitud se arroja al borde de las sombras que provocan los diamantes y a los flashes que bendicen al ídolo, quien permanece toda la escena despidiendo a Christiane, quien desaparece en el umbral  del concierto ideal, el espectáculo que nos armoniza con el tiempo, el que nos corrompe, el lugar en donde los momentos sagrados ocurren.

No importando la manera en la que el placer sacro es obtenido, ya sea como epifanía o invadido  el cuerpo con hormonas, drogas y música,  la imagen de la joven abriéndose a la invasión de colores pasteles de un mundo reducido a los viernes por la noche en el Sound, lleno de pequeños luzbellos condenados a la perdición, es y seguirá siendo materia del genio creador que ve en el despertar al mundo, la chispa que nos vuelve infinitos.

Barrabás

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