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Un día está en Paris, otro día en Tolosa y al siguiente Alicante, en España. Es dura la vida del piloto. Vuela sobre los cielos fríos, tan fríos como el cálculo matemático de su trayectoria aérea. No es el piloto de guerra, es el piloto de correos. Joseph Conrad es a Antoine de Saint-Exupéry lo que el marinero es al piloto aviador, intrépidos, aventureros y de ralea noble en sus respectivas naciones. Si, por un lado, Conrad nos relata sus experiencias en el cuerpo de marineros de la marina mercante británica, por otro lado, Saint-Exupéry relata sus experiencias como piloto aviador al servicio del correo postal.

Barcelona, Valencia, Gibraltar, de España a África, hacia el Sahara. El deber, el orden y la aventura, aspectos combinados en la personalidad de un solo hombre, del alterego Bernís o Marlow, del piloto aviador en Saint-Ex y del marinero en Conrad. «El jefe de pista echa una última ojeada: absoluto orden en las cosas, gestos reglamentados como un ballet. El avión tiene exactamente su lugar en el hangar, así como dentro de cinco minutos lo tendrá en el cielo. El vuelo está tan bien calculado como el botamiento de un navío.» (Saint-Exupéry, 2001, p. 10)

Casablanca, Dakar, los riesgos son equiparables entre el mar y el aire; pero una vez que se ha tocado tierra no se piensa en otra cosa que salir de ella, aunque eso represente su última disposición. Basta un pequeño desperfecto «¡Un choque! ¿Una rotura? De improviso el avión pesa sobre la izquierda. Bernís lo retiene con una mano, después con las dos manos, luego con todo el cuerpo “¡Dios mío!” El avión ha retomado su peso hacia la tierra. Bernís está perdido. Un segundo más y será arrojado para siempre de esta casa trastornada y que apenas comenzaba a comprender.» (Ibíd. p. 23). Esta “casa trastornada” es el mundo de los hombres, ese mundo hecho para los políticos, sacerdotes, aldeanos, no para el piloto aviador, no para la tripulación de un barco. Ellos quedan absortos entre cúmulos y cirros, entre el oleaje y las mareas; temerosos del aire helado y los tifones; flotan sobre las sombras y el paisaje: agreste en un momento, desértico en el otro; selvático, tormentoso y, muchas otras veces, descorazonadoramente urbano. Aquellas veces en las que no existe otro remedio que volver a casa con sus recuerdos.

¿Qué son los recuerdos para nuestros melancólicos personajes? Una amarga experiencia que con el tiempo se le adquiere el gusto. El goce de la amistad es tan efímero, y su recuerdo tan pesado. En el aire todo es tan ligero, tan sutil, tan lejano; en el agua todo es tan inmenso, tan maleable. Somos prisioneros de nosotros mismos, no bien podría decirse “prisioneros de nuestros deseos”  pese a ser un lugar común. El deseo de Bernís es incapaz de aterrizar junto con él; el problema es que los deseos no necesitan alas, ni combustible, ni alimento, ni agua ¿Qué nos limita para volar? ¿Qué nos limita para dar la espalda y huir? Huir en el avión o en el barco de vapor. En el mar, en el aire, ellos son libres de contenerse a sí mismos y a la vez son tan frágiles como una flotante hoja de otoño a la disposición de las corrientes.

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