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«¡Cuídate de los idus de marzo!»

Shakespeare, Julio César.

La vocación, nos lo dicta su locación latina, es la acción o efecto de llamar. Por su etimología se relaciona con el término Vox, que homologa Voz en nuestro idioma; la Voz es lo que llama, es producida por la articulación de la palabra no por meros sonidos guturales.

Vocación son las circunstancias en las que el hombre se encuentra inmerso y lo llevan vivir conforme a un proyecto específico de vida, según el filósofo español José Ortega y Gasset. Es ante todo un proyecto vital, es mi proyecto vital (siguiendo el característico estilo personal del autor heredado de la escuela fenomenológica), estrictamente mi vocación no puede ser nadie más que Yo mismo y mi circunstancia, mi Yo auténtico.

Dependiendo sobre qué hombros uno se apoye, el destino tiende a diferir más o menos de lo que para Ortega es la Vocación. Aunque si se observa con mayor detenimiento, las doctrinas filosóficas del periodo helénico; como el neoplatonismo, el estoicismo, el epicureísmo, etc.; suponían una especie orden cósmico, compatible o determinante a la vocación o libre arbitrio del hombre. El contar con un orden cósmico intersubjetivo y en el que el hombre es incapaz de influir es protagonista de mucha de las fábulas y parábolas del pensamiento cristiano. Hay un plan divino que a todos nos concierne y en al que todos nos debemos ceñir. Este plan se encuentra develado en las escrituras y cubre más o menos la totalidad del quehacer antropológico.

La suerte, la adivinación, el azar se vuelven factores determinantes en las relaciones políticas de la Roma imperial, del mismo modo que lo fueron en la Grecia antigua. Plutarco nos cuenta los infames sucesos del idus de marzo[1], en el que Cayo Julio César deliberadamente ignora la advertencia de un adivino.  Al encontrarlo de camino a las puertas del senado César le dice en tono de burla «Ya han llegado los Idus de marzo» a lo que el adivino respondió «Han llegado, sí, pero no han pasado.» (Plutarco, 1970, p. LXIII)  Finalmente – ¡Esto es violencia! –, cuenta Suetonio, fueron sus últimas palabras tras ser asesinado unos instantes después.

Después de ello, la rivalidad entre César Augusto y Marco Antonio haría caer la República, tan ponderada por Cicerón; quien se ve obligado a huir del lugar de la conjura  –ya que era bastante reconocido por ser de oposición –;pese a no haber intervenido en ella. En respuesta a este clima de  transición política, guerra civil e incertidumbre Cicerón redacta sus tratados sobre la Adivinación y sobre el Destino.

Sólo en la doctrina estoica se da un perfecto equilibrio entre la vocación y el destino, ya que el orden cósmico es al mismo tiempo el orden racional, idealizado en la figura del sabio estoico. El destino no tendría tanto una naturaleza religiosa como sí l tendría en materia filosófica y/o científica. En consecuencia, la idea del destino se encuentra ligada a la existencia de los dioses; dioses racionales y de cierto modo pragmáticos del discurso ciceroniano, y viceversa. Ahondar más al respecto del concepto de destino en Cicerón o en algún otro estoico (como Crisipo) desviaría nuestra atención en asuntos poco apremiantes para nuestros fines.  Baste saber que para nuestro querido filósofo, cuyo apelativo señala un guisante común, el destino es «una serie ordenada de causas, de tal modo que una causa, al añadirse a otra que le precede, produce de por sí una consecuencia» (Cicerón, 1999, p. 149). Bajo ninguna circunstancia es superstición sino el “conocimiento científico” de las causas y, lo que es requisito indispensable del pensamiento clásico: el conocimiento de la “causa primera” y eterna. La misantropía estoica se da sólo en términos de la autodeterminación y la imperturbabilidad que garantiza el conocimiento de las causas primeras.

Pero dejando de lado el pensamiento estoico ¿Qué consecuencias acarrea al misántropo de hoy en día, que no milita religión o política alguna, creer en el destino? Reformulando la pregunta sería: ¿Qué es el “destino” o la “vocación” para un misántropo? Con ello pretendo indagar en la posición del misántropo respecto al “orden natural” de las cosas. 

Un ejemplo serían aquellos misántropos, inclinados hacia ciertos Trastornos Obsesivo-compulsivos, que establecen una rigurosa rutina diaria respecto a sus hábitos (manías con la higiene, la seguridad, los números, la magia, etc) y la manera en la que los llevan a cabo, casi de manera ritual.  Si esta clase de personas prefieren creer que existe un orden para cada objeto, sobre el caos imperante, es posible (y esto es una suposición) que este orden también se aplique para sí. El destino podría ser un “orden”, que no necesariamente explica su naturaleza misántropa pero que explora su entorno circunstancial como diría Ortega y Gasset.

No obstante se podría objetar que el moderno credo ilustrado nos ha brindado, junto con nuevos padecimientos psicológicos, la mentalidad científica que no cree y por tanto no depende de causas externas a la racionalidad misma. En ellos sí se encuentran desasociados “Racionalidad” de “Destino” o “Vocación”. Un científico (entiéndase científico estrictamente ilustrado), por más misántropo que fuera, no permitiría que el “destino” fuera una variable de su ecuación. Más bien optaría por una independencia del porvenir científico al devenir cósmico, éste tiene su origen única y exclusivamente en el oficio del hombre aquél lo tiene en el movimiento de los astros. Uno y otro no tienen cabida más allá de la superstición. Por supuesto ambos casos podrían darse en la misma persona como Charles Darwin, Immanuel Kant, Isaac Newton, Henry Cavendish, Dickens, Dostoyevski, etc. pero finalmente la pregunta busca indagar, no determinar.

Queda abierta toda interpretación al respecto. Que cualquiera de los personajes antes mencionados sea o no un misántropo creo que estaría de más discutirlo. Quizá en otra ocasión hablaremos sobre la misantropía de Immanuel Kant. Seguro que será un ensayo apasionante.

Mientras tanto, les recomiendo, escuchen a la banda argentina “Cuentos Borgeanos” y su canción: Estoico ¿A que no adivinan cómo se llama el Álbum de la que se desprende (y que cabe mencionar la convierte en algo tan ad hoc para este ensayo)?   “Misantropía” (2004).

[1] 15 de Marzo

Cicerón, 1999. Sobre la adivinación. Sobre el destino. Timeo. Madrid: Gredos.

Plutarco, 1970. Vidas Paralelas. Alejandro y César. Navarra: Salvat.

Coletilla

Se me ha olvidado agregar la definición que Ambroce Bierce da en su entrada asignada para “destino”: Justificación del crimen de un tirano; pretexto del fracaso de un imbécil.

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