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Maestro

Decidí escribir esta carta sin pensar demasiado al respecto de lo que debiera o no debiera decir. Pienso que atender al “deber” cuando se escribe a alguien tan estimado por todos, de algún modo desvanece lo que, uno como persona, es capaz de expresar si es que abre su corazón de manera tal que es él quien habla y no los estándares de estricta etiqueta

Hoy en día lo siento a usted tan distante y quizá no sea algo de lo que debamos preocuparnos, quizá sea parte de la vida. Es necesario que el discípulo se aleje del maestro para, tiempo después, volver cargado de vida e historias, capaces de nublar los ojos de alegría y triunfo. Rogaré a Dios que si algún día mis ojos se nublan, de tal manera que no pueda ver más lejos de mi propia nariz, el sólo recuerdo de usted me ayude a reconciliarme con mis raíces estudiantiles, aceptando con humildad el camino que me hace falta para llegar a ser lo que usted ha sido ha sido a lo largo de su vida. Porque recordar es eso, volver a traer al corazón aquello que en algún momento se alojó en él.

Lo digo para bien, todo estudiante en tanto estudiante deber reconocerse como limitado, y mis límites, se encuentran dentro de sus enseñanzas. El día en que me proponga superar sus límites, de estudiante a maestro, entonces seré alguien honrado de ser reconocido como todos nosotros le reconocemos. Ya llegará el día y ese día vivirá con más fuerza en mi corazón.

Por ahora me limito a ofrecerle las palabras que salen de él, asumiendo que no son más que las palabras de mi maestro, pero también de mis amigos y de las pocas personas que he llegado a amar, como también de parte de mi familia. Las palabras del corazón las tienen aquellas personas que hablan desde lo más profundo de sí, pero tampoco se detienen mucho en ser proyectadas.

Por eso mismo decidí no pensar demasiado y entregar estas palabras al júbilo de sentirlo cerca cuando a mi madurez le sea oportuna, cuando voltee hacia usted y le salude, como discípulo, como colega; como el que guarda silencio y escucha, pero como el que, oportuno, habla mirándole al rostro sonriendo.

Sepa usted que no nos despedimos, al contrario, nosotros, los que dignos levantamos el rostro y nos reconocemos como sus discípulos, lo saludamos. Maestro.

Con todo nuestro corazón

Mario Cornejo

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