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A manera de prefacio una anécdota personal. Hace ya algunos ayeres un viejo amigo me contaba una anécdota acerca de un artista bastante reconocido internacionalmente que nunca traía consigo la más mínima cantidad de dinero. Vagabundeaba por su localidad en pantalones cortos y sandalias obteniendo sus medios de subsistencia y material de trabajo de sus cuentas bancarias.. Pero él, personalmente, no cargaba una sola moneda.

Un día una niña, familiar suya, le pidió dinero para comprarse una golosina. El artista extendió un papel, dibujó unos trazos sobre él, lo firmó y se lo entregó a la niña diciéndole: – Dáselo al tendero- La niña regresó contenta con su golosina.

Ya no recuerdo particularmente cuál era el nombre del artista, ni me he molestado en averiguar si esa anécdota era verdadera o falsa; lo que era importante para mí fue aquello a lo que la anécdota quería señalar: la capacidad del artista de incrementar el valor de un objeto sobre el cual él imprime  su rúbrica o autógrafo.

Este objeto puede ser cualquier cosa, no necesariamente algo de su propia creación. Basta con que, el que imprime su rúbrica, ostente cierto reconocimiento de una comunidad para que aquello incremente su valor. Estamos hablando, en este caso, de una relación formal de intercambio de mercancías a través de un valor ficticio ¿Pero qué valor no lo es?

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Sabemos por ejemplo que las leyes de la oferta y demanda diagnostican un inevitable declive del valor de la obra si la comunidad en cuestión se satura de rúbricas del artista por lo que, por el bien de su economía, no será conveniente que utilice su rúbrica para cada microtransacción que realice él o sus allegados. No obstante, eso no elimina que se efectuó una transacción en la que el intercambio de bienes propició una especulación basada  por entero en el reconocimiento del artista como aval de una futura plusvalía en el mercado del arte, muy por encima del precio que se solicitó a cambio: una golosina. ¡Qué afortunado tendero, qué afortunada niña! Pero ¿Y qué gana el artista con ello? No mucho, la fama y el sustento ya lo tiene, quizá su obra tenga un cierto declive en el mercado pero nada que un escándalo en el medio no pueda solucionar. Después de todo si algo puede mantener su precio de manera constante es el arte, debido a que es irremplazable a diferencia del oro u otro tipo de respaldo físico del valor económico. Muchos economistas dirían que en esto consiste el principal inconveniente de la inversión de capital en el incierto mercado del arte.

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