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"No dejen salir a los niños, hay soldados en la aldea"

“No dejen salir a los niños, hay soldados en la aldea”

En términos estrictamente materiales, cinco cámaras rotas, que tuvieron que quebrarse una tras otra mientras registraban una serie de revueltas entre dos fronteras en disputa, pueden llegar a significar, no más que la inserción del momento cotidiano dentro de la excepción, y no al revés, como se supone que debe percibirse una guerra: en donde es lo excepcional lo que irrumpe en la labor ociosa que tendría que ser el grabar todo lo que el lente puede llegar a captar en la intimidad de su alrededor.

Lo que se registra en una serie de cámaras domésticas deshechas a lo largo del avance de la ocupación israelí, en donde la rabia no hace más que infiltrarse día tras día entre los campos de Cisjordania a pesar de la caricatura diplomática del Plan Sharon en el 2005, que buscaba relocalizar a 8 mil colonos judíos de Gaza, es la barbarie del acto concreto del imperialismo. El fracaso de la política de paz en el que la cercanía con el punto de quiebre va de la mano con el agotamiento de los medios técnicos, que como una máquina repleta hasta el tope de su combustible, expira y sucumbe ante el desborde de imágenes extraordinarias en donde la tensión de varios momentos sacros, en cuanto que es violencia que transforma (o el ejército ocupando un territorio extranjero), es decir: cultura, representa su materia prima.

Cinco cámaras rotas es el substrato último del cambio sustancial, “señalar y detonar”, y todo potencializado por la llegada de las cámaras de video con descargas directas a disco duro, populares en el primer lustro del milenio; mostrando a las masas opinantes la total entrega al camino hacia la insurrección del pueblo que ha visto sus árboles de olivo arder por el dios combatiente, que sin miras a la conciliación reprime, o menos abstractamente dicho, aplasta, lo que se pone en su camino; incluyendo a los medios técnicos, que también son de legítima propiedad del pueblo amenazado por la invasión del más fuerte.

Casi 10 años después del documental “Cinco cámaras rotas”, pertenecientes al palestino Emad Burnat, quien logró captar el avance de Israel sobre su territorio con la gracia del aficionado, los medios siguen siendo propios, el movimiento ciudadano permanece indiscreto en las calles y con una nueva generación de jóvenes que como Gibreel Emad, hijo de Burnat nacido al principio de la rebelión, han crecido del lado del radicalismo casi hormonal de la juventud palestina cada vez más dispuesta a dejar de señalar para comenzar a detonar.

 

Barrabás

 

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