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La pintura en Daniel Lezama como la de José Clemente Orozco representa una interpretación de la cultura mexicana, reinterpretación que no necesariamente debe coincidir con el discurso oficial, tanto el artístico como el político. Tanto el uno como el otro representaron una reactualización de la identidad nacional, desde un mismo campo de trabajo: la plástica.

El lenguaje de la plástica se encuentra codificado por la tradición mexicana al punto que tanto los murales de Orozco como los cuadros de Lezama son medianamente comprensibles por el raso del pueblo mexicano, esté o no de acuerdo con los motivos que pinte. Pero esto no es un acto repentino. Tanto el uno como el otro utilizan símbolos que permean, si no la totalidad de la cultura, al menos buena parte del acontecer popular.

Desde una contribución sui generis, Lezama resimboliza la imagen que él mismo proyecta sobre México, que se conoce a través de su obra en términos corporales; pero no sólo eso, la pintura también adquiere una dimensión valorativa de lo que se plasma. En esa dimensión es donde el discurso de Lezama y Orozco guardan distancia mutuamente.

Mientras que Orozco se contextualiza en una sociedad que poco a poco va industrializando sus medios de producción, distribución y consumo, Lezama se encuentra en una sociedad cuyos medios se encuentran totalmente industrializados. La situación de la pintura, y el arte en general, se encuentra en una encrucijada material y formalmente hablando hoy en día, cosa que no era ajena para Orozco, pero al menos no le tocó vivir en gran medida lo que algunos autores, simpatizantes del posmodernismo, comprenden por “el fin del arte”.

 Lezama_Cita-bajo-el-volcan-RGBEl muralismo ha muerto ¡Que viva el muralismo!

El carácter histórico del concepto  “arte” ha propiciado, según el crítico y filósofo Arthur C. Danto, que sea posible una era después del mismo, en el sentido de que no existe una gran narrativa que le respalde histórica y discursivamente como un proceso progresivo. No existe una razón de peso que abogue por una u otra tendencia en el arte. No obstante el papel del museo es hoy en día es decisivo por no decir fundamental para el desarrollo del arte.

Siguiendo a Greenberg[1], danto va sintetizando el transcurso del arte premoderno al moderno, pero toma distancia al momento de enjuiciar el transcurso del arte moderno al contemporáneo. Esta clase de producción artística es, por su propia naturaleza, posthistórica y se sitúa entre los años sesenta y ochenta.

El arte posthistórico considera irrelevante que el discurso artístico se encuentre apoyado por una narrativa abarcante que busque contradecir o suceder a una narrativa wbriloanterior. Para este tipo de apreciación no existe una manera especial de mirar al arte a diferencia de sus propios objetos cotidianos. El arte Pop aunado al arte conceptual hace innecesaria la ejemplificación del concepto de arte ya que «cualquier cosa podría ser una obra de arte» (Danto, 1999, p. 69).

La labor del artista de nuestros tiempos es la de investigar la propia naturaleza del arte. El arte posthistórico es crítico, representa un nuevo nivel de consciencia: un arte filosófico. Ello implica, por ende, un cese de los manifiestos, de las singularizaciones del arte, pero al mismo tiempo de las diferencias percibidas entre lo que propiamente fue obra de arte y una caja de detergente brillo. De allí la importancia del pop en Danto.

Pero finalmente ¿Quién es el que otorga valor a la obra de arte? ¿Es el artista, el crítico? Pero entonces ¿Quién respalda la interpretación del crítico? ¿Cuáles son los límites de la interpretación?

[1] Greenberg, Clement (1993): The collected ensays and criticism, Vol. IV. Modernism with Vengeance: 1957-1969. The University of Chicago Press. Chicago.

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