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Muchos de nosotros hemos aceptado implícita o explícitamente supuestos al respecto del concepto de cultura, que en muchos casos resultan contrapuestos a los ideales de dignidad y justicia. Y esto es algo que todo teórico de la cultura debe toar en cuImagenenta: No puede haber cultura allí donde las condiciones de pobreza tanto económica como espiritual contradigan estos ideales. La dignidad nos hace humanos, nos hace partícipes de la humanidad y la humanidad ya no es un ideal; nos representa a todos ¿Pero frente a quién nos representa? ¿Frente a Dios? ¿Y quién representa a la humanidad frente a Dios? ¿Cristo? ¿Y quién representa a la humanidad frente a Cristo? ¿La iglesia católica? ¿Y quién representa la humanidad frente a la Iglesia católica? ¿Nuestros sacerdotes? ¿Y quién representa a la humanidad frente a nuestros sacerdotes? Sin duda alguna aquí se rompe la interminable cadena del argumento del “tercer hombre” aunque bien pudo haberse roto o ido a otro lado si la religión hubiese sido cambiada por el estado.[1]

A este punto ya no sabemos quién debe representar nuestra humanidad porque se vuelve ambigua la respuesta. ¿Nuestros sacerdotes son humanitarios? ¿Nuestros políticos velan por el bienestar de la humanidad? No podemos aventurarnos a dar una respuesta clara, porque habrá quien sí lo sea y en efecto, exista allí un sacerdote que no represente las élites jerárquicas de la iglesia católica y por el contrario abogue por su pueblo, como uno de ellos. Del mismo modo no podemos estar seguros que no exista por allí un político que, en vez de ocuparse de llenar sus bolsillos con el dinero del erario público, defienda a su gente como miembro de ella y no como su jefe máximo.

Hablar de cultura en términos teóricos se divide en dos vertientes. Por un lado podemos caracterizarla como el escape del estado de la barbarie, o como una conquista del hombre civilizado al establecer las condiciones de convivencia en un marco legislativo. Por otro lado también podemos caracterizarla cualitativamente como aquél ideal que representa lo más alto, selecto, depurado y trabajado de una civilización en particular. La primera tiene una cualidad subjetivada de la cultura, la segunda es más bien adjetivada.Imagen

Considerando nuestra reflexión anterior ¿Qué es lo que representan nuestros sacerdotes y políticos? ¿La estructura jerárquica de un orden sacerdotal o jurídico que, subjetivada o adjetivadamente, representa lo más selecto de nuestra cultura occidental? ¿Será cierta aquella sentencia atribuida a W. Churchill sobre que “los pueblos tienen los gobernantes que se merecen”? O por el contrario ¿Será necesario afirmar que el concepto de cultura no debería estar subordinado a una idea jerárquica, perteneciente única y exclusivamente a un grupo selecto de personas?

Los estudiosos de la cultura segregan a las masas únicamente como agentes pasivos de la cultura. La cultura se les chorrea de las élites productoras hacia las masas como un glaseado decora la repostería; muy por encima y superficialmente. Por ello toda cultura de masas, es cultura del desperdicio, en el que no sólo se desperdician alientos y basura sino también personImagenas.[2]

Esas personas se ven como un desperdicio de la cultura, un excedente. Oscar Lewis en su conocido estudio “Antropología de la pobreza” a partir de tres estudios etnográficos en México, Nueva York y Lima describe esta cultura bajo tres aspectos básicos:

  • Odio a la policía y gobierno

  • Desconfianza del gobierno

  • Cinismo frente a la iglesia

  • Fuerte orientación hacia vivir el presente

  • Escasa o nula planificación del futuro

Pero habríamos que preguntarnos ¿necesitamos nosotros representar un eslabón en esa larga cadena de “terceros hombres” que van de las grandes masas a las élites culturales, fuente de todo lo cultural (ya sea Dios o el estado)? Después de todo no somos tan pobres pero tampoco podemos ser catalogados como “líderes de opinión” ¿Cuál es nuestra situación cultural en relación al contexto en el que vivimos?¿Cuál es nuestra perspectiva a futuro?Imagen

Por eso la importancia del cuestionamiento a nuestro propio concepto de cultura desde sus bases, es decir desde nuestra propia estructura axiológica de la realidad, aunado a la impronta de modificarla conforme a nuestra situación cultural, que no se limitan al uso jurídico, político, religioso o moral sino que con todo el derecho les extralimita. Será necesario ya no preguntarnos ¿quién representa nuestra humanidad? Y mejor ejercer nuestra humanidad mediante actos que estructuren una nueva concepción axiológica de la cultura, no a partir de las élites ni de las “masas”, sino de nosotros mismos como dignos representantes de la humanidad.

 

 

[1] Sin duda alguna podríamos haber eslabonado a la humanidad frente al estado preguntando ¿Y quién representa a la humanidad frente al estado? ¿Los poderes ejecutivo, legislativo y judicial? ¿Y quién representa a la humanidad frente a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial? ¿Nuestros políticos y gobernantes? ¿Y quién representa a la humanidad frente a nuestros gobernantes? Llegando a lo mismo pero desde distinta perspectiva. Ya no sabemos quién representa nuestra humanidad.

[2] Justo de ello el papa Francisco hacía un par de comentarios al respecto en diciembre de 2013 [http://es.euronews.com/2013/12/21/el-papa-lanza-un-mensaje-contra-la-cultura-del-desperdicio/]

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