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El condicionamiento clásico o pavloviano es una especie de aprendizaje por asociación es decir de estímulo-respuesta. Iván Pavlov ideó, en un experimento animal, tocar una pequeña campana cada vez que acercaba la comida ciertos especímenes caninos. Al notar la salivación que producían algunos se le ocurrió retirar la comida y sólo dejar la campana. De ese modo el perro reaccionaba (respuesta) naturalmente a un estímulo completamente artificial; con ello generando (muy rudo y a grandes rasgos) una de las disciplinas más empleadas en el terreno de la publicidad y el marketing. Viéndolo de ese modo, el marketing es el la campana que, vacía de significado, nos hace babear.

En México, para referirnos a algo poco menos que insignificante nos referimos a él como «baba de perico» Es posible que el alimento nos llegue a faltar ¿Pero alguna vez se han preguntado qué sería de nosotros si nos llegara a faltar la saliva? Quizá esto nos ayude a dilucidar la trascendencia de la saliva.

La ausencia de saliva es posible al suministrar cierta clase de fármacos. Existen alrededor de 500 medicamentos que podrían ocasionar lo que se le denominado xerostomía, mejor conocido como resequedad bucal, un padecimiento que podría tener serias consecuencias sobre la dentadura pues, al faltar la saliva las bacterias se multiplicarían en la boca, acelerando el deterioro de las piezas dentales. Siendo exponencialmente dañino si se suministran más de una clase de medicamentos causantes de ello.

El padecimiento puede llegar a producir insomnio, irritabilidad e incluso depresión, llegando a perder hasta la sociabilidad, el interés por la comida en compañía, e incluso por salir y mantener conversaciones con su grupo más cercano. Cuando el flujo salival fisiológico disminuye se producen alteraciones gastrointestinales, dificultades para hablar, masticar, tragar y saborear los alimentos, por lo que se pueden producir trastornos en la nutrición.

Aunque el exceso de ella tampoco es benéfico ya que podría ser un vehículo de contagio de herpes labial o mononucleosis, también conocida como la enfermedad del beso. Considerándole desde ese punto la saliva puede llegar a ser un arma mortal. Bastaría un estornudo para propagar una epidemia. Si no me creen pueden ver el documental «si la saliva fuera roja» para constatar la manera en la que cualquiera puede infectarse con la simple visita al dentista.

Para casos extremos no hay como la naturaleza, pues se dice que la saliva del dragón de komodo puede llegar a producir una infección séptica letal; aunque en un análisis reciente no se pudieran encontrar microbios más sofisticados ni peligrosos que los que puede haber en la boca de un perro o tu compañero de clase. La causa siempre ha sido su propio veneno. ¿Pero es que acaso el dragón de komodo podría envenenarse al tragar su propia saliva, digámoslo así, por una mordida accidental? Es posible, más no probable que muera por ello; del mismo modo que nosotros podríamos autoinflingirnos daño con nuestras propias palabras, aunque, en el fondo, no hagamos más que reiterar lo obvio a modo de tautología.

De hecho, esta clase de bacterias podría resultar beneficiosas en un futuro para la cría, sea de dragón o de humano. Hasta la edad de 2 años, la saliva de la madre en la comida del bebé ayuda a producir anticuerpos y a reconocer bacterias contra las que, en el futuro, el niño necesitará enfrentarse. Ayuda sobre todo a que el sistema inmunológico del niño aprenda a luchar contra infecciones y en algunos casos hasta de condiciones como el asma.

Muchas especies de aves regurgitan su alimento en la boca de sus crías con el fin de alimentarlas, pero al mismo tiempo ayudan a reforzar sus defensas para resistir las enfermedades. Esta práctica es utilizada también por reptiles, rumiantes y mamíferos aunque esto es más conocido por las aves. De no ser por la dedicación de los padres, la cría moriría y en efecto esto suele suceder en caso de hambruna. De todas las aves que practican esta clase de alimentación sólo el pelícano tiene un hábito particular en caso de faltar el alimento.

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