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Juan Calderón era un hombre rústico. Había migrado a la ciudad de México, procedente de Guerrero, entre muchos otros migrantes de otros estados del sureste y centro del país. Vivía en la calle de Copal, en el pedregal de Santo Domingo, una de las colonias más pobres y trabajadoras del sur de la ciudad.

Como decía, Calderón era un hombre rústico, decían que la razón por la que había migrado era porque había matado a un cabrón por su tierra y ya no lo querían por allá.  Inclusive se solía decir que todavía conservaba la pistola con la que le había matado. Era una escuadra calibre .45 personalizada, con su nombre lacrado en la corredera. Esos detalles se llegaron a saber debido a que Calderón, además de rústico, era un asiduo jugador de baraja, dominó y criaba gallos de pelea que nunca jugaba, no porque no quisiera, simplemente ya no habían palenques en la ciudad. Los lugares que recurrentemente asistía eran cantinas de mala muerte, donde se le soltaba la lengua y no faltaba el listillo que lo retaba a sacar su escuadra. Nunca lo hacía, pero sí hablaba de ella como uno de sus mayores tesoros.

En muchas ocasiones llegó a apostar todo su sueldo y el de su esposa juntos. Más de una ocasión perdía y tenía que vivir de pendenciero, dejando a su familia en la peor miseria. Lo bueno es que hay todo tipo de comida chatarra para consumir en caso de no tener muchos ingresos. Calderón era un viejo agrio que le tenía sin cuidado si se perdía  todo, pedía prestado y volvía a las mismas tropelías. Se esforzaba para vivir como vivía en el pueblo, pero en la ciudad nadie te da un taco, tienes que ganártelo. Calderón nunca cambiaba y se negaba a cambiar.

Un buen día, acababa de cobrar y estaba dispuesto a quemarlo en las cartas cuando un joven vestido de reguetonero le arrebató el sobre que contenía su sueldo. Lo vio directamente a los ojos y usando su memoria intentó dar con la identidad del escuincle. En un pueblo todos te conocen, en la ciudad nadie sabe de dónde vienes y a dónde vas; tampoco les importa.

Para fortuna de Calderón, él sabía perfectamente dónde vivía el desgraciado malandrín. No pensó en otra cosa más que en gritarle.
– Ya verás hijo de tu chingada madre, mañana traeré mi escuadra y a ver si te quieres cruzar conmigo-

Al otro día Calderón se entalló la escuadra a su cinturón piteado y fue a buscar al susodicho. Lo encontró en una esquina fumando mota.

Se le acercó sin despegarle el ojo. Una vez cerca intentó sacar la pistola pero no contaba con las tallas que le habían hecho ganar tanta chatarra.

Cuando volteó el chamaco ya tenía una pistola apuntándole a la cara.

-¿Y la pistola que me ibas a traer?- le dijo, intentando disimular la risa por la terrible ironía que seguro estaba sintiendo Calderón en ese instante.

-Aquí está pues-

Se la arrebató y se fue en su motocicleta.

Ya no supo nada de él. Creo que lo encontraron muerto en una zanja, por Chalco. Su pistola también desapareció, nadie supo lo que pasó con ella.

Calderón fue el hazmerreír de la colonia por semanas. Semanas después la gente que la miraba pasar decía:
-¿Ese es el viejo pendejo de la pistola?-  Lo acontecido se había regado por toda la colonia y ahora todos lo reconocían.

Calderón se volvió a sentir como en casa.

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