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Cuando Orwell publicó la novela por la que saltaría a la fama, Huxley ya había profundizado en el terreno de la distopía. El género, entonces catalogado como simple “ciencia ficción”, ha alcanzado cierta categoría desde el auge de la industria genómica; además, claro está, la proliferación de todo tipo de drogas, alucinógenos y psicoactivos. En la red ya es antaña la carta de Huxley[1], dirigida a Orwell, en ella se acierta en pensar que la política de “la bota en la cara” pueda ser del todo redituable para la mayoría de los totalitarismos de hoy en día.

La violencia es un medio poco idóneo para mantener el orden y la cohesión social. Huxley se queja de la poca seriedad con la que se han tratado los temas de psicología social, dando una preponderante importancia al materialismo. Por supuesto Huxley no supo lo que se pudo lograr en términos estrictamente psicológicos, en el ramo conductista, bajo los experimentos de Milgram en Yale, o la tercera ola en Cubberley High School, California, o en la cárcel de Stanford. En todas las ocasiones dichos experimentos se salieron de control y tuvieron que ser suspendidos.

Pero es que la banalidad del mal[2], como lo denominó en su tiempo Hannah Arendht, no consiste en el desmesurado egoísmo de los tiranos que avasalladoramente atropellan la disposición de la mayoría al imponer su propia opinión, sino por el contrario, en el fortalecimiento  de los intereses de la mayoría sobre la disolución de los privados a través de un sistema de reglas bien definido. Eso permite que la condición de tirano no pertenezca a un solo individuo, la tiranía se encuentra al alcance de todos, dentro de nuestra propia condición humana.

Las diferencias que hacen de un régimen característicamente  autoritario, dictatorial o totalitario son sutiles, pero no por ello menos fatales e infaustas. Autoritario es aquél que, constituido sobre la cima de una estructura piramidal, se le brinda cierta autoridad; misma que disminuye conforme de nivel hacia el otro. El tirano es aquél que gobierna sobre todos indistintamente, monopoliza y ejerce el poder de manera arbitraria. Por último el régimen totalitario es aquel que se estructura en capas concéntricas, o de cebolla, por su puesto localizando en el núcleo que es capaz de “oprimir desde dentro” y no desde afuera o desde arriba como las tiranías y los autoritarismos. Su ventaja estriba en poder soportar los embates de la más cruda realidad.[3]

La represión y la coacción, son dos caras de una misma moneda: la una busca dejar inoperante la disposición individual de autodeterminación, la otra condiciona los pasos necesarios a través de los cuales uno se encuentra legalmente autorizado para ejercer sus propios, pero muy limitados, medios de expresión. Por mera consideración a la condición humana, Huxley consideró más idóneo su modo de pensar que la pesadilla que retrata Orwell.

Finalmente ¿Cuál es nuestra condición tras los cambios políticos, tecnológicos y culturales que han propiciado el avance de esta nueva clase de totalitarismo? Me aventuraría a creer que, si bien no es idéntica, la misma realidad ha superado lo que en su momento fue catalogado como ficción; como un producto engendrado por un pensamiento maquiavélico, sádico, kafkiano…   orwelliano. Hace mucho hemos arribado el momento en el que, cada una de estas categorías, dejaron de ser literarias hasta alcanzar un carácter más teórico, más científico, más real. Es difícil afincar responsabilidades, pero quizá nosotros mismos seamos parte del problema.

[1] Huxley, Aldous (1969): Letters of Aldous Huxley. Harper and Row.

[2] Arendt, Hannah (2013): Eichman en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal.  Penguin, Random House. España.

[3] Arednt, Hannah (1996): ¿Qué es la autoridad?, en Entre el pasado y el Futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península. Barcelona, pp. 108, 109.

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