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Conocí a aquella pareja exitosa. Ya no estoy seguro si por “éxito” ellos comprendían el hecho de haber obtenido la estabilidad económica que muchos tanto anhelan, o el vehículo último modelo que solían conducir a las plazas comerciales más exclusivas de la ciudad, o la clase de vestimenta de marca que solían portar, o a caso que sus niños asistían a escuelas privadas donde al menos podían deshacerse de ellos la mitad del día. Ya no sé si posiblemente hubiera sido que él consiguiera los electrodomésticos cuya tecnología de vanguardia lo insertaban en lo más alto del pináculo de consumo, disponible en los almacenes; o quizá el insignificante gesto de beber café importado, o vino importado, o carne importada, o verduras producidas en regadíos hidropónicos, desprovistos de pesticidas y fertilizantes inorgánicos que no sean amigables con el medio ambiente.
Quizá porque ser una pareja joven es algo difícil, pero una pareja joven y exitosa es algo todavía más difícil. Pero si encima de eso se tiene un instructor personal en el gimnasio, o un nutriólogo que cuide su dieta, un pediatra que se encargue de la salud de sus niños, o un médico de cabecera que se muestre dispuesto a visitarlos cada que alguno sufra del más mínimo resfrío. No tener antecedentes genéticos de enfermedades autoinmunes, ni degenerativas, ni algún familiar cercano que haya sufrido de algún trastorno mental ni indicios de padecer alguno; o al menos eso fue lo que les contó al terapeuta familiar al que un día asistieron. Hace no mucho visitaron un cirujano plástico y un dermatólogo, quizá por los lunares y las manchas de nacimiento que ella tiene, o quizá porque la piel ya no es la misma después del embarazo.
Salir a correr siempre ayuda, con las últimas zapatillas deportivas, diseñadas para un trote liviano, pero cuya resistencia soporta impávidamente el vigor varonil que por las mañanas les mantiene por horas sin tender las suaves sábanas de satén que compraron el día de su boda y que no concluye hasta que alguno de los dos tiene un compromiso importante como trabajar o ir por los niños, o hacer de comer, o surtir la alhacena, o sacar al perro, o limpiar la cocina, o lavar los trastes, o barrer el patio, o cortar el césped, o hacer de comer, o sacudir el polvo, o lavar la ropa, o tender las camas, o recoger los juguetes, o ir por los niños, o comprar el pan, o ir a la iglesia, o visitar a los amigos, o surtir la alhacena, o ir a trabajar, o hacer de comer, o pagar las cuentas, o dormir, o jugar con los niños, o hacer de comer, o comprar nueva ropa, o ver la tele, o salir a bailar, o hacer de comer, o planchar la ropa, o salir a correr, u organizar un cumpleaños, o hacer de comer, o ir al baño, o discutir de política, o hacer de comer, o respirar, o hacer de comer… de comer…
Ya no sé en qué punto simplemente explotaron. Hicieron lo posible por llamar la atención. Se peleaban, discutían, se llegaron a tirar piezas de la fina vajilla de importación que tanto se había ocupado en conseguir. Ella se iba con sus amigas, se veía con alguien más. A Él no le importaba, cada vez le interesaba menos. Él joven, ella también; él despechado, ella también; ella delgada, él musculoso; ella exitosa, él talentoso; toman terapia. Ahora le pagan a alguien por que consideraron que la atención que sus amigos y parientes les proporcionaban no les era suficiente para cubrir el portentoso ego al que una vida de éxito y trabajo duro los había elevado. Ellos necesitaban de un profesional. Volvieron al terapeuta que en un tiempo les había dicho que estaban sanos mentalmente y libres de preocupaciones.
Comenzaron a medicarse. Atestiguaron y fueron partícipes de terapias grupales. Intentaron repetir su luna de miel en la playa. Ella se bebió el cuarto whisky, él por fin terminó el libro de superación personal. Los dos concluyeron –Estamos hartos, es suficiente- el último pensamiento en el que estuvieron de acuerdo después de largo tiempo y el último como pareja exitosa.
Ahora ella vive con una pensión que él le da mientras cuida a los niños; él por su parte formó una nueva familia. Ambos sufren de cierta inestabilidad económica, tienen un viejo carro con el que a veces van al mercado, ya no visten ropa de marca pero tampoco son unos andrajosos, sus hijos han crecido y ya no viven con ellos aunque siguen asistiendo a escuelas privadas, donde se van todos los gastos de la pensión. Conservan sus viejos electrodomésticos, los arreglan o los mandan arreglar. Raramente beben café, o vino, o comen carne, prefieren evitar la gastritis.
Ya no son jóvenes, ni van al gimnasio, ni cuidan su dieta. Ella vive deprimida, él frustrado. A él le creció la panza y le dejó de crecer el pelo. Ella visita el salón de belleza para verse bonita, pintarse el pelo y platicar con sus amigas. La rutina es lo que los salva de la locura. Ya todo acabó. Ella nunca se volvió a casar, él se divorció por tercera vez.

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