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Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora tenía ante sus ojos más de cinco mil todas semejantes, en un solo jardín!

Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para humillarme a mí también… “

El pequeño príncipe. Antoine de Saint Exupéry.

Marcos era su nombre. Y si no algo relacionado con Marcos, he de reconocer que nunca me atreví a preguntar por él. Quizá por miedo, quizá por sentirme avasallado ante la pureza de un primer amor. Inocente, ingenuo, por donde quiera uno verlo; ese primer amor marca un paradigma en la vida sentimental de cualquiera, especialmente si se tiene sólo 17 años en el mundo. Sinceramente a esa edad, y en los 90’s cuando prácticamente Internet era un sueño lejano, no existe mucho contraste entre el primer amor y el que se consigue en verano.  No era eso lo que pensaba entonces. En mi caso, el amor me llegó en verano.

Su nombre era “Mariana”, comprenderán que no dé el verdadero, no tendría mucho sentido. Se podría llamar Carmen, Vanesa, Justina, poco importa ahora que han pasado algunos años. Lo importante es que el nombre de la persona que ella amó era Marcos, o algo relacionado con Marcos, nunca lo sabré.

Era triste y algo enfermizo de mi parte verla llorar. De por sí ella era muy sensible. Se había criado en un internado de monjas toda su infancia y hasta la preparatoria no había tenido otro contacto con algo que no fueran rezos, liturgias, festividades religiosas, etc. lo cual me extrañaba y a la vez me atraía. Sentía que toda su vida había vivido encapsulada en una especie de cúpula, aislada de su mismo entorno social, como la rosa del asteroide B612.

Me escabullí varias veces en su casa. Era una casona vieja de la colonia Roma. Sus antiguos dueños habían escapado de allí en el terremoto del 85, por lo que la remataron a un precio mucho muy inferior del que realmente valía. Las paredes eran gruesas y el techo demasiado alto, ambos repletos de manchas de humedad. La duela se era de madera fina, aunque estaba demasiado desgastada y no se veían indicios de haber sido tratada en mucho tiempo, por lo que todo paso  que uno diera resonaba en el eco de los techos y el rechinido del suelo.

Todavía recuerdo las horas que pasé escondido en su cuarto o en las habitaciones aledañas. Habitaciones enormes, sin muebles, sin nada más que hacer que sentarme en el suelo y esperar. Ella era mi cómplice, cada vez que la visitaba. Imaginaba que, si la llegaran a sorprender, la reprenderían duramente; por lo que pasé largo tiempo sentado en esas habitaciones, quizá leyendo, quizá sólo pensando, pensando, en ella. Ahora que lo recuerdo, la amaba. La amaba tanto como un joven de diecisiete años podría amar a alguien de su misma edad.

Recuerdo su sexo. No podría tener un aspecto más vívido de ella que su sexo. Un pubis tierno, dulce y cálido. Me tomaba mi tiempo para conocer su sexo, su cuerpo, sus costillas, su carne, sus huesos. Cada protuberancia, cada mancha inerte en el dorso de sus glúteos y cada lunar de su cintura. Creí haberla conocido bien, creí haber contado con precisión las cuartas de su empeine a su frente, donde se escondía una mancha de nacimiento que se esforzaba en ocultar con un flequillo de lado.

Toda su vida había sido delgada. Su ropa era de talla chica, costaba trabajo encontrar cada prenda una vez que las removíamos de prisa. Desnuda y sin maquillaje parecía que revolvía sus sábanas como un ave acuática revolvería el fondo de la ciénaga, en busca de algo qué comer.

En varias ocasiones nos sorprendió algún familiar, completamente desnudos en su cuarto, cuando venían de visita. Entonces el chapoteo de las sábanas se volvía cuestión de vida o muerte. No podíamos ser descubiertos, por lo que en muchas ocasiones tuvimos que escondernos desnudos en su cuarto como si no hubiera nadie y guardar silencio. Era miedo y morbo lo que respirábamos entonces.

No estoy seguro si ella me amaba, quizá sí, no tengo manera de poder decir lo contrario. Quiero creer que me amaba y que, el día en que intentó quitarse la vida, pensaba en mí. Y que cuando escribió su carta de “despedida” se refería a mí cuando hablaba de su “amor secreto”. No tengo elementos para poder contradecir esta teoría. No hablo a la ligera al decir que su madre, única con la que ella compartía esa casona, me tenía aversión; especialmente después de aquella vez que me sorprendió adentro de su casa, en su sala platicando con Mariana no piensen mal.

Cientos de imágenes pasan por mi cabeza ahora mismo, experiencias que no podría compartir jamás sin que mi mente quede suspendida en los recuerdos pueriles. Me ha pasado que al recordar, comienzo a ver todas esas imágenes y quedo absorto. Cuando me doy cuenta de ello pareciera que he contado más de lo que llevo escrito y doy más valor a ello por haber propiciado ese alud de recuerdos. Pero a decir verdad no dicho nada. Justo ahora me ha pasado eso. La psique es algo maravilloso, pero si quisiera comunicarles lo que mi psique intuye cada que le recuerdo no terminaría de palpar el fin de mi relato. Lo que me motiva fue la maravilla de lo que fue, para mí, ver llorar a aquella persona que amé, por al menos un verano de mi adolecer.

El día que intentó suicidarse dejé de saber de ella hasta que recibí su llamada telefónica. No sabía nada entonces, sólo había sido un periodo prologado de tiempo en el que no recibía mis llamadas ni asistía al colegio. Tiempo después me reveló sus heridas pero no me reveló su motivación. No soy quien para creer que los problemas del colegio, la dura disciplina familiar y el malestar psicológico que ella padecía fueran, independientemente o no, algo por lo que cualquiera pudiera pensar en suicidarse. No sabía qué hacer. En la escuela no podía hacer mucho, suspendió todas las clases y yo no podía hacer nada, aunque muchas veces la intenté reanimar. Para mí esa etapa fue de las más frustrantes de mi vida. No podía compartirlo con nadie, ni con mis padres, ni con mis amigos. Me sentía directamente responsable.

Decidí grabarle un disco compacto con las canciones de moda en español. Personalmente me gustaba más el rock “alternativo” de los noventas; para entonces todo lo que no pertenecía al mainstream era alternativo. Recuerdo que entonces hubo un “boom” de los cantantes de origen italiano: Laura Pausini, Eros Ramassotti, Gianluca Grignani y me parece que el último fue Tiziano Ferro. Como ya lo mencioné, Mariana había sido educada en un internado de mojas donde sólo asistían niñas; ella nunca supo nada sobre música pop, ni la diferencia entre lo alternativo y lo comercial. Para ella Laura Pausini era una cantante tan alternativa como lo pudo haber sido Radiohead para mí.

Por primera vez escuchó La soledad. Ese día lloró. Quisiera creer que mi rosa había salido de su cúpula, que había sentido algo más, diferente a las canciones que siempre escuchó en su infancia. Algo que implicaba amar a alguien ausente. El nombre de ese ausente era Marcos y si no, algo relacionado con Marcos. Besé su rostro y no pensé que una lágrima llegaría a mis labios, aunque era obvio que llegaría tras pronunciar la vertiente de su mejilla con mi beso. Besé el sendero de sus lágrimas, arrepentido por haberle hecho sentir así.

Tiempo después se fue. Ya no volví a saber de ella. Creo que aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión.

Mariana se ha marchado y yo, realmente no soy un gran príncipe. Siempre hay más rosas en el mundo.

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