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La obra de Hitler, Mein Kampf, volvió a reeditarse en Alemania, después de 70 años de su primera publicación. Recientemente, el Instituto de Historia Contemporánea de Munich se encargó de sacar a la venta una edición cuidadosamente anotada del libro que Adolf Hitler, principal dirigente de la Alemania Nazi, escribió entre 1924-25. Tras cumplir cierto intervalo de tiempo, la obra pasó a  formar parte del dominio público en este año 2016, aunque todavía sigue prohibido en algunas partes de Alemania y Austria (sin el debido proceso de anotación).

Pero, en sí, ¿Qué tendría de peligroso un libro escrito por un “maniático delirante”, como ha sido calificado Hitler por sus opositores? Pues más que nada, establece os lineamiento generales del régimen nazi durante su gobierno. En el texto se logra vislumbrar la paranoia antisemita y anticomunista, combinada a los relatos autobiográficos de su niñez y desarrollo en Viena. Asimila e interpreta los conocidos pasajes del filósofo Friedrich Nietzsche, proclamándose como el Übermensch encargado de desvincular y elaborar los nuevos valores de la sociedad alemana. Del mismo modo se apoya en la obra de Henry Ford, El judío internacional: el primer problema del mundo, a quien cita prolíficamente.

Finalmente ¿Será suficiente que una obra que incite al odio antisemita para desencadenar un nuevo holocausto? No lo creo. Wagner sigue tocándose en los conservatorios de música y ópera a pesar de haber sido celebrado por el Führer y convertirse en dogma operístico durante el Tercer Reich. Por supuesto que no, hace falta más de «media hora de Wagner para querer invadir Polonia», parafraseando una conocida frase de Woody Allen. Pese a todo, la nueva edición de Mein Kampf es un asunto peliagudo.

hace falta más de «media hora de Wagner para querer invadir Polonia»

Las prohibiciones que buscan estigmatizar cierta clase de prácticas, por el simple hecho de relacionarse de manera análoga, directa o indirectamente, con el dictador alemán o con alguna parte del sistema nacionalsocialista, carecen de sustento real y no son algo novedoso. Es lo que el filósofo Leo Strauss llamó en 1951 «Reductio ad Hitlerum» o «argumentum ad Hitlerum» y se define cuando, en una discusión, alguien busca comparar los puntos de vista de su oponente con los que sostenía Hitler o alguien del Partido Nazi.

De acuerdo con Strauss, el Reductio ad Hitlerum es una forma híbrida de las falacias ad hominem, ad misericordiam o de irrelevancia. Sugiriendo en consecuencia la culpabilidad del oponente por mera asociación. Según las palabras del propio autor:

1111«In following this movement towards its end we shall inevitably reach a point beyond which the scene is darkened by the shadow of Hitler. Unfortunately, it does not go without saying that in our examination we must avoid the fallacy that in the last decades has frequently been used as a substitute for the reductio ad absurdum: the reductio ad Hitlerum. A view is not refuted by the fact that it happens to have been shared by Hitler.»

No obstante, esta clase de falacia ya existía antes de Hitler. Como sinónimos de crueldad sin precedentes ya existían en el imaginario colectivo Leopoldo II de Bélgica y y el sultán Abdul Hamid II del Imperio Otomano. Lo cierto es que son pocos los que dejaron un legado tan sistemático como lo hizo Adolf Hitler en la Alemania Nazi. Su obra delimita cuidadosamente la génesis de su pensamiento así como su proyecto de gobierno, todavía a realizar para entonces.

Pero entonces ¿Qué nos impide relacionar el vegetarianismo, las campañas ecológicas y antitabaco y los derechos de animales con las primeras leyes de protección de a la flora y fauna promulgadas por el malévolo vegetariano Adolf Hitler? O todavía peor ¿Qué nos impide concederle el más mínimo reconocimiento al infame Daddy Yankee cuando afirmó que “La música clásica es mala porque le gustaba a Hitler”?

Pareciera inevitable para muchos de nosotros caer en esta injutif111iacada relación de términos. Tanto es así que en Internet ya existen ciertas máximas que buscan señala sus manifestaciones, coo sucede con la Ley de Godwin, promulgada por Mike Godwin en 1990. En ella se establece: «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno». A partir que Hitler o los nazis han sido invocados la discusión se puede dar por terminada, declarando como derrotado al que hizo la mención sobre el asunto.

Por último debería señalar, más por etiqueta que por necesidad, que la falacia Reductio ad Hitlerum no es lo mismo que la Ley de Godwin. La primera busca señalar un error inválido de la argumentación lógica, el otro señala un comportamiento común dentro de los foros de internet e inclusive fuera de ellos. A más de uno de nosotros nos da por querer cerrar la conversación con un desliz tan sencillo, funciona sobre todo si el interlocutor se las da de muy liberal, pese a que su pensamiento roce en la necedad y la locura.

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