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Exult, O shores, and ring, O bells!
But I, with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

Walt Whitman

La muerte es un asunto serio, al menos la muerte de alguien que uno ha llegado a apreciar a lo largo de su vida. La muerte más seria es aquella que se honra y a la vez se teme; pues nos recuerda, como mortales que somos, que algún día también moriremos. Por ende, la muerte menos seria es la muerte enajenante; aquella muerte que te permite la oportunidad de reírte de ella en su cara. Aquella de la que, podrías estar seguro, nunca te pasaría ni en el peor de los casos: La muerte ridícula.

Dicen que Hans Steininger, famoso por tener la barba más larga del mundo, murió cuando olvidó enrollarla mientras huía de un incendio. En resumidas cuentas la pisó y se tropezó rompiéndose el cuello. (Fuente: Culturacolectiva). Si de muertes ridículas les contara, creo que hay bastantes ejemplos en la historia, el hombre más serio puede ser objeto de la muerte más ridícula y viceversa, el hombre más ridículo puede ser objeto de la muerte más seria. Este segundo caso es objeto de la comedia, hacer ver lo serio como algo de lo que se puede uno reír.

La semana pasada uno de los comediantes que marcaron época en los noventas, la década que me vio crecer, se ha quitado la vida ahorcándose con un cinturón; además de cortes superficiales y agudos en las muñecas; según testimonio de Keith Boyd, su asistente. El examen forense reveló que su muerte se produjo por asfixia sin probarse, todavía, si existió de por medio la ingestión de estupefacientes.     

                 

Con un record de más de 75 películas, 16 series de TV, 40 apariciones especiales, de las cuales ganó cinco globos de oro y un Óscar, e innumerables nominaciones, la carrera de Williams no se podría decir que fuera en declive. Por el contrario, siempre fue reconocido como un actor consagrado del que, podría jurarles, ya no se verán sus películas con la misma inocencia y candidez; no sin que alguien diga: – Robin Williams se suicidó el 2014- En su legado dejó pendientes cuatro películas por estrenar.

El estigma del comediante pasa cuando la seriedad de su situación sobrepasa la completa naturaleza cómica. No es gracioso considerar que el Robin Williams que vimos al crecer se haya quitado la vida, uno preferiría vivir en una desesperada negación a enfrentar la descorazonadora realidad. Pero si lo pensamos de cierta manera ¿No son los personajes de Robin Williams la negación desesperada de una tormentosa realidad?

¿Te incomoda el protocolo médico? Niégalo. Patch Adams ¿Tu esposa no te deja ver a tus hijos? Niégalo. Papá por siempre. ¿Fuiste un joven y ya no te acuerdas? Niégalo. Hook ¿La concepción de poesía tradicional no te parece? Niégala. La sociedad de los poetas muertos ¿Fuiste obligado a madurar? Niégalo. Jumanji. ¿Un robot es distinto al hombre? Niégalo. El hombre bicentenario. Los personajes de Robin Williams suelen ser las antítesis de la “amarga realidad”. 
Hay medicinas amargas, las separaciones pueden ser duras, todos tenemos que madurar algún día, no todos podemos “vivir el momento” sin pensar el mañana, etc.

No comprendo cómo es que todavía, a estas alturas,  hay gente que se encuentra impactada por la muerte del comediante. No digo que su deceso haya sido una muerte anunciada pero tampoco es algo raro en la comedia. Ejemplos de esa clase de padecimientos hay muchos. Personajes como Willly Wonka quien dirige todo un consorcio de caramelos, vive sólo y deprimido en su fábrica. En Pagliacci de Cavallo, Nedda engaña a Canio y el infeliz se ve obligado a “reír sobre su amor despedazado”. Charlot de Charles Chaplin vive en la peor de las penurias, esforzándose por no rebajar su propia dignidad y cortesía. Y hasta Cepillín y Cri-Cri tienen sus canciones deprimentes.

Personalmente siempre creí que las películas de Robin Williams eran películas que nunca se moverían de la estantería de donde se encontraban. Debo reconocer que hay una forma más bella de considerar a Robin Williams y se la debo a un amigo de una amiga: Carlos Garduño es su nombre. Él explica, cito:
“ Yo creo que hay una línea clara y reconocible en las personajes de Williams. La muerte, cada que aparece, es una ruta de escape que a veces dignifica. En El hombre bicentenario será la condición final para alcanzar el estatus de humanidad. En la sociedad de los poetas muertos el suicidio se presenta como una consecuencia radical de la libertad. Hay hasta una película donde simula un suicidio para ocultar la muerte por asfixia de un hijo que disfruta de prácticas sexuales al estilo de David Carradine. No encuentro un ejemplo donde se condene el suicidio. A veces creo que el tema le desborda los límites de la dignidad y se convierte en algo parecido a una manipulación sentimental, pero en general la muerte y el suicidio se asocian con valores morales dignos. A pesar de todo me sorprendió la muerte de un actor cuyas películas nunca busqué desesperadamente. Me doy cuenta de un acto final significativo en congruencia con los temas tratados por Williams.”

Hay que dar crédito a quien se lo merezca. Robin Williams fue un gran hombre, congruente con sus actos. Pero hay que considerar que mucho más allá de su muerte se encuentra la muerte de más de un millar de palestinos, donde se encuentran niños, mujeres y ancianos. ¿Quién se podría reír de esta terrible situación? Sólo nos quedaría honrar a los pobres hombres y mujeres que han dado su vida a causa de decisiones torpes que no dignifican a nadie sino al avance de nuestra inhumanidad.

De esta terrible tragedia, sólo nos queda la risa. No para olvidar, sino para recordar y no dejar que nuestro dolor haga sucumbir la alegría en nuestros corazones. Oh capitán, mi capitán.

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