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El periodismo adquirió en el registro del acontecimiento que empuja a la historia a sus puntos cruciales, un gusto por la verdad que lo eleva a lo sublime. Apreciación que se convierte en tesoro de la dignidad humana cuando en los tiempos de penurias se pregunta ¿Y para qué poetas? Pues, y esta es la mancuerna de la que se debe hacer uso para mantener a flote el espíritu humano, la verdad tiende a atravesarnos con mayor fuerza cuando la realidad se hunde en la infamia, cuando la falsedad transmuta en instrumento de poder y la injusticia se propaga como virus que mata mientras más ajenos nos procuramos.

En el número decembrino de la revista Proceso dedicado al periodista, literato y dramaturgo Vicente Leñero, quien falleció hace un año (en tiempos de penuria sexenal), podemos dar cuenta del caudaloso sendero de la labor periodística, definida en el semanario por el escritor cubano Francisco Prieto, en su reportaje “Leñero o el compromiso con la realidad”, como “el medio que revela lo que se quiere ocultar”; coincidiendo con el genio filosófico dedicado a contar cómo es que las proezas del espíritu humano se reúnen para indagar sobre el reflejo de verdad que hay en el mundo, cada quien con su propio discurso al servicio de lo que desde su corazón, sapiensa y justa perspectiva le manifiesta como verdadero; rosando al eros platónico con el argumento de Prieto sobre la escritura de Leñero, quien a sabiendas del poder del diálogo (aristofánico) exclama que “el amor a un ser concreto, es el amor a la verdad.”

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Al igual que en la “prensa insumisa”, el eros es una renuncia a la opinión, a la doxa que el poderoso impone asumiendo su discurso como la  vía a través de la cual se debe interpretar la realidad que domina.

Tanto la filosofía como el periodismo comparten el camino de la constante resignificación, en donde sus actores (tal cual lo fueron figuras como Leñero, Julio Scherer, García Cantú y Abel Quezada en los tiempos en que la impostura daba un golpe al Excélsior, julio de 1976), conscientes de sus limitaciones, dudan; “de todo menos de que hay un presentimiento de verdad que anida en el corazón de cada ser humano –que- en la raíz de su ser, si es persona seria, se manifiesta ese presentimiento en el imperativo de obrar el bien y reposar en la belleza” (Proceso 2039/ 29 de Noviembre de 2015).

El eros del periodista que ha acogido la consciencia de la proximidad de la otredad puede ser también la afirmación de la vida, sobre todo cuando lo que se combate es la “desrealización del mundo”, asumida por la humanidad en calidad de ausente. El periodismo es un humanismo. También tiene mucho de la relación filosófica que no distingue verdad de justicia, y lo bueno de lo bello, y,  como la filosofía, la prensa tiene un sólo enemigo declarado, el cinismo.

Mientras desde las grandes esferas del poder se plantea como universal lo que corresponde a los intereses de pequeños grupos cuya tendencia a la falsedad se optimiza con la maquinaria que hace funcionar al aparato de simulación, que siempre hemos conocido como las sombras titilantes en el mito de la caverna, el eros que se postra en el oficio del periodismo se enfoca en percibir el detalle que despliegue la verdad del acontecimiento. Aletheia.

En palabras de Ryszard Kapuscinski, en su libro, “Los cínicos no sirven para este oficio”, subtitulado “Sobre el buen periodismo”: “Al final, lo que pudiera ser una digresión privada, se revela como lo que es en realidad: una lección de historia social y una reflexión filosófica sobre relaciones con la alteridad y su posible conciliación”.

Barrabás

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