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De entre los titulares periodísticos que buscan enfocar la noticia en una frase que exprese el gran acontecimiento al que el interés público debe volcarse al pasar, muchas veces sin detenerse, entre los puestos de revistas y voceadores, existen las pequeñas notas, el impreso de la denominada Minima Moralia, que parecieran no hablar por todos ni afectar a nadie cuando se lee: “Mató a pastor de iglesia evangélica porque sostuvo relaciones con su esposa”.

Dicho encabezado, en el que el pastor evangélico de 41 años, Miguel Díaz Alvarado, termina baleado por el herrero, Eddy Hernández García, al descubrir que el religioso y también vendedor de helados de la región de Escárcega, en Campeche, sostenía relaciones con su esposa, es lo que la vida privada le devuelve a la comunidad: la disolución del sujeto en su acción en el que es definido por el acto violento que cometió y en el que su razón de ser en el mundo se resume a un asesinato que, más que quebrantar el acuerdo jurídico de “no matarás”, proyecta el reflejo salvaje de la vida dañada hacia la masa informada propensa tanto a la moraleja como a la contradicción.

Es en la nota periodística en donde la historia se escribe al momento en que pasa. En el caso de lo realmente intrascendente (aquella nota roja que crece junto a la civilización como hierba mala) la noticia tan sólo depende de qué tanta violencia se ejerció, lo que se destruyó, lo que se descompuso o rompió en el acto de excepción confabulado por el individuo.

Como siempre, en caso de insignificancia más vale el conglomerado; y las notas en las que se última, bolsea, viola, encajuela, ahoga, entierra o dispara muchas veces dependen de la voluntad de muchos entes originales, es decir, en un desgarramiento del tejido que conocemos como cotidiano en el que el individuo trasciende al orden para imponer su desvarío.

El castigo será la cárcel, aunque la mayoría encuentre en la saciedad de sus goces anti sociales y psicópatas la libertad que sin duda quedará registrada en la prensa; y todo para que el transeúnte se horrorice, no sin placer, del sufrir ajeno, pensando en contra de sí mismo que tal vez el evangelista se lo merecía.

Barrabás

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