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Si hubo alguien que llegó a apreciar la saliva fue Immanuel Kant, quien lamentaba desperdiciarla de cualquier modo, razón por la cual dirá «si uno está firmemente decidido a no desperdicir la saliva a causa de un mal hábito, tendrá esta otra ventaja adicional de respirar con los labios bien cerrados, por lo menos cuando uno está a solas: la saliva, que constantemente se secreta, viene a humectar la garganta, sirve también como elemento digestivo (estomacal) y al mismo tiempo puede tragarse como laxante»[1]

Kant también la recomienda para la tos y calmar el escozor de la laringe, “desviando la atención de la molestia y dirigiéndola a cualquier otro objeto”. Para Kant es tan nocivo escupir como besar debido al gasto de saliva que conlleva y porque hay intercambio de saliva. El kantismo, como bien lo afirma Jean-Baptiste Botul, es una utopía de la carne y – ¿por qué no? – de la saliva también.

Hoy en día, la asociación que hemos hecho entre la preciada saliva y la característica específica que nos distingue de otras especies animales, el logos, se manifiesta a través de la expresión «gastar saliva en balde», lo que implica una recomendación fundamental de no gastar nuestras palabras con empresas nimias. Del mismo modo la expresión «tragar saliva» designa la acción de alterar nuestro estado de ánimo al no acertar a hablar; soportar en silencio, sin protesta, una determinación, palabra o acción que ofende o disgusta.

Esto es la otra relación que me gustaría señalar: La saliva y el logos como una relación íntima entre lo constitutivo del hombre y su uso de razón.

En México tenemos un término específico para referirnos a la clase de saliva que, involuntariamente, ha escapado de la cavidad bucal: Baba. Que «se nos caiga la baba» designa un sentimiento profundo que, en consecuencia, lleva a la suspensión del buen juicio. Nótese ahora la asociación entre la saliva y el pensamiento, aunque deberíamos aclarar que la acción de salivar, no necesariamente implica suspender la cordura, más bien por instinto denota el deseo intenso e irrestricto de la libido. No poder controlar nuestra propia salivación es motivo de vergüenza para algunos porque deja de manifiesto el deseo animal, el propio impulso vital de poseer lo que se anhela con delirio. Sólo nosotros, nadie sabe si para bien o para mal, hemos hecho que esta acción, tan natural y manifiesta en los animales, sea trasladada de un objeto de deseo a otro por mero condicionamiento.

[1] Kant, Immanuel: El Conflicto de las facultades, 3ª sección.

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