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Cuando comencé a apreciar el cine, ya no como un medio de entretenimiento sino como verdadera forma de ejercer cultura, no habré tenido más de 14 años entonces. El ambiente del cine comercial era variado. Hollywood derrochaba talento sin escatimar en recursos. El 2001 dio inicio a un nuevo milenio, abriendo nuevos ciclos que perdurarían por largo tiempo.

El director neozelandés que alguna vez nos hizo reír, a mí y a mis amigos, con la película de serie B, con el título más cagado alguna vez concebido (Tu mamá se comió a mi perro) nos deleitaría con la primera de una serie de películas que culminarían tres años después con El retorno del Rey y todavía hoy en día con la trilogía del Hobbit; precuela del Señor de los anillos.

Por otro lado, una película que trascendería directores, guionisas e inclusive actores (recordemos la muerte del primer acor que interpretaba Albus Dumbledore) daba inicio dividiendo a los frikis entre potterheads y Ringers. Shrek contaba con el mérito de cambiar los estándares de belleza en los típicos cuentos de hadas, de paso generando una nueva antología de personajes, unos más molestos que otros.

Sir Anthony Hopkins nos volvería a seducir con la espeluznante y carismática interpretación del asesino en serie Hannibal “el caníbal” Lecter. Estudios Ghibli traería la ópera prima de Miyasaki: El viaje de Chihiro. Por fin se cerraba la trilogía forzada de Parque Jurásico y de paso el último trabajo de Stanley Kubrick, Inteligencia Artificial, vio la luz gracias a los esfuerzos del equipo de trabajo de Stephen Spilberg, pionero de la tecnología CGI.

 Amelíe conquistaba el cine internacional, Donnie Darko pegaba duro a las audiencias preadolecentes y Angelina Jolie personificaba el sex-symbol de los que tenían filías por los polígonos. Se me quedan muchas películas pendientes por mencionar. Faltarían los bodrios e Tim Burdon, M. Night Shyamalan y … quien quiera que haya dirigido La momia regresa y se le haya ocurrido la brillante idea de hacer un modelo CGI de la Roca en forma de escorpión-tauro, cen-corpión, esa madre…

Mientras tanto el cine nacional se dividía en Cine de Gael y Cine sin Gael. Amores Perros recién se había estrenado. Alfonso Cuarón llevaba Y tu mamá también a la pantalla de plata y Guillermo del Toro incursionaba en el cine internacional con El espinazo del diablo. Lo que había comenzado con el Neorrealismo Italiano en El ladrón de bicicletas (1948), se vio reflejado en México en cintas como Los olvidados (1950). Cincuenta años después, para el 2001, su eco todavía se reconocía en películas como De la calle. El nuevo cine mexicano estaba en ciernes todavía.

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