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“Los salvajes creían ganar las virtudes de los enemigos que mataban.

Con más razón imagino que ganamos las virtudes de los muertos que sabemos amar”

Alfonso Reyes, Obras Compretas XXIV, Oración del 9 de febrero p. 28

La actitud que adoptó el General Bernardo Reyes el domingo 9 de febrero de 1913 frente a la puerta del Palacio Nacional no puede tener otro calificativo más propio que el de soberbia. Pero no me refiero a la soberbia de la que se habla en las santas escrituras, no, por el contrario, me refiero a la soberbia que se suelen representar en las epopeyas o tragedias griegas del siglo V y IV ac. A ese tipo de soberbia se le denomina Hybris (ὕβρις) y se le traduce de varias formas, a mi juicio una de las más convincentes vendría a ser “orgullo”. Y es que cuando estamos hablando de la historia de la revolución, si algo se encuentra en juego es el orgullo militar, que en mucho se sustenta por el régimen aristocrático precedido por el presidente de México, Don Porfirio Díaz.

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Inclusive cuando se habla del periodo que enmarca esta serie de acontecimientos de la historia mexicana que abarca del 9 al 18 de febrero de 1913 y se refiere a ellos como la “decena trágica”, diez días que cambiaron el rumbo de la nación como hasta entonces se había concebido y en el que el régimen democrático maderista es derrocado por lo simpatizantes del régimen anterior. Me parece importante resaltar el adjetivo “trágico” para estimular al lector hacia una atmósfera de aire griego, que es justo lo que un abordaje de Ifigenia Cruel requiere. Primero habríamos de mencionar lo que se entiende por tragedia.

Me parece de suma utilidad tomar las palabras de Aristóteles en la Poética respecto a la tragedia:

«Es, pues, tragedia reproducción imitativa de acciones esforzadas, perfectas, grandiosas, en deleitoso lenguaje, cada peculiar deleite en su correspondiente parte; imitación de varones en acción, no simple recitado; e imitación que determine entre conmiseración y terror el término medio en que los afectos adquieren estado de pureza.» (BK 1449b)[1]

De aquí me gustaría resaltar una característica: una imitación que representa el término medio entre terror y conmiseración; dejando quizá para después el objetivo de la catarsis o estado de pureza. Y es que lo que García Bacca traduce por “término medio” otros  preferirían llamarlo “visión dialéctica”.

«Encuentro en la tragedias –dice Luz María Álvarez en su ensayo Tragedia y Dialectica- una constante que llama mi atención de manera especial y que me sugiere vínculos importantes con una visión dialéctica de la realidad en general, pero, de manera especial, con una visión dialéctica de la realidad humana.» (1996, 89).

La constante es que siempre se alude a una dualidad, aunque no necesariamente se pretenda alcanzar un término medio catártico como lo desea Aristóteles. Polos opuestos como la necesidad-libertad, eros-tánatos, razón-pasión, individuo-comunidad, son categorías empleadas por Luz María Álvarez para una visión hermenéutica de las obras dramáticas y -¿por qué no? En nuestro caso- la historia del general Bernardo Reyes. Sin duda alguna la categoría que hermana la obra trágica de Alfonso Reyes Ifigenia Cruel con la historia trágica de su padre es la de necesidad-libertad.

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Habríamos de hacernos la pregunta, cuando Manuel Mondragón “libera”  al general Bernardo Reyes ¿En verdad Bernardo Reyes era libre? ¿O había otras influencias o “compromisos” que le sujetaron a liderar una empresa suicida en contra del Palacio Nacional?

Es interesante el acercamiento que da Alfonso a la memoria de su padre en la Oración del 9 de febrero, una crónica publicada póstumamente a la muerte de Don Alfonso. Su padre fue, tal como lo considerarían no sólo sus allegados sino gran parte de las figuras políticas e intelectuales, una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos.

La actitud del joven Alfonso Reyes fue «supe y quise cerrar los ojos ante la forma yacente de mi padre, para sólo conservar de él la mejor imagen. También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencia a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego» (1990, 29) Con el dolor a cuestas, Reyes no puede evitar sentirse cercenado por su propia mano. Como el que –dirá él mismo-, mordido por una víbora, se corta el dedo de un machetazo.

El calificativo que Reyes le reserva a su padre es el de Gran romántico, describe un Nuevo León idílico, bien gobernado y rebosante de vida, en el que su padre ejerció su gubernatura. Ya muchos podrán adivinar que entre los románticos y los positivistas la guerra ideológica no tiene tregua. Los desacuerdos con el grupo de “Los científicos” (grupo cercano al gobierno porfirista y cuyo candidato preferido siempre fue José Ives Limatour ), una vez nombrado Secretario de Guerra y Marina, desembocarían en su ostracismo y vuelta al estado de Nuevo León; no sin que se le ofreciera la vicepresidencia en reiteradas ocasiones, después de haber sido considerado el sucesor ideal de Don Porfirio, tras su inevitable deceso.Imagen

Ya se imaginarán el drama Shakespeareano que implica la intervención del grupo de los “Científicos” como Lady Macbeth y Macbeth propiamente en carne de José Ives Limantour. Siguiendo esta analogía podríamos decir que Bernardo Reyes vendría a ser una especie de Macduff. Pero este paralelismo no se consuma. Comencemos por lo obvio, el México de principios del siglo XX se pretende bajo un régimen republicano y no monárquico. El Macbeth, Yves Limantour, no puede ejercer la presidencia al ser hijo de padre francés lo que no impide a los científicos fungir como Lady Macbeth al proponer un candidato más acorde a la ideología positivista que al romántico Bernardo Reyes. Por supuesto no digo que el conflicto entre Reyes y los Científicos se haya desatado por motivos ideológicos, de fondo se encuentras intereses del extranjero y un proyecto nacional fraguado a fuerza de empeño, tras ya más de treinta años de régimen porfirista.

Por supeuesto, las objeciones anteriores no refutan el hecho del descontento entre el grupo de los Científicos y los partidarios de Bernardo Reyes o reyistas como los definen los periódicos. La historia de México y la paz porfiriana se tambalea entre la sucesión de unos y otros. Nadie esperaba que tras estos conflictos se desatara la revuelta armada, encabezada por Francisco I. Madero, en el norte del país, tras la publicación del texto La sucesión presidencial en 1910.

Quizá un Deus ex Machina que nadie se esperaba, o quizá una serie de sucesos entrelazados, lo cierto es que la revuelta maderista triunfó en la historia de este conflicto dramático a pesar de no haber tenido otra legitimidad que la brindada por las armas y el poder adquisitivo de los grandes latifundistas norteños, a quienes les convenía un candidato a su medida. Lo cierto es que “el pez por su boca muere” y así fue como Porfirio Díaz, en la entrevista que le concedió a James Creelman afirma:Imagen

“He esperado pacientemente porque llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país. Creo que, finalmente, ese día ha llegado”. (1963)

Esas palabras fueron el detonante de todo lo sucedido a continuación. Es el parteaguas en la tragedia personal de la familia Reyes y la sentencia de muerte del régimen que mantuvo la paz a guisa de concesiones extranjeras y sablazos nacionales.

 


Fuente

(1963) Entrevista Díaz-Creelman

Aristóteles (2000): Poética. UNAM. México

 


 

[1] Traducción de Juan David García Bacca para la Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm et Romanorvm Mexicana, UNAM, 2000.

 

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