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 Es un placer introducir a Anaid Sierra como nueva colaboradora del blog “Divagaciones: sólo por el placer de escribir”. Su aportación va en relación al nuevo ensayo que he iniciado titulado Apología del segundón y que va publicado por partes. A mí sinceramente me ha encantado su ensayo y espero que a ustedes también. Saludos
Mario

 El hombre hace meritoria una acción; pero, ¿Cómo podrá una acción hacer meritorio un hombre?

Nietzsche, Así habló Zaratustra

Competir siempre debe ser una actividad entre iguales y con rivales dignos de recibir nuestra derrota más como ofrenda a su triunfo que como un logro que demuestre su superioridad sobre nosotros. ¿Por qué? ¿Es siquiera posible pensar tener un rival así en toda competencia donde participemos?

Quizá esta afirmación parezca en cierta medida contradictoria, pues no habría competencia si todos fuéramos iguales y no tuviéramos una cualidad  o habilidad diferente que destacara entre las de los demás. Quizá parezca una afirmación categórica poco pertinente pues hay diferentes formas de competir en tanto que existen diferentes tipos de competidores, sin embargo, si analizamos las variables incluidas en nuestra situación frente a la cual pretendemos reflexionar  (competencia, competidor, rival, ganador, perdedor) quizá veamos por qué las competencias  cuando no son frente a uno mismo en realidad nunca son competencias limpias o competencias siquiera. Cuando hay un perdedor, todos somos perdedores. Trataré de explicarme.

La UNAM una institución educativa de gran renombre otorga dos premios a nivel licenciatura, la medalla Gabino Barreda al mejor promedio de la generación y la medalla Gustavo Baz Prada al mejor servicio social . Esto propiamente no es en sí una competencia, quizá se convierte en ello por la carga simbólica que le damos por influencia de las competencias olímpicas televisadas, pero lo cierto es que en el sentir común de la gente se podría decir que el “ganador” de la medalla al servicio social es un segundón, aunque claro está, eso no remite al trabajo real y material que se encuentra detrás de cada premio y no estoy hablando de cualidades objetivas del trabajo que revelen mayor valía, pues como ya lo dijo Marx en alguna ocasión “El valor es una relación entre personas disfrazada bajo una envoltura material”. Por el contrario, el valor de cada premio dista mucho de revelar una objetividad prístina alguna a los otorgadores del mismo y tampoco revela un valor superior o inferior, eso le toca al “ganador” de cada premio.

Hoy en día reflexiono sobre el tema porque parece que el mundo se carga cada vez más de una competitividad ficticia  aunque no por ello, falsa ya que se siente y se vive a flor de piel. El que ganó oro no tiene nada más que demostrar al mundo, es el mejor, el único, el más… en algo. El que ganó la plata, por el contrario, lo miran desde fuera como inacabado, falto de fuerza y demás, incluso puede verse a sí mismo de ese modo o racionalizarlo y esforzarse más, para algún día obtener la presea más ¿valiosa?

Lo cierto es que, mi experiencia en muchas competencias, institucionalizadas o no, siendo yo la ganadora o no, sólo me ha dejado dos valiosas lecciones: no hay competencia real más que con uno mismo, el logro de hoy es el obstáculo a superar mañana y; toda competencia con otro es al mismo tiempo una derrota de ambos sin importar el resultado. Como ya dije, no hay competencia sino entre iguales  y no hay verdadero rival más que aquel que acepte su triunfo como una ofrenda del perdedor no como muestra de su superioridad. Este razonamiento, permítanme, tiene un sentido más allá de la racionalización de una constante perdedora o segundona, trataré de resumirlo en algunas oraciones sueltas.

  1. Competir con otros siempre es en la desigualdad si no, no sería competencia en sentido estricto, la desigualdad no aceptada nunca engendra progreso sino exclusión
  2. Aun cuando ganemos siempre habrá alguien ¿mejor? Ganar solo quiere decir que tuvimos suerte de poder tener competidores menos ¿competentes? Hoy nos vestimos de laureles mañana de crisantemos.
  3. Aun cuando derrotemos al “mejor” eso no nos hace mejores en la competencia frente a los errores propios a veces, de hecho, sólo los enmascara haciendo superfluo nuestro espíritu enturbiando nuestras aguas, como dice Nietzsche, para parecer profundas. Somos mejor que otro pero ¿somos mejores que lo que éramos antes?
  4. En una competencia con otro realmente nunca hay ganadores y perdedores, solo hay perdedores pues pocos aceptarían la derrota de su oponente como una ofrenda a su triunfo y no como una muestra de su superioridad. Entonces, competencias limpias sólo pueden existir entre amigos pues ¿quién si no un amigo soporta un lugar secundario como aprendizaje y no como derrota?

En conclusión, si vas a competir mejor que sea con un verdadero amigo. Si ganas él no será un perdedor y si pierdes siempre podrás aprender de él.

La vida misma es ya en sí una competencia pero procura competir contigo mismo y siempre ganarás, aunque sea un segundo lugar, esa competencia sin duda, nunca deja perdedores resentidos sino solamente huellas en el camino del aprendizaje de la vida. Por eso, la competencia  consigo mismo será, sin duda, siempre la más difícil de librar.

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